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Diario de Mallorca

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Opinión

Los factores humanos de una catástrofe aérea

Los factores humanos de una catástrofe aérea

Ningún conductor sube a un coche con miedo a morir durante el trayecto. Ningún pasajero sube a un avión sin miedo a morir durante el vuelo. El tránsito de la intranquilidad al pánico paralizante es cuestión de proporciones. De ahí la fascinación morbosa que ejercen los accidentes de aviación, multiplicados en el imaginario colectivo pese a ser más infrecuentes que la carnicería en las carreteras.

El crash aéreo es el equivalente real a una película de terror, con los espectadores colectivamente sobrecogidos por la tragedia pero aliviados por mantenerse al margen. Y pensando en el siguiente vuelo, el siguiente callejón oscuro. La voluminosa biografía sobre accidentes de aviación describe la guerra post mortem sin cuartel entre el fabricante del aparato, la compañía aérea, las autoridades del país involucrado y los pilotos.

Es muy fácil localizar al eslabón débil de esta cadena. Todopoderosos en cuanto el avión remonta el vuelo, los pilotos constituyen la víctima propiciatoria si la máquina cae a tierra. Después de su muerte, son aplastados de nuevo por el poder imbatible de las instituciones implicadas. No escapó a esta regla el vuelo 5022 de la compañía mallorquina Spanair, estrellado inmediatamente después de despegar de Barajas con un piloto y un copiloto también mallorquines.

El famoso "factor humano" ya predispone la balanza acusatoria. Sin embargo, esta inherencia aleatoria no tiene por qué registrarse exclusivamente durante el vuelo. El avión fue fabricado por factores humanos, que diseñaron un manual humano favorable al constructor, y que le blinda contra los juicios humanos de catástrofes aéreas. La compañía responsable del mantenimiento del aparato posee el músculo suficiente para disimular errores de protocolo. El Estado administra justicia y se somete a sus dictados, con un resultado previsible.

Los pilotos del Sunbreeze, una brisa solar que invita a los juegos de palabras dado que el aparato tenía bloqueados los medidores de su velocidad respecto del viento, cargan con la responsabilidad de una catástrofe con 154 muertos, en la resolución definitiva de la Audiencia de Madrid que exculpó a los dos técnicos imputados durante cuatro años. El documental El último vuelo del ´Sunbreeze´ restituye el honor del comandante y su segundo, avanzando factores humanos que como mínimo ahondaron la tragedia.

La reconstrucción de accidentes es fundamental para mantener los exigentes niveles de seguridad de la aviación comercial. Sin embargo, viene lastrada por el síndrome de los historiadores, la sabiduría del retrovisor. Se elimina el peso de lo inesperado en los acontecimientos pasados, como si el futuro fuera una precondición para la sorpresa. En el vuelo 5022, el fabricante pudo permitirse libertades fuera del alcance de un ciudadano piloto.

También la animadversión de los familiares de las víctimas se dirigió desde el primer momento contra los allegados de los pilotos, en una reacción comprensible pero visceral. La concentración en el impacto ha relativizado el pésimo funcionamiento de las alarmas. Con una mayor coordinación en tierra, no se hubiera alcanzado el centenar y medio de fallecidos que se atribuyen al pilotaje. Las conversaciones grabadas entre presuntos profesionales de situaciones límite merecen ingresar en el club de la tragedia.

Al pasajero actual le interesa la vigencia de la obsesión por mantener los estándares de la aviación. Un adagio vitriólico del sector propone que "si deseas saber la importancia de la seguridad, prueba a tener un accidente". Spanair no sobrevivió largo tiempo al vuelo 5022.

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