21 de julio de 2019
21.07.2019
Reportaje

Tutelados judiciales: Los olvidados de Mallorca

La Fundación Aldaba atiende a 600 personas incapacitadas judicialmente en la isla - El primer motivo de incapacitación en Mallorca es por un deterioro cognitivo y demencia - Un 36% de los atendidos tiene problemas de salud mental y de tóxicos

21.07.2019 | 02:45

Antonio siempre va por Palma con una mochila a la espalda y una riñonera. Cati empuja una gran maleta sin dejar de sonreír. Dolores se queja de que no se encuentra bien y no se despega de su bolso azul celeste. Todos ellos han sido incapacitados judicialmente y son tutelados por la Fundación Aldaba, una entidad privada sin ánimo de lucro que se fundó en Balears hace 20 años. Antonio, Cati y Dolores coinciden como muchas mañanas con otros usuarios en el centro Aldaba Integra, en Palma, un espacio destinado para aquellas personas que viven en casa sin familia, en un albergue, en una residencia o bien en la calle. "Son gente que ha pasado por situaciones complicadas. Son personas vulnerables que han visto modificada su capacidad de obrar judicialmente", explica Amanda Marsé, trabajadora social que lleva desde 2001 en la fundación. "Atendemos a personas mayores de edad, con problemas de salud mental, con problemas de consumo de tóxicos ya sean drogas o alcohol, personas con un deterioro cognitivo con Alzheimer o demencia, personas con discapacidad intelectual", resume Marsé.

Antonio se dirige a Amanda y le pide si le podrá mirar una pensión por sus dolencias del corazón. "Lo preguntaré, estate tranquilo", le responde la trabajadora social.

"Normalmente son personas que han tenido unas vidas muy duras, muy malas. Una de nuestras funciones es darles una autonomía. Es importante que ellos decidan", recalca Amanda Marsé.

Son los olvidados de la sociedad, los olvidados de Mallorca, la isla de la masificación turística. "Son gente que está sola, están completamente solos, no tienen a nadie, son personas olvidadas que molestan. Con el 'pipo' mugriento y sus zapatos agujereados esto causa desconfianza y ellos lo perciben", asegura Judith Arnau, otra trabajadora social de Aldaba. Conoce bien la historia de Antonio y de otros usuarios. "Soy su tutora", confirma con cierto orgullo.


Sergio Expósito, Elena Montero y Judith Arnau, en la sede de la Fundación Aldaba, en Son Castelló.  MANU MIELNIEZUK

Como muchos otros casos, Antonio proviene de una familia normalizada. "Su madre falleció y su vida se le desmorona. Estaba anclado en el duelo, en el pasado y todo le sobrepasa. Te vuelves vulnerable. Viene a Mallorca a buscarse la vida. Encuentra una habitación de alquiler y le estafan. Se quedan con todos sus ahorros. No puede pagar el alquiler y se queda en la calle. Tiene una discapacidad no reconocida, es influenciable. La unidad de salud mental le hace un seguimiento y da parte a la fiscalía. Entonces, ve modificada su capacidad de obrar judicialmente", resume Arnau.

"Cuando le conocí hace dos años era un hombre desconfiado, dejado, solo, sin teléfono móvil, vivía en la calle. Luego, su rutina era siempre la misma. A las siete y media de la mañana salía del albergue en el que dormía, se comía un bocadillo en els Caputxins, en la plaza de España, después iba a un comedor social, se pasaba toda la tarde en la biblioteca leyendo periódicos, revistas, escuchando música en el Youtube en el ordenador de la biblioteca y a las seis y media de la tarde volvía al albergue a pedir cama y ya se quedaba allí y cenaba", recuerda la trabajadora social. "Y la suerte es que no consumía alcohol ni drogas", reconoce Judith.

"Antonio siempre lleva encima su mochila y la riñonera. Con él va todo. Ahí van sus pertenencias. Cuando te llega un caso nuevo, lo primero es la vinculación. Él no tenía móvil. Por eso, tenía que ir a buscarlo a la plaza de España y por otros lugares. Yo soy 'una buscadora de personas'", exclama con una amplia sonrisa la trabajadora social de 29 años. "Luego, ya te haces con el barrio, te vinculas con su entorno y eso te ayuda mucho. Él siempre me decía 'me estáis liando'. Costaba vincularse con él porque todo el mundo le había fallado. Antonio perdió su capacidad de obrar y al principio no cobraba ninguna pensión. Conseguimos una paga. Él desconfiaba y me decía 'tu tienes mi dinero'. Al final, con tiempo, paciencia, dedicación y pico y pala las cosas funcionan. Hay que trabajar por su autonomía. ¡Ojalá pueda recobrar su capacidad de obrar!", añade la joven. En la fundación Aldaba han tenido varias personas que han recuperado su capacidad, por ejemplo un usuario que sufrió un ictus y que se recuperó y otra mujer que ya no está tutelada desde diciembre de 2018.

"Hay que sentarse con ellos y explicarles todo, el dinero que tienen en la cuenta y que nosotros administramos. Es lógico que desconfíen y que al principio haya rechazo hasta que ven que les podemos ayudar. Ahora, Antonio cobra dos pagas: una pensión no contributiva de 392 euros y una renta social de 114 euros. Empezó a ir a Aldaba Integra, un integrador social le acompaña. El objetivo es que los usuarios se reintegren en la sociedad", destaca Judith Arnau.

"Cuando comenzamos ayudarles, yo trabajo mucho con la imagen, hago que se miren al espejo. Hay usuarios que hace años que no se miran en el espejo. Van con unas barbas descuidadas, no saben la talla de pantalón que llevan ni qué color les gusta. Les digo 'hay que volverte a dar un lugar en la sociedad, hay que espabilar. Es el empoderamiento", declara con firmeza la trabajadora social. "A Antonio le costó mucho lo de la imagen, pero poco a poco lo conseguimos", agrega.

"A veces, te encuentras barreras que te hacen retroceder, te das contra la pared. A Antonia la convencí para ir a la peluquería. La dejé en el local y dejé pagado el tinte, cortar, peinar y las uñas. A los cinco minutos me llamaron para que la pasara a recoger porque estaba muy agresiva. La peluquera me dijo que tenía piojos y que le había dicho que no le haría el servicio y ella se había enfadado. Me dejó el dinero en el mostrador. Nos fuimos de allí. Antonia me dijo que ni le había mirado la cabeza. Compramos un tratamiento para los piojos y al mirar su cabeza ella no tenía ningún piojo. Volví a la peluquería y se lo dije. La peluquera me dijo que tenía una clientela fija y que el local era suyo. Fue muy triste, pero luego encontré otra peluquería maravillosa que entiende esta situación y Antonia quedó encantada y feliz de que la dejaran tan guapa", apunta Judith.

"Antonio al principio siempre me preguntaba la hora. Iba hasta el reloj de la plaza de España a mirar la hora. Un día le dije que si no era más normal que tuviera un reloj. Le compramos uno y esto reforzó su autoestima", recuerda la joven. "Es que no te puedes acostumbrar a ir siempre a mirar el reloj de la plaza de España para saber la hora, no te puedes acostumbrar a que te vuelvas invisible, no te puedes acostumbrar a que no te miren a la cara, no te miren a los ojos", lamenta Arnau.


Antonio, con su inseparable mochila, en Aldaba Integra. M. M.

El programa de acción tutelar Aldaba Suport Balears, que nació en 2001, atiende en la actualidad a cerca de 600 personas incapacitadas judicialmente en Mallorca. En Menorca, son 91 y en Eivissa y Formentera, 62. En Mallorca, el primer motivo de incapacidad judicial es por un deterioro cognitivo y de demencia, mientras que en Eivissa y Menorca la primera causa de incapacidad es por problemas de salud mental. Según Sergio Expósito, director de Aldaba Suport Balears, en Mallorca el mayor número de personas que atienden tiene 65 años o más. "Hay un envejecimiento de la población", subraya.

De los 590 personas que ahora tienen en la mayor de las islas, un 36 por ciento son por problemas de salud mental con consumo de tóxicos. "Son gente más joven, de entre 30 y 40 años", informa Expósito. En 2018, Aldaba atendió en Balears a casi mil personas. "Atendemos cualquier tipo de perfil, esta es la grandeza de nuestra fundación", destaca Elena Montero, delegada de la Fundación Aldaba en Balears. "Somos los referentes de tutela en Balears. Los usuarios no son nuestros, son del Govern. Llevamos casi 20 años trabajando", señala Montero. Incluso, tutelan a personas sin documentación, con las dificultades que ello comporta. "Tenemos extranjeros sin documentación, no podemos ingresarlos en un centro ni pedir una pensión sin sus documentos. La sociedad esto no lo entiende", comenta Expósito.

Aldaba ha reducido usuarios en estos últimos meses debido a la creación del Servicio Público de Tutela del Govern. Según Elena Montero, desde septiembre de 2018, cuando se puso en marcha la fundación pública del Govern, han traspasado 114 casos reales. "Nosotros apoyamos esta decisión. Era una demanda histórica que la administración creara una fundación pública tutelar. Les derivamos casos de nivel reducido", confirma Montero. La delegada de Aldaba en Balears hace hincapié en la necesidad de firmar conciertos duraderos que recojan las condiciones tanto presupuestarias como de recursos humanos que se adapten a la necesidad real del Servicio. "Contamos con una consellera, Fina Santiago, conocedora y experimentada del ámbito social, lo que aporta calidad en este tipo de cuestiones", abunda Montero.

Aldaba también trabaja para la protección a la infancia con la Llar des Raiguer para niñas y niños con medidas de protección, Can Neftalí piso de apoyo a la emancipación de jóvenes, programa Caixa Proinfancia, una ludoteca en apoyo a Solidaris Montesión. Muchos de estos proyectos se desarrollan en Inca, "ciudad solidaria y sensible a la labor social y con un equipo de gobierno empático e implicado", puntualiza Elena Montero.

Los trabajadores sociales, integradores sociales, abogados y administrativos de la fundación velan por los derechos de las personas tuteladas como Antonio, que ha experimentado un gran cambio. "Ahora, tiene su móvil, su reloj. Ya no duerme en un albergue, está en una habitación de un hostal", explica Judith Arnau. "Lo mejor de mi trabajo fue el día que Antonio durmió la primera noche en el hostal y me dijo 'hoy no he dormido con la mochila y la riñonera puesta', como solía hacer en el albergue", detalla la trabajadora social emocionada. "Y el peor día fue cuando atendí a un tutelado que estaba ebrio, tumbado en la calle. Estaba muy afectado, hermético, fui a atenderle y al girarme vi a muchas personas grabándome con el móvil. Para mí era algo íntimo y me entristeció", admite Arnau.

Su compañera, Amanda Marsé, reconoce que hay momentos más buenos que malos. "Aquí ves lo mejor y lo peor de las personas. Lo peor es cuando ves que una persona mayor ha cedido todos sus bienes en vida a cambio de que la cuiden y luego la dejan abandonada. Es lo más sangrante", indica Marsé, que es la tutora de unas 60 personas.

Llega el final de la mañana y el centro Aldaba Integra cierra sus puertas. Cati sale del local haciendo rodar su maleta. Acompaña a Dolores hasta la parada del autobús. Antonio mira la hora en su reloj. Abandona el lugar decidido, con paso seguro. De su espalda cuelga su inseparable mochila, ahora vacía, que le acompaña allí donde va.

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