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Entrevista

Marta Simonet: «Durante años confundimos conectar con estar presentes en redes».

Esta mallorquina, responsable del blog Mésame Mucho, buscaba el mar desde las azoteas de Madrid hasta que entendió que esa misma calma la encontraba cocinando. Hoy, en pleno proceso de reconstrucción, reabre su historia desde Tarro.

Marta Simonet: «Durante años confundimos conectar con estar presentes en redes».

Ana Martínez

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Con Marta pasa algo extraño: sientes que la conoces de toda la vida y, al mismo tiempo, te das cuenta de que solo sabes de ella lo que ha querido enseñarte. Nos recibe en Tarro, un espacio bañado por la luz que ella domina por completo. Conoce cada recoveco al dedillo, sabe exactamente cómo incide la luz durante cada minuto de cada mañana, los ángulos buenos, los contraluces y la manera en la que la cortina tamiza los colores. Marta Simonet es atenta, empática y de trato exquisito. Habla rápido y con un mensaje de lo más estructurado. Comunica con los ojos y con las manos, con el gesto, con los silencios y con las palabras. Su generosidad fue desarmante: se expuso, se rompió y se recompuso. Y es que Marta tiene muchas versiones dentro —la comunicadora, la cocinera, la anfitriona, la madre, la hija, la hermana, la mujer— pero, sin duda, todas ellas tienen algo en común: el mar que la vio crecer, la cocina como refugio y unas raíces que siempre la traen de vuelta a casa.

¿Cómo estás, Marta?

Estoy en un momento de resurgir. Han coincidido muchos cambios importantes. Por un lado, la maternidad, que ya es en sí misma un renacer. Y, por otro, un duelo muy duro: la pérdida de mi hermano estando yo embarazada de siete meses. Son dos experiencias que te cambian profundamente y que te hacen replantearte muchas cosas.

Lo siento muchísimo.

Ahora intento agarrarme a las ilusiones que, por suerte, no son pocas. Cuando la vida te golpea así entiendes que el tiempo es limitado y empiezas a preguntarte cómo quieres vivirlo de verdad. Estoy en ese proceso de reconstrucción, disfrutando mucho más del presente y de las personas que tengo cerca.

Siempre te hemos relacionado con la comunicación y la gastronomía. ¿Dónde nace esa relación con la cocina?

En mi propia casa. En mi familia nunca se cocinó solo para comer: se cocinaba para reunirnos, para celebrar, para compartir. Cualquier excusa era buena para sentarnos a la mesa. Durante años pensé que eso pasaba en todas las familias; lo tenía tan normalizado que no era consciente del regalo que era. Solo cuando me fui a vivir fuera entendí que no todas las casas funcionan igual.

¿Qué aprendiste de esa manera de entender la gastronomía?

Que la comida es una excusa maravillosa para cuidar a los demás. Es algo que intento reproducir ahora en mi propia casa.

Si tuvieras que volver a la cocina de tu infancia, ¿qué plato te llevaría directamente allí?

Me vienen dos imágenes. La primera, un plato muy sencillo: arroz con salsa de tomate y huevo. Era lo que me esperaba al volver del colegio y para mí era un festín. Hoy sigue siendo una de esas comidas que me hacen feliz.

La segunda son los sábados en el mercado con mi madre. Comprábamos salmonetes y los preparábamos en casa. Quizá no era el pescado que más ilusión me hacía, pero con el tiempo me he dado cuenta de que lo importante no eran los salmonetes, sino el ritual: ir al mercado, pasear y cocinar juntas.

¿En qué momento hiciste de la comunicación gastronómica tu profesión?

De Mallorca me fui a Madrid y trabajé muchos años como presentadora de televisión. Echaba tantísimo de menos la isla que buscaba el mar constantemente: me subía a los edificios a buscar un horizonte abierto, el olor a mar, esa sensación de calma que siempre me había dado Mallorca. Y un día entendí que esa tranquilidad también la encontraba cocinando.

La cocina se convirtió en mi refugio. Era el lugar donde podía bajar el ritmo, respirar y sentirme cerca de casa. Empecé a experimentar, a cocinar para mí, luego para mi pareja, y poco a poco descubrí que ese espacio pesaba en mi vida mucho más de lo que imaginaba.

Parece todo muy orgánico.

Lo fue. Empecé a colaborar con agencias de branded content en 2011, cuando casi nadie hablaba de creación de contenidos. No existía el ecosistema digital de hoy, y precisamente por eso fue una etapa apasionante: descubrí que podía unir mis tres pasiones —comunicar, escribir y hablar de gastronomía—.

¿Cómo nació Mésame Mucho?

Al volver a Mallorca tenía claro que quería dedicarme a algo que me apasionara de verdad. Había hecho un máster de emprendimiento y le daba vueltas a una idea que mezclara gastronomía, comunicación y contenido digital. Siempre me había gustado escribir —de hecho, escribo desde adolescente—, pero nunca pensé que pudiera vivir de ello. Mésame Mucho fue, sin saberlo, la excusa perfecta para dedicarme a escribir sin decir que me dedicaba a escribir.

Fuiste una de las pioneras del contenido gastronómico. ¿Cómo recuerdas aquellos primeros años?

Con muchísima ilusión y mucha incertidumbre. La palabra «foodie» casi ni existía aquí, y las marcas tampoco sabían qué era eso del contenido digital. Empecé organizando experiencias gastronómicas junto a Fabián León, de MasterChef, pero muy pronto los clientes empezaron a pedir otra cosa: que contáramos historias, que explicáramos quién había detrás de cada proyecto. Ahí entendí que lo que de verdad conectaba con la gente no era solo la gastronomía, sino la forma de contarla.

¿En qué momento supiste que era mucho más que un blog?

Hubo dos momentos clave. El primero, cuando Mésame Mucho recibió el premio al Mejor Blog Gastronómico de España: fue una enorme inyección de confianza y empezaron a llegar propuestas muy interesantes. El segundo, cuando Jaime, mi marido y socio, me dijo: «Pruébalo. Nos damos un año». Él trabajaba en comunicación en el Atlético de Madrid y eso nos daba cierta tranquilidad. Muchas veces se habla del emprendimiento como un acto individual, pero en mi caso no lo fue: pude lanzarme porque había alguien sosteniendo esa decisión conmigo.

Después llegaron las marcas. ¿Cómo nació Banquete de Ideas?

Empezaron a llegar empresas que ya no querían colaborar con Mésame Mucho como medio, sino que nos pedían crear contenido para ellas. Entendimos que aquello había dejado de ser un blog: había nacido una agencia, Banquete de ideas. Jaime dejó su trabajo y construimos el proyecto juntos. Fueron años intensísimos, de mucho trabajo, viajes y campañas, y de aprender sobre la marcha en un sector que prácticamente acababa de nacer.

¿Había vértigo al apostar los dos por algo tan nuevo?

Lo había, aunque durante mucho tiempo casi no nos dio tiempo a sentirlo. Lo curioso es que, incluso cuando todo iba bien, pensábamos que podía terminar en cualquier momento; teníamos la sensación de necesitar un plan B. Con el tiempo entendimos que no hacía falta buscar otra cosa, sino construir una empresa más sólida alrededor de lo que ya hacíamos. Y esa idea acabó dando paso a la siguiente etapa.

¡Tarro! ¿Cómo se lo explicarías a alguien que nunca ha estado aquí?

Me gusta definirlo como ese espacio que cualquiera guardaría en una carpeta de inspiración de Pinterest. Caben presentaciones, rodajes, talleres, showcookings, reuniones, eventos… cualquier idea que necesite un lugar acogedor. Pero, más allá del espacio físico, Tarro nace de una necesidad que sentíamos nosotros: volver a reunirnos. Después de tantos años en lo digital nos dimos cuenta de que había mucho ruido y poca conexión real. Necesitábamos volver a mirarnos a los ojos, compartir una mesa, conversar sin pantallas.

Lo definís como «un espacio donde cabe todo».

Decimos que nosotros abrimos la tapa del tarro para que cada persona lo llene con su proyecto. Unos vienen a presentar un producto, otros a grabar una campaña, otros organizan talleres. Nosotros ponemos el espacio y ayudamos a que todo ocurra. Nos sentimos más anfitriones que propietarios.

¿Crees que estamos volviendo a valorar el cara a cara?

Sí. Durante años confundimos conectar con estar presentes en redes. Las redes son maravillosas y seguirán formando parte de mi trabajo, pero les hemos dado demasiado protagonismo. Ahora me interesa lo contrario: crear experiencias reales y que, si tiene sentido, luego se cuenten. Durante un tiempo pasamos de contar lo que nos ocurría a hacer cosas únicamente para poder contarlas. Y yo necesito volver a vivir primero y comunicar después.

Quienes te seguimos sabemos que siempre hablas de tu madre y tu hermana al hablar de cocina. ¿Qué representan para ti?

Lo representan todo. Muchas veces pienso que la auténtica foodie de la familia es mi hermana: conoce muchos más restaurantes que yo, cocina mejor y tiene una sensibilidad enorme hacia el producto. Y mi madre tiene un talento natural para la cocina; es capaz de preparar una coca de trampó maravillosa en un momento. Pero, sobre todo, tiene una cualidad que admiro: siempre hay sitio para uno más. Da igual lo que haya en la nevera, siempre encuentra la manera de que la gente se sienta bienvenida. Esa generosidad también forma parte de la gastronomía.

La maternidad también ha cambiado tu forma de mirar la cocina. ¿Cómo vives esta etapa?

Todavía me impresiona pensar que soy madre. Mi hijo tiene pocos meses y siento que aún estoy descubriendo qué significa todo esto. Ahora que ha empezado a probar alimentos me hace muchísima ilusión imaginar el día en que cocinemos juntos, vayamos al mercado o preparemos algo un domingo cualquiera. No siento presión por cómo vaya a comer; al contrario, lo veo disfrutar tanto que pienso que la gastronomía también forma parte de él desde el principio.

¿Cómo definirías el momento que vives ahora?

Es muy bonito. Durante años el trabajo fue el centro absoluto de mi vida; hoy ese lugar lo ocupa mi hijo, y eso ha cambiado por completo mi forma de trabajar. Tengo menos tiempo y por eso quiero dedicarlo solo a lo que merece la pena: seguir escribiendo, desarrollar Tarro, organizar encuentros alrededor de la creatividad y la cocina, y disfrutar mucho más del proceso. Siempre he sido muy soñadora, pero ahora esos sueños tienen otro ritmo. Y creo que eso también es crecer.

MARTA EN CORTO

Si sales a cenar o a comer, ¿dónde vas? Comer un variat a Can Frau.

¿Qué podrías comer a diario? Depende de la época: fresas. Pero probablemente arroz con tomate y huevo.

Desayuno perfecto. Salado. Una tostada con huevo. Una tostada con crema de cacahuete y fruta o con yogur . Nunca café, prefiero avenacao.

Mejor viaje gastronómico. Japón. Es el viaje más bestia que he hecho. Es una cultura que me fascina y, sobre todo, los bares de los trabajadores.

Con quién te gustaría compartir mantel. Con mi hermano.

Si te invitan a una cena, ¿qué llevas? Probablemente una tabla de quesos, jamón y uvas.

Si no fueras comunicadora gastronómica, serías… otra. Interiorista.

Idea perfecta de felicidad. La familia alrededor de una mesa aunque no haya nada para comer. Me basta con pasar tiempo juntos. Y si hay mar mejor.

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