15 de octubre de 2018
15.10.2018
Análisis

Análisis: Una ola de solidaridad, por Joan Riera

15.10.2018 | 02:45
Un grupo de voluntarios limpiando las calles de Sant Llorenç.
Entre el lodo, la destrucción y la muerte caídos a plomo sobre Sant Llorenç ha nacido algo bello: la solidaridad. Será difícil paliar el dolor de quienes han perdido un familiar, un amigo o un compañero. Sin embargo, la colaboración espontánea desplegada durante los últimos cinco días abre una puerta a la esperanza.

Cientos de voluntarios se presentan cepillo y cubo en mano para ayudar en las tareas de limpieza de las viviendas particulares y de las calles de la población. Otros tantos recorren torrentes y zonas cubiertas de barro en búsqueda de los desaparecidos. Trabajan codo a codo con los vecinos del pueblo, con las fuerzas de seguridad, los bomberos y los militares. Son gentes de toda condición y edad, aunque entre los que se suman a la tarea abundan los jóvenes. Muchos jóvenes. Un argumento más para la esperanza.

Dejan sus fiestas nocturnas de una semana con puente, renuncian a levantarse a mediodía y se ensucian con el barro, sienten que sus brazos se quedan sin fuerza después de horas manejando un cepillo o una pala y el agotamiento se refleja en sus rostros.

Se llaman Matías, Koldo o Cati; Guillem, Constanza o Magda; Maleni, Marta o Llorenç, solo por citar algunos de los nombres que han ofrecido su testimonio en las páginas de Diario de Mallorca... O Rafel... Rafel Nadal, que el miércoles no era el campeón de Roland Garros ni de Wimbledon, ni siquiera el número uno del tenis mundial. Era un joven que con katiuskas y cepillo en mano seguía el dictado de su corazón. Como los que le rodeaban. Y no importa lo que digan los miserables que encuentran en las redes sociales un falso bálsamo para sus frustraciones.

Alguien dejó escrito: "Hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes, superiores e inferiores. Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza". En el Llevant de Mallorca cientos de voluntarios actúan como un solo cuerpo. Algunos denuncian pequeños desajustes, como los que sufre toda estructura humana, pero que se superan con el ansia de colaboración. Así se ha conseguido culminar en un solo día la labor prevista para tres. Por cierto, la frase es de un tal Marco Aurelio, emperador y filósofo romano.

Trabajar unidos como hacen los voluntarios multiplica exponencialmente las fuerzas. En una tierra en la que el individualismo es una seña de identidad –es un tópico– se ha demostrado que existe la capacidad de afrontar retos colectivos –es la realidad–.

Sabemos, Sant Llorenç des Cardassar lo demuestra, que estamos preparados para trabajar colectivamente ante las circunstancias excepcionales. Si aplicásemos el mismo espíritu a las cosas cotidianas, nuestra sociedad caminaría hacia la utopía.

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