REPORTAJE
Es Forn de Sa Plaça: 150 años de tradición panadera en el corazón de Consell
Crónica de un horno encendido desde hace siglo y medio y de las manos que lo han mantenido vivo.

Xisco y Maria Gelabert, dos generaciones al frente de Es Forn de Sa Plaça / Ana Martínez
Es la una de la madrugada y suena el despertador. A esa hora intempestiva en la que la mayoría está sumida en un sueño profundo o ni siquiera ha conciliado el sueño, Xisco Gelabert ya está en pie. Forner y propietario de Es Forn de Sa Plaça de Consell da inicio —mucho antes de que amanezca— a una jornada larga y exigente, de esas que empiezan cuando los demás duermen y terminan cuando el pan ya ha pasado por muchas manos.
Lo primero que hace al llegar al obrador es encender el horno. Un gesto sencillo, casi automático, que marca el inicio de todo lo demás. Mientras la bóveda comienza a calentarse, prepara las masas con la calma de quien repite el mismo ritual desde hace décadas. Es el inicio de un engranaje que no funciona solo: en unas horas, Marga Morro abrirá el mostrador. Ella no solo atiende al público, sino que regenta junto a Xisco el día a día de Es forn, siendo una de las piezas clave para que todo vaya rodado.
Apuesta por la producción artesanal
Preguntamos qué tiene que llevar un pan mallorquín para ser auténtico y Xisco nos responde con la sorpresa de quien considera la respuesta toda una obviedad: harina, agua y un poco de levadura. Nada más. Todo lo demás sobra. “La mayoría de personas no sabe el trabajo que hay detrás de un pan blanco o moreno. Nosotros lo trabajamos como lo hacían mis padres: necesitamos una hora para prepararlo, otra para que se fermente y otra para cocerlo”, comenta.
En Es Forn de Sa Plaça, después de 150 años de historia, se mantienen los mismos procesos, productos y, en muchos casos, los mismos proveedores de antaño. El afán por hacer las cosas con la filosofía de siempre y el amor por el oficio son marca de la casa y se transmiten de generación en generación.
Todo lo que sabe Xisco Gelabert lo aprendió de su padre, Jaume Gelabert: el respeto por el producto, el sacrificio de la profesión y el valor de la tradición. Tenía claro desde muy pequeño que quería ser forner como él. En cuanto pudo, empezó a ayudar en el obrador y, poco a poco, el negocio fue evolucionando.
“Al principio, el horno no vendía productos como tal: los vecinos traían su pan, sus postres o sus carnes y aquí se horneaban. Mi padre introdujo la producción de pan. Con el tiempo llegaron las ensaimadas, se amplió la oferta y ahora mi hija Maria ha dado un paso más abriendo una línea de pastelería”, explica.
Movida por la misma pasión, Maria Gelabert se formó en la Hofmann Culinary School de Barcelona, donde adquirió las bases para empezar este nuevo proyecto.
Una profesión en peligro de extinción
Al reflexionar sobre cómo ha cambiado el oficio, Xisco lo tiene claro: pueden evolucionar los productos o llegar nuevas tecnologías, pero la esencia del día a día del panadero permanece intacta.
“Al apostar por un producto y unos métodos artesanales, seguimos trabajando con tiempos largos y procesos que exigen paciencia”, explica.
Ambos coinciden en que se trata de un trabajo profundamente sacrificado. Los horarios, marcados por madrugadas y jornadas extensas, dificultan la conciliación con la vida personal, y cada vez son menos las personas dispuestas a formarse y dedicarse a este oficio. Uno de los grandes problemas del sector.
Maria lo expresa sin rodeos: es uno de sus mayores miedos. Hoy el obrador sigue siendo un negocio familiar, pero a medida que sus miembros se jubilen, la incertidumbre sobre cómo garantizar su continuidad planea sobre su futuro.
El futuro de un legado
Maria Gelabert encarna el relevo generacional y una nueva etapa en Es Forn de Sa Plaça. Su presencia es la prueba de que hay oficios que no se heredan solo por apellido, sino por convicción, respeto y amor al trabajo bien hecho.
Para ella, darle continuidad al proyecto no es únicamente una decisión profesional, sino un compromiso profundamente personal. Siente la responsabilidad —y también el deseo— de honrar el legado de sus padres y abuelos, dos generaciones que dedicaron su vida a Es Forn, levantándolo a base de esfuerzo, constancia y muchas madrugadas. Mantenerlo abierto es, en cierto modo, una forma de agradecerles todo ese camino recorrido y de darle sentido al suyo propio.
Se muestra prudente cuando habla del futuro, consciente de las dificultades, pero quienes la rodean saben que tiene la fuerza, la formación y la determinación necesarias para encontrar la fórmula que permita que Es Forn de Sa Plaça siga formando parte del día a día del pueblo durante muchos años más.
El valor de lo artesano
En un mundo cada vez más rápido y homogéneo, los hornos tradicionales siguen siendo mucho más que lugares donde se compra pan. Son espacios de encuentro, de conversación cotidiana y de memoria compartida para los vecinos.
Entre sus paredes se transmite la tradición culinaria y se conserva una forma de hacer que ha pasado de generación en generación, una identidad que también se refleja en el pan y los dulces que acompañan nuestras celebraciones. Y tal vez ahí resida su verdadero valor: en ser espacios donde aún podemos reconocernos y contar nuestra historia a través de algo nada baladí: aquello que compartimos alrededor de una mesa.
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