21 de enero de 2018
21.01.2018
Inmigración

Los nuevos mallorquines

El geógrafo especializado en educación Andreu Mir ha investigado durante diez años cómo viven su adolescencia los jóvenes de origen marroquí y chino afincados en Mallorca

24.01.2018 | 00:33
Los nuevos mallorquines

La segunda generación de inmigrantes llegados a la isla va encontrando su sitio. Son mallorquines que han pasado por un proceso de búsqueda de identidad doble: el propio de la adolescencia y el cultural. Se han encontrado tres caminos: aferrarse a su sociedad de origen; entregarse totalmente a los valores de la sociedad de acogida y renegar de sus orígenes; o el mestizaje: coger lo que les interesa de cada cultura.

La adolescencia es un periodo de confusión, de desequilibrio a varios niveles (físico, emocional...) y de búsqueda de una identidad propia. Afincarse en otro país, emigrar, también implica una adaptación, la necesidad de hacer equlibrismos entre la sociedad que dejas y la sociedad que te acoge. Los adolescentes inmigrantes viven ambos fenómenos a la vez, con lo que la definición de su identidad se complica aún más. Es una doble búsqueda.

El término científico utilizado para definir esta situación es el de "transiciones simultáneas". E incluye también a la segunda generación, a los ya nacidos en el país de acogida.

Andreu Mir ha estudiado cómo han vivido este proceso de búsqueda de identidad los nuevos mallorquines. Se ha centrado en los jóvenes marroquíes y chinos. Este trabajo le ha llevado al geógrafo unos diez años, haciendo multitud de entrevistas y trabajo de campo tanto en Palma, como en Marruecos y China. Se doctoró en Ciencias de la Educación con su tesis sobre estos nuevos isleños, que ahora Lleonard Muntaner ha editado y publicado en forma de libro precisamente con ese título: Els nous illencs. La identitat dels adolescents de origen inmigrant a la ciudad de Palma.

¿Por qué decidió investigar este fenómeno? Criado en Pere Garau, Mir vio con curiosidad cómo en los 90 el "paisaje monolítico" de esta barriada de Palma empezaba a cambiar debido a la llegada de la inmigración. En 2005, siguió por televisión las revueltas que tuvieron lugar en los barrios del extrarradio de París, en los que cientos de jóvenes se enfrentaron a las autoridades después de que dos adolescentes de origen africano murieran mientras huían de la policía.

Muchos de los protagonistas de esas revueltas eran ya inmigrantes de tercera generación. Aquí aún no estamos en ese punto, pero para Mir en ese momento quedó claro que había que analizar la situación en Mallorca.

"En la adolescencia se viven cambios físicos, de valores y psicológicos y uno se pregunta, por primera vezz, quién es y quién quiere ser y los adolescentes de origen inmigrantes suman a eso otra dimensión: el cambio cultural", argumenta.

El papel de las familias

Por un lado, se encuentran con los intereses de sus familias. Sus padres han emigrado por motivo económico, suelen llegar de entornos rurales y tienen una mentalidad conservadora que les lleva a exigir a sus hijos que sean fieles a sus orígenes. Pero los chavales luego salen a la calle, llegan a la escuela y adoptan elementos del modo de vida del país de acogida "para sobrevivir" y adaptarse. Es como si les tiraran con una cuerda hacia un lado y hacia otro mientras ellos tratan de mantener el equilibrio.

Uno de los primeros problemas con el que se encuentran estos jóvenes es el concepto mismo de adolescencia. La transición de niño a adulto no se vive igual en occidente (donde cada vez es más larga) que en sus países de origen: "Las familias no entienden esa ruptura y les choca mucho", apunta el investigador, "y eso puede provocar una crisis profunda a nivel familiar, llegando incluso a situaciones de hijos que reniegan de sus padres".

En esa 'doble vida', esa encrucijada que supone la adolescencia para estos jóvenes, Mir describe tres posibles caminos a seguir. Tres modelos: el de adopción total de la cultura de acogida; el de vuelta y reafirmación en los valores de la sociedad de origen; y el del mestizaje (coger lo que les interesa de cada una de ellas).

¿Hay algún modelo predominante? El autor indica que hay de todo, aunque especialmente ha encontrado casos de mestizaje y de adopción de la cultura de origen, aunque también ha entrevistado a chicos que por sufrir algún episodio de fracaso en el proceso de integración han adoptado una actidud de reafirmación en su cultura original. Y aunque parece que cuanto más tiempo lleven aquí (o el hecho de ya hayan nacido aquí) favorece una mayor integración, el investigador ha visto que no es determinante.

El proceso de encaje es difícil y puede generar una doble frustración: algunos sienten que aquí no encajan, pero cuando vuelven a su país de origen tampoco acaban de ser 100% de allá.

Los grupos estudiados por Mir, chinos y marroquíes, tienen puntos en común en este proceso de adaptación, pero en otros difieren. En ambos casos relatan haber vivido episodios de racismo, aunque por distintos motivos: los chavales marroquíes asocian más la discriminación al tema religioso y a la falta de recursos económicos para poder seguir el ritmo a los otros adolescentes: "La adolescencia occidental se caracteriza por unas altas cuotas de consumo, ellos no pueden y eso los aísla y por eso se juntan más entre ellos".

En el caso de los chinos, los jóvenes notan el racismo por un tema económico, pero de distinta manera: durante la época de la crisis, negocios mallorquines cerraron mientras otros regentados por chinos abrían, y se lo recriminaban, se les culpaba de ello. Asimismo, el aspecto físico creen que siempre les impedirá ser considerados mallorquines. El idioma es en su caso otra importante barrera, ya que tienen grandes dificultades en el ámbito lingüístico (aunque destacan mucho en áreas como las Matemáticas o las nuevas tecnologías).

Por lo general, los chicos y chicas utilizan el idioma de su país de origen con sus familias, en el ámbito doméstico, y el castellano en la escuela y con los amigos. El catalán es la lengua que solo utilizan en clase.

La motivación económica ha sido el principal motivo que les ha llevado a emigrar, aunque con matices, según ha detectado Mir. En el caso de los llegados de Marruecos, su situación allá era más extrema. En China, las familias sí tenían las necesidades básicas cubiertas, pero se movieron persiguiendo una idea de progreso: "Quieren que sus hijos tengan una situación mejor que la suya".

Los jóvenes chinos criados aquí chocan con sus padres por una cultura de trabajo que creen excesiva y por no valorar el ocio. La segunda generación reniega de esa idea de trabajar todo el día y adopta las pautas occidentales de consumo de ocio y consumo.

La libertad es una de los aspectos que más valoran de vivir en España. En la escuela aprecian mucho que el espíritu sea más participativo. Aquellos que empezaron sus estudios en sus países de origen relatan "diferencias abrumadoras" en cuanto a la exigencia y la disciplina, mucho más estricta allá.

Las familias de los entrevistados se caracterizan por una jerarquía patriarcal y una mentalidad conservadora. Las jóvenes marroquíes valoran especialmente esa mayor libertad de la sociedad de acogida. Algunas de ellas llevan velo. Unas, porque la familia lo propone y ellas aceptan llevarlo; otras en cambio empiezan a ponérselo por decisión propia, aunque sus madres no lo usen, ya que les sirve de referente de su identidad. Es como un ancla, un símbolo que les conecta con su cultura de origen.

Aunque el mestizaje es una opción para muchos de estos jóvenes, hay aspectos en los que parecen tener claro que la cultura de origen se impondrá. Por ejemplo, entre los jóvenes chinos entrevistados Mir vio que la mayoría da por sentado que sus padres no aceptarían que tuvieran una pareja que no fuera china.

Este colectivo, ha detectado el investigador, es más cerrado. Crea auténticos 'micromundos' en sus sociedades de acogida: "La escuela es prácticamente su único punto de contacto con otras culturas". Los marroquíes jóvenes se mezclan más, especialmente con africanos musulmanes o con sudamericanos.

Andreu Mir cree que hay muchos aspectos que deberían mejorarse para favorecer la integración de estos colectivos, comenzando por planificar en vez de reaccionar. Ve necesario diseñar un plan de actuación integral que ahora mismo no existe, que contemple actuaciones desde el punto de vista educativo, cultural, sanitario y también urbanístico para evitar "guetos geográficos y culturales".

Se han adoptado acciones puntuales (algunos centros sanitarios tienen mediadores culturales; diez institutos tienen desde este curso trabajadores sociales; pactos para evitar que todos los alumnos extranjeros se concentren en el mismo centro...) pero faltan muchos recursos y esa visión integral del fenómeno.

Medidas a adoptar

Mir, que en la actualidad ejerce de director general de varios centros de los Colegios Diocesanos, propone en su tesis medidas como dotar a barrios multiculturales como Pere Garau o Son Gotleu de más equipación sociocultural, así como instaurar planes de intervención familiar para trabajar con estos padres conceptos como el de la adolescencia en occidente: enseñarles que no es culpa de la sociedad de origen que se produzca ese proceso de ruptura con la familia, que vean que es algo propio de la edad y sepan gestionarlo.

Alguien se preguntará por qué hay que hacer todo este esfuerzo. El investigador recuerda que la segunda generación de inmigrantes son mallorquines. Son personas que están aquí "para quedarse".

Andreu Mir cree que ahora mismo ambas sociedades están en "proceso de adaptación", pero que en cualquier caso es una realidad social "a la que no podemos dar la espalda".

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