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Gelats Paco: setenta años de helado artesano en Palma

De los carritos ambulantes de los años 30 a dos locales en Palma: la historia de una heladería que ha visto crecer a tres generaciones de una misma familia y también la de sus clientes

A la izquierda, Francisco Aznar Cortés haciendo helados

FOTO: Archivo de la familia Aznar | VÍDEO: Redacción Digital

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Son las tres de la madrugada y alguien llama a la puerta de Gelats Paco, en la calle Benet Pons i Fàbregues. Al otro lado, una mujer embarazada con un antojo: un granizado de leche. Francisco Aznar, su fundador, abre la puerta. Un gesto que demuestra que Gelats Paco es mucho más que una heladería. En el otro local, el de Blanquerna, hay quien recuerda a un nieto que entró buscando un helado de tarta inglesa para su abuela, ingresada en el hospital. Aquel fue el último.

En una ciudad asaltada por infinidad de heladerías de diseño, una suerte de salones de belleza modernos con vitrinas repletas de colores vivarachos, Gelats Paco es capaz de generar una comunidad fiel a lo largo de los años.

De carrito ambulante a fábrica propia

La historia arranca en los años 30, cuando Francisco Aznar Cortés cruza el Mediterráneo desde Valencia junto a su hermano Joaquín. No traen ni local ni maquinaria, solo el oficio y un carrito con el que empiezan a vender helados por las calles de Palma. Fue el principio de una costumbre que, con los años, se convertiría en una imagen recurrente, unos carritos ambulantes que durante décadas recorrieron la ciudad y acabarían convirtiéndose en parte del imaginario popular del barrio.

En 1949, Francisco da el paso decisivo: compra un local en la calle de Benet Pons i Fàbregues para instalar allí el almacén y la fábrica. Ya no vende solo por la calle, ahora también fabrica los helados. Es el germen de lo que hoy conocemos como Gelats Paco.

Tres generaciones, un mismo oficio

El relevo generacional llega en 1980, cuando el patriarca se jubila y su hijo, también llamado Francisco, coge las riendas del negocio.

La tercera generación toma el mando en 2006, con Xavier Aznar y su mujer, Xisca Gayà, al frente. Bajo su gestión, la heladería vive un cambio de imagen importante, sin perder por el camino la receta que la hizo popular. Y en 2010 llega la gran expansión: la apertura del segundo local en la calle de Blanquerna, que hoy es la otra gran puerta de entrada al universo Gelats Paco.

Dos barrios que viven en la calle

No es casualidad que Gelats Paco eligiera Pere Garau, el ensanche de la ciudad durante su apertura, y, años después, la zona de Blanquerna para plantar sus raíces. Son barrios de gente trabajadora, de familias, de grupos de amigos que hacen vida en la calle. La heladería de Pere Garau es, sin discusión, la más antigua y emblemática del barrio, aunque hoy funciona únicamente para llevar y cierra temprano, abriendo de Pascua a Todos los Santos. Es en Blanquerna donde ese espíritu de comunidad se vive con más intensidad: el local permanece abierto mucho más tiempo al año y se ha convertido en el auténtico punto de encuentro entre la gente del barrio.

Lo que distingue a Gelats Paco de tantas otras heladerías no es solo la antigüedad, sino la manera de trabajar. La inmensa mayoría de lo que venden lo fabrican ellos mismos. Polos, bombones helados, barras de helado... formatos que muchos asocian a la infancia y que aquí siguen elaborándose con el mismo criterio artesanal de siempre.

Setenta años después de que Francisco Aznar bajara de aquel barco, su legado sigue vivo en cada helado que se sirve en Pere Garau y en Blanquerna. Puede que las heladerías de diseño ganen en Instagram, pero pocas pueden presumir de haber acompañado a tres generaciones de una misma familia palmesana en sus antojos de madrugada, en sus tardes de verano y, para alguno, hasta en sus últimas voluntades.

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