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Lo exótico

Arume, el lugar al que siempre apetece volver

La cocina libre de Tomeu Martí, donde Mediterráneo y Asia se encuentran para quedarse en la memoria

Selección de nigiris en Arume

Selección de nigiris en Arume / Marta Pérez

Cantaba Chavela, con tanto desgarro como talento, aquello de que uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Por esa regla de tres, que nos convence más que la que se estableció en Macondo, podríamos visitar a Tomeu Martí cada semana, cada día, en cada comida o cada vez que se nos despierta el hambre.

Arume, su templo, más que un restaurante —que también lo es y además de los buenos—, es un ejercicio de libertad. La expresión más honesta de un cocinero que no entiende de fronteras ni de etiquetas. En su cocina conviven, con una elegancia casi natural, dos pulsiones que lejos de contradecirse se enriquecen: la raíz mediterránea y el alma asiática. Ingredientes que se fusionan, dialogan y se convierten para construir una propuesta diferente y tan original como coherente.

Tomeu Martí lo resume cada vez que tiene ocasión: hago la cocina que me gustaría comer a mí en un restaurante.

Arume no es japonés, ni tailandés, ni mediterráneo, aunque tenga algo de todos ellos. Es un espacio sin corsés donde cada plato es capaz de sorprender más que el anterior.

A Arume una podría volver y volver y volver y siempre tener ganas de probar cosas nuevas y repetir y combinar y dejarse sorprender. Su carta es, en esencia, una selección de platos donde la inspiración japonesa se fusiona con ese inconfundible punto de vista mediterráneo que define la cocina de Tomeu Martí. Están los clásicos —el nigiri de negret y trufa, el de foie y membrillo, los atadillos de gamba y erizo en tempura— y están esos fuera de carta que, por sí solos, justifican cada visita: como el nigiri de wagyu o el de carabinero. Pequeñas piezas que resumen, mejor que cualquier discurso, lo que ocurre en Arume: producto, intuición y una manera muy personal de entender el placer.

El resultado es una de esas experiencias que no se explican del todo, pero que invitan —como en la canción— a volver cada vez que una tiene ocasión.

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