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Día Mundial de la Miel: Mel Caramel y el hombre que aprendió a escuchar a las abejas
La historia de Martí Mascaró, el apicultor que cambió la oficina por las abejas y no ha mirado atrás

Martí Mascaró con sus abejas / Tarek Serraj
Para todos los millennials que crecimos traumatizados por lo que las abejas le hicieron a Macaulay Culkin en Mi chica —probablemente el primer disgusto cinematográfico de toda una generación—, reconciliarse con ese pequeño insecto no fue fácil. Durante años lo redujimos a una amenaza con alas y aguijón. Costó entender que, además de picar, las abejas sostienen uno de los engranajes más sofisticados de la naturaleza y producen uno de sus alimentos más preciados: la miel. Hablar con Martí Mascaró, el hombre detrás de Mel Caramel, ayudó a completar con éxito esa reconciliación.
Martí hace treinta años que vive entre abejas gracias a la influencia de un hombre, Joan Ferrer Llompart, impulsor hace años de la Fira de sa Mel de Llubí. La devoción con la que hablaba de sus abejas acabó siendo contagiosa. Y lo inevitable pasó, un día Martí lo acompañó al apiario y bastó una visita para que algo cambiara en él.
Al principio era cosa de fines de semana. Unas pocas cajas de abejas entendidas como un modo de desconectar. Después fueron más. Y más. Y más. Y luego tantas que la pregunta dejó de tener respuesta fácil: ¿trabajo normal u oficio propio? A día de hoy maneja cerca de 400 colmenas que en primavera albergan alrededor de 60.000 abejas cada una y la sola idea de volver a una oficina le resulta tan remota como ajena.
"Cuando descubres qué significa trabajar en la naturaleza, no puedes volver atrás" dice.
Esa vida, sin embargo, no es idílica. Es exigente, física, solitaria y, por supuesto, de lunes a domingo. Además, la producción de miel no depende de uno mismo, sino de la climatología, la floración o el néctar disponible en cada estación. La naturaleza no negocia, pero Martí lo acepta como parte del trato. Es esa lógica la que da sentido a Mel Caramel, su marca de miel ecológica elaborada íntegramente en Mallorca.
Habla de sus abejas con la fascinación de quien todavía no se acostumbra al milagro. Sabe a qué hora están inquietas, cuándo están tranquilas o cansadas. Sabe cosas, muchas cosas. Por ejemplo, que una sola obrera produce apenas una décima parte de una cucharada de miel en toda su vida, que una abeja hembra vive 800 kilómetros y que las nacidas en invierno lo hacen durante más tiempo porque trabajan menos. Sabe que es un mundo femenino en el que ellas toman las decisiones, incluida la expulsión de los machos cuando escasea la comida, y que en una colonia de decenas de miles solo hay una reina. Es, dice casi con admiración, un mundo profundamente femenino y perfectamente organizado.
Quizá por eso, después de escucharlo, cuesta volver a mirar una abeja como la mirábamos de niños. Martí Mascaró consigue algo más difícil que hacer miel de primerísima calidad: consigue que del miedo pasemos a la absoluta fascinación.
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