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Análisis

Los uniformes no espantan al coronavirus

Los ministros comparecen rodeados de militares, en lugar de rodearse de una médica o un enfermero

Demasiados uniformes en comparecencias que han de ser persuasivas, no conminatorias.

Demasiados uniformes en comparecencias que han de ser persuasivas, no conminatorias. efe

Las ruedas de prensa de los ministros, apesadumbrados y rodeados de militares de alta graduación, no solo transmiten la impresión tal vez errónea de que el Gobierno actúa bajo vigilancia de las fuerzas armadas. Además, y pese a que los jefes del ejército se esmeran en mostrar un semblante adusto, no está demostrado que los uniformes guerreros espanten al coronavirus. Y sobre todo, se traiciona el espíritu de la información, que no debe ser amenazante sino encaminada a facilitar un espíritu de comunidad. "De tu libre participación depende nuestra curación" resuena como un eslogan más efectivo que el por otra parte españolísimo "o si no".

Si el Gobierno no solo pretendía transmitir una amenaza, sino demostrar que los efectivos están prestos a intervenir, tampoco los funcionarios armados resumen el concepto. Hubiera sido más apropiado rodearse de una médica y un enfermero, también en traje de faena. Y quienes consideren esperpéntica esta imagen sanitaria, deberán justificar la utilidad de las guerreras y las medallas. La obsesión por el tenebrismo, después de que el Gobierno y sus expertos se burlaran de la magnitud de la epidemia, se traslada al negro antracita de la americana y la corbata de Grande-Marlaska. Vale que los funerales son desgraciadamente inseparables del ministerio del Interior, pero esa estampa ominosa no reforzaba los ánimos de millones de españoles confinados a domicilio, y obligados por tanto a contemplar a su Gobierno durante más tiempo del que sería saludable.

El planteamiento belicista no solo peca de inexacto, sino que probablemente es ineficaz. La insistencia de Pedro Sánchez en apelar a que "vamos a derrotar al virus" tendría sentido si el microorganismo en cuestión fuera a captar dicho mensaje, con lo cual existiría la posibilidad de que se sintiera intimidado y rebajara su capacidad contagiosa.

No se trata por tanto de vencer a un ente que ni siquiera posee la categoría de ser vivo, sino de limitar los estragos de una enfermedad. La "guerra contra el virus" recuerda lo peor de la "guerra contra el terror" emprendida por George Bush tras el 11S, contra otro enemigo inasible. Las batallas indefinidas solo pueden perderse, y de nuevo se echa en falta una aportación positiva, un temperamento deportivo por mucho que el presidente del Gobierno se haya visto afectado en la persona de su propia esposa. Los gobernantes que emprenden campañas contra categorías abstractas tienden a confundirse con Peter Sellers, en su papel de Doctor Strangelove.

Cerrar un país es fácil, comparado con el valor que requiere interrumpir una Liga. En cuanto se ha conseguido la disolución no traumática del mayor espectáculo del mundo, aquietar a la población a domicilio es un objetivo asequible. Por otra parte, conviene que amanezcan los datos positivos en un plazo razonable. De lo contrario, proliferarán las dudas sobre la efectividad de haber convertido cada casa en un hospital. Tampoco van encaminadas las preguntas que ayer mismo se planteaban a Fernando Simón, reclamando en qué momento empezarán a percibirse los efectos de la cuarentena masiva. Si al primer día de encierro ya se habla de la liberación, alguien no ha explicado correctamente la dimensión del problema.

La persuasión debe prevalecer sobre la coacción, a la vista de que ayer se programaron dos ruedas de prensa más con mayoría absoluta de personal uniformado. El virus sigue impertérrito, y España escala a la cuarta posición entre los países más afectados. Ha superado a Corea, que ha recibido los parabienes internacionales por su política de cribado masivo. Italia sigue fuerte en la segunda plaza, mientras Irán se afianza en la tercera, pero la incidencia española triplica a la china, que se halla contenida para quien tenga fe en los datos oficiales. En ningún caso el confinamiento ha llegado a los extremos decretados en Wuhan en la cúspide de la propagación, y que desde el exterior del país asiático se consideraba insuficiente.

Catorce pasajeros en el vuelo Hamburgo-Palma de ayer por la mañana resumen la ambivalencia de la situación. El alivio por la disminución de los contactos se enturbia al recordar que el futuro del país depende de que esos aviones viajen llenos a rebosar. Con independencia del desenlace, el virus viajero y de los viajeros supone una sacudida planetaria a la altura del referido 11S o de la crisis económica todavía no cicatrizada. Estos días no solo va a venderse en proporciones apreciables La peste de Camus, también se citará de nuevo a Gramsci cuando establecía desde la cárcel que "el viejo mundo muere, el nuevo mundo todavía no aparece, y en el claroscuro surgen los monstruos".

La reacción en cadena que ha propiciado el virus en sus fases de mayor actividad, con más de dos contagiados por enfermo, impone la misma regla de limitación de daños que en los accidentes de tráfico. Para disminuir el número de colisiones, hay que retirar vehículos de la vía pública, porque los choques son proporcionales al número de coches.

Es innecesario recordar que también los seres humanos vehiculan el Covid-19, por lo que el confinamiento es un método tan elemental como efectivo para ralentizar como mínimo la infección. Los datos chinos apuntan a un número importante de recuperaciones completas. Las cifras de fallecidos europeas, primero en Italia y ahora en España, se concentran abrumadoramente en el segmento de edad por encima de los 75 años.

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