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Stéphanie Kinger: la entrañable historia detrás de Bessó de Mallorca

La fundadora de Bessó de Mallorca ha transformado una casual receta aprendida de una vecina de Porreras en un proyecto que hoy reivindica el producto local y la tradición de la isla.

Stéphanie Kinger: la entrañable historia detrás de Bessó de Mallorca

Stéphanie Kinger: la entrañable historia detrás de Bessó de Mallorca / Ana Martínez

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Cuando Stéphanie Kinger se instaló en una casita a las afueras de Porreras ni por asomo podía imaginar que su vecina Catalina iba a cambiar el rumbo de su vida. Recién llegada desde la Bretaña francesa, descubrió en aquella mujer de Son Cotà mucho más que una vecina: encontró una amiga, una maestra y la mejor puerta de entrada a la Mallorca más auténtica. Entre conversaciones, recetas y tardes compartidas, Catalina le enseñó a preparar las tradicionales garrapiñadas. Pero un pequeño error durante una de aquellas elaboraciones terminó convirtiéndose, años después, en el origen de una empresa que hoy lleva por bandera la esencia de la isla.

Era 2007 cuando Stéphanie decidió empezar una nueva vida en Mallorca. Se instaló rodeada de almendros, en una casa "fora vila" de Porreras, sin sospechar que aquellos árboles acabarían marcando también su futuro profesional. Hasta entonces trabajaba como diseñadora web, pero sentía la necesidad de alejarse de la pantalla y dedicarse a algo más tangible, más creativo y con un vínculo directo con el territorio que la había acogido.

La receta que lo cambió todo

Aquella primera "garrapiñada fallida" tenía poco que ver con la receta tradicional. El azúcar no llegó a caramelizar y quedó cristalizado alrededor de la almendra, creando un bocado mucho más ligero y delicado. Lejos de verlo como un fracaso, Stéphanie descubrió una nueva posibilidad. Si aquella cobertura permitía mantener el protagonismo de la almendra, ¿por qué no jugar también con nuevos sabores?

Así comenzaron las primeras pruebas con canela, chocolate, limón o naranja. Poco a poco fueron apareciendo nuevas combinaciones, siempre respetando el sabor de la almendra y buscando un equilibrio entre tradición e innovación. En 2016 aquel experimento casero se convirtió oficialmente en Bessó de Mallorca.

El nombre tampoco fue casual. "Bessó" es la palabra mallorquina que designa el fruto de la almendra antes de secarse. Una forma de rendir homenaje a la lengua, al paisaje y a un cultivo profundamente ligado a la identidad de la isla. Porque, aunque Stéphanie nació en Bretaña, reconoce sentirse hoy profundamente ligada a Mallorca, donde también han nacido y crecido sus hijas.

Mucho más que una almendra

Desde su obrador de Porreras elaboran cada almendra de forma artesanal utilizando exclusivamente almendra con Indicación Geográfica Protegida (IGP) Mallorca, adquirida a través de la Cooperativa del Camp Mallorquí. Este sello garantiza tanto el origen como la calidad de una almendra reconocida por su intensidad aromática, su textura y unas características únicas fruto del clima y los suelos de la isla.

Su apuesta por el producto de proximidad siempre ha sido irrenunciable. Stéphanie tenía claro desde el principio que quería construir un proyecto sostenible, capaz de aportar valor a la agricultura local y de dar visibilidad a uno de los productos más emblemáticos de Mallorca. "Cuando llegué todavía no existía el movimiento de apoyo al producto local que vemos hoy", explica. Sin embargo, tras la pandemia percibe un cambio importante: tanto consumidores como hoteles valoran mucho más el origen de lo que compran y buscan productos vinculados al territorio.

Como tantos pequeños productores, Bessó sufrió especialmente durante los meses de cierre, ya que buena parte de sus ventas dependían del turismo. Sin embargo, aquel difícil periodo también impulsó un renovado interés por la producción local y abrió nuevas oportunidades de colaboración con comercios, hoteles y establecimientos que apuestan por el kilómetro cero.

Hoy sus almendras pueden encontrarse en ferias y diferentes puntos de venta de la isla, mientras el obrador de Porreras sigue creciendo con la idea de abrir cada vez más sus puertas al visitante para mostrar de cerca cómo se elaboran.

Mirando al futuro, Stéphanie mantiene intacto el entusiasmo de quien un día decidió cambiar de vida para trabajar con las manos y con sentido. Continúa experimentando con nuevos sabores y formatos, siempre fiel a la misma filosofía: aprovechar lo mejor que ofrece Mallorca para transformarlo en un pequeño recuerdo comestible de la isla.

Al final, eso es exactamente lo que pretende la marca: condensar en un solo bocado la tradición, el paisaje y el cariño con el que empezó toda esta historia gracias a una vecina conocida como “Catalina de Son Cota”.

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