Todos creíamos que el fin de los monopolios sería la panacea universal y que los sufridos consumidores íbamos a salir beneficiados de la irrupción de la competencia en sectores como los transportes, la energía, las telecomunicaciones, etcétera.

La realidad ha sido muy distinta y mucho más en estas islas donde los escasos márgenes que permiten la insularidad ha hecho que seamos muchos los que pensemos como aquel enfermo que caía montaña abajo en Lourdes y acabó rogando: Virgencita que me quede como estoy.