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Boulevard

El piano mallorquín de Chopin acabó en manos de los nazis

En la Mallorca de los años treinta del siglo XIX, un artesano llamado Juan Bauzá improvisó en su taller de la palmesana Calle de la Misión...

La pianista Wanda Landowska posa en 1911 en la Cartoixa, donde se enamoró del piano en el que Chopin compuso los ´Preludios´.

La pianista Wanda Landowska posa en 1911 en la Cartoixa, donde se enamoró del piano en el que Chopin compuso los ´Preludios´.

En la Mallorca de los años treinta del siglo XIX, un artesano llamado Juan Bauzá improvisó en su taller de la palmesana Calle de la Misión un piano o pianino. Quizás fue una incursión musical esporádica, poco más se sabe del meritorio ebanista que remató el instrumento con la etiqueta "Fabricado por Juan Bauzá". Culminó en solitario una obra que en la Francia contemporánea precisaba del concurso de decenas de técnicos.

No hablaríamos de este instrumento de no haber sido capital en los Preludios que Federico Chopin compondría poco después en la Cartoixa desamortizada de Valldemossa. El director de orquesta australiano Paul Kildea acaba de trazar la biografía del pianino de Bauzá, en "Chopin's piano". Se ha erigido en uno de los libros más importantes del año, al cumplir su objetivo de elevar el artefacto fabricado en Mallorca a la categoría de eslabón clave para el subtítulo de su relato, "Un viaje a través del romanticismo".

Kildea establece de partida que el intrépido Bauzá "no podía sospechar el destino remarcable de su piano, la asombrosa música que sería interpretada y compuesta con él, su valor simbólico por el sonido y el significado que impuso a la música concebida con él". Y todo porque, en el tránsito de 1838 a 1839, la cascarrabias George Sand, sus dos hijos naturales y su hijo adoptivo Chopin sufrieron tres meses en Mallorca. Pese a la brevedad y las contrariedades, está considerada una de las épocas más fructíferas en la vida del compositor polaco afincado en París.

Al llegar a Mallorca, el compositor escribía que "sueño con música, pero no puedo escribirla porque aquí no hay pianos, en este aspecto es un país bárbaro". El pianino de Bauzá solventó esta carencia. En su teclado se compusieron los diez Preludios sobre 24 concebidos en la isla y que cambiarían el curso de la música. El manuscrito autógrafo con todas las piezas fue remitido desde Valldemossa al editor francés.

En el último mes de su estancia mallorquina, Chopin pudo por fin disponer del piano Pleyel traído a trancas y barrancas desde Marsella, "pero la mayor parte del trabajo llevado a cabo en Mallorca había sido hecha en el otro". Ya solo falta explicar cómo el piano mallorquín de Chopin acabó en manos de los nazis. En la imagen que hoy nos ilustra, la pianista polaca Wanda Landowska posa en 1911 en la Cartoixa. Después de tocar en casa de Tolstoi y de Rodin, había ofrecido dos conciertos en la isla. En Valldemossa se enamoró del pianino de Bauzá.

El instrumento había estado fuera de uso durante siete décadas. Su propietario era Lorenzo Pascual Tortella, médico de Búger. Accedió a la venta tras intensas negociaciones. El piano de Chopin fue trasladado desde la Cartoixa hasta un salón del apartamento berlinés de la pianista, donde aparece retratado en 1913. De ahí pasó a Francia y, cuando Landowska se exilia en Nueva York huyendo de Hitler, el comité de apropiaciones del nazismo ERR lo requisa y lo documenta en el lote "Piano (Joan (sic) Bauza, Palma.

El nazismo utilizaba la memorabilia de Chopin para apropiarse del romanticismo. El piano mallorquín pasó por Berlín y Leipzig durante la contienda. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el instrumento asociado a la textura de los Preludios fue rescatado por los Monuments Men norteamericanos, popularizados en la desafortunada película con George Clooney y Matt Damon.

El pianino de Bauzá fue catalogado por sus rescatadores como "Chopin's piano in Valdemosa". El mismísimo New York Times daba cuenta en 1946 de la "Colección encontrada en unas minas de sal", donde figuraba "el piano español usado por Chopin en Mallorca". Al poco fue expuesto en Lieja, y desapareció para siempre. Se ignora si permanece en Europa, si fue adquirido a precio de saldo por un ignorante de su historia, si figura en manos de un avispado coleccionista o si fue simplemente destruido. Se desconoce si fue trasladado a Miami, según estaba previsto. Por ello, Kildea cierra su libro desde la jubilosa frustración de haber escrito una obra maestra con el final truncado.

Reflexión dominical acertada: "Un genio falla con la misma frecuencia con la que acierta un mediocre".

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