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El doble aislamiento de mayores y enfermos

Personas de avanzada edad aquejadas de dolencias severas y sus cuidadoras sobrellevan como pueden la cuarentena por el Covid-19

María, de 83 años, sufre de Parkinson y de la demencia que lleva asociada la enfermedad.

María, de 83 años, sufre de Parkinson y de la demencia que lleva asociada la enfermedad. j. mora

María es una más de tantos ancianos que estos días viven su particular confinamiento en casa. Aislada completamente del mundo que le rodea, ella y su cuidadora han tenido que desconectar de todo cuanto sucede más allá de la puerta de casa para poder sobrellevar los duros días de cuarentena para evitar que la enfermedad pudiera asomarse. Sus recorridos con la silla de ruedas no van más allá de la habitación, el baño y la sala de estar. El reloj marca las horas que parecen no transcurrir en su día a día.

El caso de María, una mujer de 83 años que sufre de Parkinson y de la demencia que lleva asociada esta enfermedad, es tan solo un ejemplo más de la situación en la que viven muchos mayores enfermos durante la cuarentena impuesta por la crisis del coronavirus. Ella, y otros tantos de mayores que pueblan muchos domicilios en la capital y la Part Forana de la isla, han tenido que desconectar completamente de las visitas cotidianas que recibían hasta hace unas semanas. Incluso de sus familiares más allegados, que se han visto en la tesitura de tener que renunciar a visitarla para asegurar el confinamiento más estricto y absoluto. Incluso para llevarle la comida, se las han tenido que ingeniar para evitar situaciones que den pie a contagios dejando los alimentos en la puerta de la casa.

Ajena a los hechos que están ocurriendo en el mundo exterior, esta mujer vive sus días de confinamiento entretenida con la tele, hojeando el periódico, recibiendo los cuidados que recibe de su cuidadora y con las videollamadas por Whatsapp que le realizan a diario sus descendientes para mantener el contacto vivo.

Su situación es la de una vida aislada dentro del confinamiento, en la que el contacto humano ha desaparecido para dar lugar a un vacío difícilmente recuperable. La enfermedad sigue su cruel curso y apenas consigue distinguir a las personas que ve por la pequeña pantalla del teléfono móvil. Su demencia hace que el teléfono no sea más un pequeño juguete entre las manos más que el único canal de comunicación con sus descendientes. Desde hace más de dos semanas las llamadas a sus hijos que realiza viva voz en los momentos más oscuros de su enfermedad solo obtienen la desgarradora respuesta del silencio por la imposibilidad de poder atender a sus llamados.

Por suerte, la situación de María y otras tantas personas en su misma situación, tiene el consuelo de aquellas personas que trabajan en su cuidado diario. Durante los días de confinamiento obligatorio, los cuidadores también han visto truncada su cotidianidad. Han tenido que renunciar a sus ratos o días libres y se han tenido que adaptar a la nueva situación, aislándose también en la burbuja en la que se ha convertido la casa en la que trabajan para que los ancianos que tienen a su cargo tengan una atmósfera acogedora, segura alejada del virus. Los cuidadores son ahora mismo el único consuelo para estos mayores enclaustrados que intentan suplir el calor humano y el cariño de los familiares para que la situación sea más llevadera para todos.

Mientras tanto María, ajena a lo que ocurre más allá de su confinamiento, sigue preguntando en sus escasos momentos de lucidez por qué sus hijos no acuden a verla.

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