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La fiesta en paz

Queríamos un Calatrava...

... y nos endosó uno de segunda mano. El arquitecto valenciano alabó su "gran proyecto" para Palma en un juicio en el que olvidó decir que era el mismo de Zúrich

Calatrava compareció el miércoles como testigo.

Calatrava compareció el miércoles como testigo. B. Ramon

El titular de este artículo es el de un libro del periodista Llàtzer Moix en el que repasa las "demoras, presupuestos multiplicados e incidencias" en las obras de Santiago Calatrava. Quizás hubiera podido añadir que, en algunos casos, como Palma, además vendía material de segunda mano.

El miércoles nadie le preguntó durante su declaración en el llamado caso Ópera por qué endoso a Jaume Matas el mismo edificio emblemático que rechazó la ciudad suiza de Zúrich.

No queda otro remedio que elucubrar sobre las razones del autor de la Ciudad de las Artes de Valencia para sacar del baúl de los recuerdos una propuesta que no aceptaron los suizos.

Matas quería un calatrava para su campaña electoral de 2007. No le importaba ni el qué ni el cómo ni el cuánto. Pensaba que el célebre arquitecto, un fichaje sonado como el de Maria de la Pau Janer y otros proyectos faraónicos, como una segunda línea de metro, le harían ganar los comicios de 2007. Se equivocó, por supuesto, y la reedición de un pacto de progreso liderado de nuevo por Francesc Antich propició la apertura de las grandes causas por corrupción que se han investigado a lo largo de la última década.

Cuando alguien se encapricha con un producto y no está dispuesto a renunciar a él ni a comparar con la competencia ni a analizar seriamente su calidad ni su utilidad, se convierte en un blanco fácil del vendedor. El cliente aceptará el precio que le impongan -sobre todo si se carga a las arcas públicas-, acatará unas condiciones de adquisición leoninas y hasta es posible que ni se entere de que le endosan gato por liebre. Daría por auténtico hasta un jarrón chino que llevara la inscripción made in Pòrtol.

Jaume Matas le dijo a Santiago Calatrava que quería una de sus obras y el arquitecto asumió el "riesgo" de poner a trabajar a su equipo en un "gran proyecto", que estaba "justificado" para una ciudad "extraordinaria", según dijo en el juicio.

Aseguró a los jueces que lo suyo era un diseño conceptual preliminar no solo de la ópera sino de una reordenación total de la bahía de Palma. Y todo, le faltó añadir, por el módico precio de 1,2 millones, aunque inicialmente pretendía cobrar dos.

Ante las prisas del president, se esbozó un gran centro comercial -nada nuevo en el zoco mallorquín-, un supertúnel para soterrar el tráfico del paseo Marítimo -económicamente inviable y técnicamente complejo- y un edificio emblemático, la ópera, concebido en 1998 para ser construido en las aguas del lago Lucerna y tener un uso polivalente. Tal y como desveló Diario de Mallorca en 2010.

El primer proyecto no fue una inspiración. Fue una mera transposición. De las aguas dulces suizas al Mediterráneo mallorquín para competir con la catedral gótica y llenar el ego del gran faraón Jaume Matas.

Una flor de 24 pétalos, o elementos retráctiles, que se abrirían o cerrarían a conveniencia de no se sabe qué o quién ni con qué objetivo. Todo igual. Sin cambios. Ni un detalle modificado. La maqueta que durante meses se mostró en el Consolat de la Mar se convirtió en un juguete en el que los visitantes pulsaban un botón para accionar el mecanismo de cierre y apertura. Un juguete por el que se pagaron 1,2 millones de euros, sin derecho a planos, vídeo ni maqueta. Un contrato en el que todo era favorable a Calatrava solo para exhibir fugazmente un proyecto reaprovechado.

Por supuesto, nadie avisó de que el gran artista, en otro alarde de genialidad, había ofrecido material de segunda mano. No hubiera sido el primero. Grandes compositores reciclaron sus obras cuando les faltaba inspiración o tiempo porque el estreno apremiaba. Hay escritores que siempre escriben la misma novela y pintores que repiten una y otra vez el mismo cuadro.

Pero esta historia no va de arte y de genialidad. Va de política espectáculo y de derroche de dinero público. Va de grandeur, como dirían los franceses, o de bufes, como calificamos los mallorquines. Nada tiene que ver con un teatro de la ópera, ya contamos con un extraordinario Auditorium. Es una cuestión de cemento... y de en qué bolsillos se posa su polvo.

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