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Diario de una madre teletrabajadora

La comida de los vecinos huele bien

Día 12. Comen como limas. Lo digo aquí por si hay algún científico investigando sobre los efectos del confinamiento en los niños. Los míos devoran como termitas. Las autoridades van a tener que habilitar alguna línea de ayudas para las familias con despensas saqueadas, y presupuestos domésticos en números rojos. No duran las galletas, ni las mandarinas, ya no queda leche, ni yogures. Los alimentos almacenados se descongelan más rápido que los casquetes polares. "Tengo hambre", me interrumpe ella a la media hora de haber merendado, su cuarta comida del día. "No te voy a dar nada. Y estoy trabajando, vuelve a tu puzzle", le respondo tras efectuar un nervioso repaso mental de la alacena. "¿Y qué haces?", se suma él, que guarda en un táper un pequeño arsenal de restos para momentos de necesidad y ha encontrado un trozo de bocata de sobrasada. "Pienso los 'Llama la atención', que son cosas divertidas, chismes y secretos que me cuentan mis compañeros". "Pues llama la atención que una niña tiene hambre y su madre no le da nada". Le respondo que no puede estar todo el día comiendo, y sin hacer ejercicio del bueno, y contraataca con los números que le son muy favorables. En efecto, ambos han engordado 100 gramos en estos 11 días, mientras que yo he cogido un kilo. El mundo puede resultar rematadamente injusto porque yo sí estoy cerrando el pico. Salimos a nuestra habitual sesión de subir y bajar las escaleras, y les digo que no hace falta que lo quemen todo. "Hummm. Qué bien huele, mami. Los vecinos van a comer algo muy rico", comenta ella. No puedo competir con el recetario mallorquín de mi vecina de enfrente, pero hoy el aroma es claramente una carbonara de los de arriba. "¿Qué hay para cenar?", saliva él. "Jamón y ensalada". "Buf, intenta que el jamón no toque la ensalada, no se le vaya a pegar el gusto".

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