04 de febrero de 2011
04.02.2011

"Esta revuelta es la gran oportunidad para la mujer en los países árabes"

Para Alexandre Miquel, profesor de antropología de la UIB, las protestas de Túnez y Egipto (y las que puede que sigan estallando) son "una oportunidad" y en cierto sentido "dan esperanza al mundo" en estos tiempos de profunda crisis

04.02.2011 | 13:58
"Lo que está pasando en el sur es una oportunidad para el norte, da ideas de cómo afrontar la crisis" .
Lo que está pasando en el sur es "pura modernidad". Y el trabajo de los antropólogos es "estudiar la modernidad, la realidad compleja". Con lo que no es de extrañar que Alexandre Miquel, profesor de antropología de la Universitat, siga al minuto todo lo que está pasando en Egipto y las protestas que se inician en otros países del Magreb. Ha hecho proyectos con Marruecos, ha estudiado el Mediterráneo occidental y entre sus líneas de investigación están la ciudadanía y el cambio social.

—¿Sin crisis no hubiera pasado nada?
—Exacto. No sólo lo que pasa en el Magreb; Jordania; Siria en menor medida; en el Líbano por otras razones... Desde Mauritania, Sudán, Iraq, donde tienen otro problema más grave... Está pasando lo que muchos estábamos esperando. La periferia geográfica de la crisis ha explotado. Y yo espero que esta explosión también nos llegue. Los que están organizando todo son los sindicatos, los movimientos islámicos se están enganchando a un proceso que llevan los jóvenes, los sistemas de comunicación (Facebook, Twitter...) y la razón fundamental es económica. Estos países eran emisores regionales e internacionales de fuerza de trabajo. La crisis les ha afectado. Mucha de esta gente ha dejado de emigrar y mucha ha vuelto. Las remesas han desaparecido y los que vuelven vuelven como parados. Se incrementan los sátrapas que como Hassán II decían: "No quiero que las leyes europeas de inmigración favorezcan la integración porque me viene perfecto como distribuidor de la miseria". Yo envío parados y desahogo la olla a presión de aquí y además como están muy ligados a su país envían dinero. Luego vuelven y otros se van. Y esto ha explotado porque ya no hay salida. En Túnez todo se montó por los sindicatos, ya que las razones fueron económicas, de clase. No es una cuestión cultural, eso es una falacia para no fijarse en las razones reales. En Egipto el sindicalismo fue destruido y no tienen el mismo margen de maniobra. En medio de todo está Al Yazira, que es increíble, el único medio a través del que nos enteramos de las cifras de muertos, y que sirve además como elemento regional de vinculación. Hay una corriente de contagio.
– ¿Hasta dónde se extenderá?
– Son protestas espontáneas hasta cierto punto, pero hay un discurso político, social y económico muy claro. Y ese discurso es compartido por todos los subalternos por el mundo y por eso tiene posibilidades de extenderse. En Arabia Saudí hay manifestaciones y nunca las había habido.
—¿Qué papel tiene la religión en esta protesta?
– Lo de los Hermanos Musulmanes es una de las asociaciones más importantes que ha habido desde los años 20 y ha tenido elementos progresistas, relativamente, porque ya sabemos que son partidos religiosos. Pero el Egipto moderno de hoy no se puede entender sin las diferentes facciones de los Hermanos Musulmanes, que no han sido los que han empezado la protesta, ellos se han subido al carro. Hay que entender que el islamismo salafita, aquel que se inventa un pasado, como el de Al Andalus, y lo transporta al futuro, ése es minoritario. Todos los procesos de independencia del Magreb y Oriente Medio vienen del nacionalismo laico. No podían ignorar un ambiente general islámico, pero nunca lo habían reivindicado. El islamismo salafita es producto directo o indirecto del proceso de colonización y control de toda la región. El país más radical de islamismo es Arabia Saudi, que es el principal aliado, o Pakistán. Luego está el islamismo magrebí de Marrueco, que es tradicional, y es tolerante. Es el sunita sufí, que está mal visto hasta por los conservadores. Piensa que los escritores franceses e ingleses homosexuales se iban a Marruecos porque en sus países les tiraban piedras. Es una anécdota, pero aquí se ha montado toda una historia como excusa para apoyar regímenes antidemocráticos, represores y corruptos.
– ¿Qué deberían hacer EE UU y la Unión Europea?
– Si fuesen coherentes con toda su palabrería sobre la democracia inmediatamente deberían cortar relaciones diplomáticas con todos los sátrapas y corruptos. En el caso de Túnez es más fácil porque Ben Ali ha huido.
– ¿Qué consecuencias tendrán las revueltas para estos países y los de su entorno?
– Los procesos de revuelta se están alargando, lo que incrementa las malas condiciones de vida, no llegan a los productos de primera necesidad... El martes ya no había pan en Egipto y allí es el alimento básico. Hay empresas que cerrarán, el comercio exterior se resiente... Estos regímenes además siempre hacen lo mismo, es muy típico de los sátrapas árabes: abrir las puertas de las prisiones, organizan el caos, culpar a quien sea y agitar el fantasma del terrorismo. Otra consecuencia es que saldrá más gente de estos países. En Túnez han estado más de 15 días, en Egipto llevan siete; en Marruecos ahora han subvencionado cuatro cosas, pero la situación sigue igual. Y allí sí que hay sindicatos.
– ¿Cómo nos afectaría una revuelta en Marruecos?
– Hay más tradición de emigración, pero España no debería estar preocupada. Lo que está pasando allá abajo nos da ideas de cómo realmente se debería enfrentar la crisis. Lo que sucede allí nos repercute, pero tenemos que mirar para abajo, es una oportunidad. Claro que lo ideal sería no tener que hacerlo, porque las primeras víctimas de las revueltas son los que las hacen. Pero dan esperanza al mundo porque abren una brecha para que vuelva el auténtico pensamiento crítico.
– ¿Estas protestas no tendrían porqué ligarse al mundo árabe?
– Naturalmente hay vínculos culturales. Pero en Europa hay condiciones objetivas para que haya revueltas también. Mira en Grecia. No hace falta que busquemos orientalismos. Las relaciones sociales y las situaciones son las mismas. La intensidad no es la misma que allá abajo, pero aquí también hay mala gestión y mala organización, la corrupción, la falta de transparencia democrática, la pérdida de calidad de vida democrática y del papel de la ciudadanía... Y las distancias sociales que se incrementan. Recordemos que son los sindicatos los que han empezado todo.
– ¿En el norte la gente está más resignada?
– Los sindicatos aquí han perdido, se han deslocalizado, muchos se han olvidado de la calle, pero siguen siendo la base de todo. La gente aquí está más dormida. Hay un elemento diferencial. En las sociedades europeas ha habido una
fragmentación, los movimientos han sido sustituidos por ONGS, y aunque yo respete mucho a algunas, no son lo mismo. El tipo de trabajo que tenemos también influye, la gente no comparte espacios; el espíritu de afiliación, participación y colaboración ya no funciona; la gente está más individualizada. Allí hay además un sentimiento regional, esto de ´mira lo que han hecho nuestros hermanos de Túnez´, las manifestaciones en Marruecos de apoyo a los egipcios... Esto en Europa no está. A Portugal, España, Irlanda y Grecia nos llaman los PIGS, y dicen que arrastramos al continente. Además, hay presencialismo a veces no se mira al futuro. Eso nos falla aquí en comparación con el sur. Y allí además la política está vivísima. En Europa se mantiene algo en Francia.
– ¿Es una oportunidad para las mujeres en estos países?
– Sin duda, es su gran oportunidad. Si ves las imágenes, las mujeres están allí en medio, con o sin yihad. Hay movimientos islámicos moderados con mujeres y en Marruecos hay movimientos de mujeres muy interesantes, que se movilizan. Hace tres años, en las elecciones municipales se obligó por ley a que el 20% de las listas fueran mujeres. Y los partidos las ponían al final. Pero las mujeres dijeron que no querían participar en eso, diciendo 'nosotras somos las auténticas cabezas de familia'.

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