30 de enero de 2011
30.01.2011
La fiesta en paz

Insultar a los mallorquines es gratis

Cuando escucho a Wagner me entran ganas de invadir Polonia", mascullaba Woody Allen en ´Misterioso asesinato en Manhattan´.

30.01.2011 | 16:44
Rosa Díez no sonríe, muerde a los baleares.
Cuando escucho a Wagner me entran ganas de invadir Polonia", mascullaba Woody Allen en ´Misterioso asesinato en Manhattan´. "Cuando llego a Mallorca me entran ganas de insultar a todos los mallorquines", es el lema que mueve a los políticos instalados en la meseta cada vez que aterrizan en Son Sant Joan. Esta semana se han dado un garbeo por las colonias de ultramar Rosa Díez, ex consejera de Turismo del País Vasco por el PSOE en un gobierno presidido por el PNV, y Cayo Lara, coordinador general de Izquierda Cada Día Más Desunida (ICDMD).
La primera llegó el lunes invitada por un foro de debate económico y aseguró sin despeinarse que "la corrupción es la imagen de Balears". Se equivoca, por supuesto. La imagen de estas islas es la de un paraíso turístico, que ha generado riqueza y que la ha compartido sobradamente con el resto de los españoles. Es la de una naturaleza que aún conserva parte de su belleza pese a las cicatrices del desarrollismo. Es la de una cultura propia ocho veces centenaria en lucha por una difícil supervivencia. La diputada de UPyD –que por lo visto solo está informada de los desmanes de UM pero no de los del PP– debería saber que la realidad balear en su engarce con la corrupción es la de unos jueces y fiscales que llevan cuatro años combatiéndola con denuedo. Una actitud que contrasta con lo que ocurría en el pasado en el propio archipiélago y con la aún vigente en otras comunidades autónomas, como la Valenciana, en la que políticos como Carlos Fabra se aferran a la campana salvadora de la prescripción para eternizarse en un cargo.
La diputada Díez, preguntada por ¿qué puede ofrecer UPyD a Balears?, respondió que "otra manera de hacer política diametralmente diferente a la que se está haciendo ahora?" No se habían escuchado palabras tan hueras desde los tiempos de Hernández Mancha, de nulo recuerdo para la mayoría de españoles.
La diputada Díez, que califica a Balears como las islas corruptas, no osaría hablar con tanta ligereza en Valencia o Madrid. No aceptaría que nadie diga que Euskadi es la comunidad del terrorismo. Ni se atrevería a asegurar que Cataluña es la tierra de los tacaños. Pero insultar a Balears siempre es gratis.

Así lo entiende también el coordinador general de ICDMD, Cayo Lara. No nos habíamos repuesto de las gracias de Rosa Díez cuando el líder de izquierdas soltó que "Balears es la región de la UE con más presuntos culpables por kilómetro cuadrado". Nada tendríamos que objetar si hubiera dicho que los jueces y fiscales de Balears son los que más se han esforzado para descubrir a los presuntos culpables. Pero decidió generalizar, descalificar y denigrar a las islas y a los isleños. No hubiese osado acusar a los andaluces de vagos, porque es un tópico tan incierto como que los baleares son corruptos. Ni que los extremeños, donde se concentra el mayor número de funcionarios por cada 1.000 habitantes, viven de la sopa boba. Pero aquí, a los isleños, cualquiera puede cantarles las verdades del barquero.
Esta semana han sido Díez y Lara, pero unos meses atrás fue José Blanco, quien prácticamente acusó a todos los isleños de estafar al Estado con los descuentos aéreos.
Se atreven porque somos pequeñitos y enclenques. Si tuviéramos poderío por el número de diputados –como los andaluces o catalanes– o un presidente respondón –como el de Cantabria– se lo pensarían dos veces antes de generalizar. Pero forma parte de nuestro sino que nos abofeteen, que pongamos la otra mejilla y que, además, pidamos perdón.

Miquel dels Sants Oliver escribió un artículo con el título Alma mallorquina en el que, en referencia a los isleños, decía que "lejos de sentir el orgullo de su origen, algunos se esforzaban en esconderlo". Añadía que tenemos "carencia de un sentimiento de patria, de patria ´política´, definido y enérgico". Por desgracia para nosotros, los políticos de fuera han descubierto este rasgo de nuestro carácter y no dudan en atizarnos de palabra –con desprecios verbales señalándonos como los corruptitos– y obra –cobrándonos mucho y dándonos poco– cada vez que tienen ocasión de hacerlo.

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