No es la conexión con Madrid la que mejor define los dolores de insularidad. Lo sabe cualquier residente balear con raíces en Navarra, Extremadura, Asturias o Castilla. Llegar allí exige un bolsillo muy lleno si se hace con prisas. Los 743 euros que arranca el viaje a Valladolid son esclarecedores. Pero también los 300 que engulle un vuelo relámpago a Pamplona. O peor: el imposible desplazamiento exprés a lugares como Badajoz, Salamanca o Albacete, ciudades que exigen presupuestos holgados y una planificación que incluye aviones, trenes, buses y coches de alquiler. Todo para viajar desde las islas más cercanas y aisladas. Pese al descuento de residente.