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Gastronews

La Italia más fiel se sirve en Binissalem

Terra di Vino lleva doce años defendiendo la cocina tradicional italiana de la mano del chef Simone Panighello, con platos que apuestan por la sencillez, el producto y la memoria gastronómica.

Tagliolino negro, una de las especialidades del chef

Tagliolino negro, una de las especialidades del chef / Ana Martínez

Hay cocinas que funcionan como una máquina del tiempo. La italiana es una de ellas: basta un tenedor y una pasta humeante para viajar a una trattoria romana, a una mesa sencilla donde todo resulta familiar y apetecible. La cocina italiana tiene ese don: convertir lo cotidiano en algo reconocible y reconfortante. Y quizá por eso, cuando uno cruza la puerta de Terra di Vino, la sensación es la de haber salido de la isla durante unas horas… sin necesidad de hacer la maleta.

El restaurante lleva doce años latiendo con pulso propio bajo la batuta del chef Simone Panighello, originario de Heraclea, cerca de Venecia. Su cocina no busca atajos ni artificios: es la que él mismo define como cucina della mamma, basada en el respeto a la receta, al producto y a una manera de cocinar que se aprende en casa y no en los libros.

En nuestra visita, dos platos bastaron para entender la filosofía de la casa. El primero, una Cacio e Pepe que mira directamente a Roma con una ejecución impecable: queso pecorino de Cerdeña, pimienta bien medida y el aporte elegante de la trufa, que suma aroma y profundidad sin desvirtuar el conjunto. Cremosa, equilibrada y muy reconocible.

El segundo pase fue un tagliolino negro tan preciso como sugerente. La pasta, teñida por la tinta, sirve de base a una lubina delicada, botarga que aporta un punto marino y alcachofa que redondea el plato con su perfil vegetal. Un toque picante final añade tensión y demuestra que, incluso dentro de la tradición, hay espacio para el carácter y la personalidad.

Terra di Vino es un restaurante que no busca sorprender, sino convencer. Y lo hace desde la constancia, desde una identidad clara y sin disfraces. Al salir, uno tiene la sensación de haber comido muy bien, sí, pero también de haber confirmado que la cocina italiana más auténtica puede encontrarse más allá de sus fronteras, en un pequeño y encantador pueblo del interior de la isla.

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