21 de abril de 2018
21.04.2018
Informe

El veto a la compra de casas por millonarios extranjeros que no cala en Mallorca

Frente a la indiferencia de la isla, ciudades globales como Londres, Hong-Kong, Singapur, Toronto, Vancouver y Berlín o países como Nueva Zelanda y Suiza adoptan medidas para defender a sus residentes de la invasión de compradores de viviendas millonarias

21.04.2018 | 18:02
Fotografía tomada ayer en el barrio de Santa Catalina, una de las zonas preferidas por los extranjeros, especialmente por los de nacionalidad sueca.
El elevado precio de la vivienda y la dificultad del acceso a la misma han ascendido a Palma, indistinguible de Mallorca, a la categoría de "prime city status". Estrictamente, el término abarca a las ciudades en que la compra de una vivienda media exige el desembolso de más de diez años de ingresos medios. La isla se encuentra en el segmento más sobresaliente de esta escala, por encima de Londres (diez veces) o Sidney (doce), aunque por debajo de los números escandalosos de Hong-Kong (veinte).

"Los superricos han migrado en masa hacia la isla, donde la escasez de vivienda impide a las personas con bajos ingresos la adquisición de una casa. Pocos sitios en la Tierra reflejan el abismo creciente entre superricos y trabajadores de bajos ingresos como esta isla". La cita puede aplicarse literalmente a Mallorca, pero está extraída de un reportaje dedicado por el Financial Times a la comprometida situación habitacional de Nueva Zelanda. Con un matiz. En las antípodas, y según se lee en la pieza entresacada, "una ley restringirá a los extranjeros la compra de casas".

Nueva Zelanda no es la excepción fraterna. Todo el mundo no mallorquín limita la inmigración de lujo. Frente a la indiferencia local ante las viviendas inaccesibles, otras ciudades globales como Londres, Hong-Kong, Singapur, Toronto, Vancouver y Berlín, o países como Suiza, adoptan medidas de urgencia para defender a sus residentes de la invasión de compradores de viviendas millonarias. Muy grande debe ser la angustia de los nativos, para que se haya impuesto a la tradicional política de bienvenida de las grandes capitales a los grandes capitales.

En Nueva Zelanda, ¿o es en Mallorca?, "los compradores extranjeros están contribuyendo a una crisis de la vivienda", según el Gobierno laborista del país. Por lo visto, los progresistas son más audaces en el hemisferio sur que en el Mediterráneo. En especial cuando comprueban que "el influjo de estos millonarios ha provocado un rechazo público, porque los sueldos están degradándose y el parque de viviendas permanece estancado". Es la traducción de la turismofobia a la geografía neozelandesa, que tiene uno de los principales problemas de personas sin techo entre los países de la OCDE. Una perspectiva a considerar, una vez que los hoteles mallorquines proponen estabular a sus empleados en la habitación de las escobas. Cobrando por el alojamiento, claro.

Las restricciones al libre mercado inmobiliario suenan impensables en Hong-Kong, meca del capitalismo salvaje con rostro chino. Carrie Lam, gobernadora del enclave, se mostraba reticente a adoptar medidas hasta que fue desbordada por los cien mil habitantes que viven en cubículos de diez metros cuadrados, que se alquilan por seiscientos euros al mes. De ahí que tuviera que implantar una fórmula para auxiliar a los compradores de la primera vivienda. Tanto la antigua colonia británica como su fraternal Singapur impusieron limitaciones a la adquisición de propiedades por parte de extranjeros.

Mallorca sobresale en el mapa de las ciudades globales, caracterizadas porque los compradores de segundas residencias bloquean el acceso a las primeras residencias. El Govern se resiste a las medidas radicales, tal vez porque sus integrantes no sufren el problema en su esfera familiar. El ministro de Hacienda de Ontario narraba el año pasado cómo se liberó de prejuicios neoliberales. "Tengo tres milenials en casa, veinteañeros ya adultos que se preguntan cómo van a conseguir su primer piso". En efecto, en la ciudad canadiense de Toronto se ha doblado durante esta década el número de dueños de más de una propiedad inmobiliaria. La solución fue un impuesto del quince por ciento a los compradores extranjeros, y una política expansiva en el control de los precios del alquiler. Vancouver también ha popularizado iniciativas drásticas que hubieran sido impensables años atrás.

Mientras Toronto recurría a la refrigeración artificial para desinflar la burbuja de la vivienda, París disponía de la protección natural ofrecida por la astronómica imposición a las grandes fortunas acordada por François Hollande, y que exilió de Francia a Gérard Depardieu. A resultas de este repelente natural, puede comprarse un piso en el XIII arrondissement parisino por 160 mil euros, preséntese con esta suma en un barrio palmesano equivalente. La relajación fiscal de Macron contribuirá a que su país entre en la órbita de Mallorca, donde "mientras se dispara la economía del lujo, la presión sobre la vivienda local es aguda, en especial para las jóvenes familias que migran a la región a trabajar en el turismo". De nuevo, la referencia compartida es a Nueva Zelanda.

Si existe una política mundial más alérgica que la gobernadora de Hong-Kong a una discriminación inmobiliaria positiva, responde por Angela Merkel. Sin embargo, el control de los alquileres en ciudades codiciadas como Berlín se ha erigido en una exigencia ineludible de los alicaídos socialdemócratas de la SPD, antes de garantizar el Gobierno a la CDU. A la cancillera le costó aceptar limitaciones que combatiría en otros países, un temor que se esgrime paradójicamente en Mallorca para no actuar.

¿Por qué Armengol tiene más miedo que Merkel a la inconstitucionalidad o el antieuropeísmo de medidas que eviten el colapso de los nativos? No puede ser únicamente por la industria de jardinería de su pareja. El Govern que tuvo el coraje de enviar una descarada Ley de Toros sin Sangre al matadero del Tribunal Constitucional, se amilana a la hora de clavar su versión de las reformistas tesis habitacionales de Lutero en las puertas de la fortaleza estatal. En ciudades costeras del Reino Unido se exige que los compradores sean autóctonos, antes de otorgar las oportunas licencias urbanísticas, en la época previa al brexit y por encima de las exigencias de Bruselas. Muy pronto, no habrá ningún mallorquín que pueda fijar su residencia en la costa insular. Salvo que el cambio climático ordene lo contrario, y divida en dos la isla mediante la apertura de un canal entre Palma y Alcúdia.

Suiza es el vertedero de las grandes fortunas planetarias. Sin embargo, no permitió que sus ciudadanos se vieran desplazados por los magnates, y fue pionera en medidas igualatorias que no discriminatorias. Pronto acalló las críticas surgidas de su desahogada clientela, lo cual no impide que en la Nueva Zelanda trasunto de Mallorca se insista en que "la ley es xenófoba y dañará la reputación global de la isla". ¿Les suena? Ciudades como Viena, una de las más caras y codiciadas del mundo, viven el problema con mucha menos intensidad. Pese a que Austria está gobernada por el más acentuado conservadurismo, el ochenta por ciento de los inmuebles de su capital poseen una renta limitada, notablemente por debajo de los mil euros mensuales.

¿Para quién?


Las restricciones funcionan. Un libro de notable impacto en el Reino Unido lleva por revelador título ¿Para quién es Londres? Despierta conciencias porque se aparta con pragmática sutileza del imperativo "¿De quién es Londres?", que solo puede resolverse a golpe de libras. Los cresos rusos y chinos se han adueñado de las propiedades londinenses más señoriales. Boris Johnson, que fue alcalde de la capital antes de convertirse en el excéntrico titular de Exteriores, emplea una metáfora útil para Mallorca. Su ciudad es para los billonarios "lo mismo que las junglas de Sumatra para el orangután, su hábitat natural". Pese a ello, las medidas correctoras aplicadas en 2014 con la espectacular elevación de la imposición del stamp duty, se saldaron con un efecto fulminante. El precio de la vivienda descendió en Londres un veinte por ciento, las promociones de alta gama en curso no siempre tientan a una clientela suficiente.

"Me gustaría ver una prohibición de la compra de propiedades por extranjeros, para disponer de algún tipo de espacio para respirar". Así se expresan los neozelandeses, uno de los pueblos más avanzados, democráticos y acogedores del planeta. La raíz del resquemor es que "cada vez estamos viendo a más familias de clase media con dificultades para encontrar acomodo". Los últimos datos trasladados por el Colegio de Aparejadores y publicados el pasado sábado por este periódico demuestran que en Mallorca solo se construye para extranjeros, de acuerdo con los precios de los proyectos en curso. Justo enfrente de Marivent, un antiguo hotel reconvertido en una docena de apartamentos cumple con una extraña ley interna. De acuerdo con el nomenclátor en los buzones, todos los apellidos acaban en „sson.

En la tan próxima Nueva Zelanda abundan las mismas voces discrepantes que se escucharían en Mallorca, si el Govern se decidiera a actuar. "Esta ley secará el mercado secundario de viviendas", o el clásico "afectará al conjunto de la economía", son prevenciones que parecen surgidas del vecindario. Es importante comprobar que el territorio mallorquín no vive una peripecia singular. Ahí están San Francisco, cuna de airbnb.com, o la liberalísima Nueva York. En todas las ciudades globales citadas, los salarios no han podido mantener el galope de los precios de compra y alquiler. Por ello, las autoridades se han visto forzadas a proteger a sus votantes, aunque fuera con medidas cosméticas. Y eso que la mayoría de las urbes citadas poseen un arrière pays o un hinterland que les ofrece el oxígeno de los espacios vírgenes, un lujo que los mallorquines no pueden permitirse. Detrás de Mallorca está el mar. La Venecia de cuento se ha vaciado, sus habitantes se han trasladado al continente que la orbita.

El lenguaje planetario no es el inglés o globish, sino la gentrificación. El mundo entero palpita en sincronía inmobiliaria, con ciudades que se comportan en paralelo a las distintas obras de una subasta, y compradores con la pujanza monetaria suficiente para instalarse en las sedes más apetecibles de este abanico de posibilidades. Al huir de Australia, el magnate Christopher Skase y su esposa valoraron hasta 18 rasgos de los enclaves más cotizados del planeta. Tras proceder a las puntuaciones pertinentes, acabaron refugiados en el Port d'Andratx.

La cruda historia de las sacudidas inmobiliarias mundiales, que afecta tan principalmente a Mallorca, necesita un final. Los expertos se refugian en el desenlace que han contemplado tantas veces. La saturación de la demanda encarnada en compradores ricos precede a la saturación de la oferta. Demasiado lujo, a un coste en ascenso vertical. Las ciudades globales se encarecen demasiado, y amontonan un portafolio creciente de viviendas a precios disparatados que no encuentran postor. Solo queda esperar.

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