Bodegas con nombre propio: relatos de la Palma auténtica
Originalmente, bodega, del griego apothḗkē y del latín apotheca, hacía referencia a un lugar de almacenaje. Con el paso del tiempo, especialmente a partir de la Edad Media, la palabra fue evolucionando hasta asociarse casi exclusivamente al lugar donde se guardaba y envejecía el vino. Ese doble origen —entre lo que se guardaba y lo que se compartía— explica por qué una bodega es hoy tanto un espacio de conservación del vino como un lugar donde todavía se come, se bebe y se convive alrededor de una mesa.
Lamentablemente, ese todavía, no es baladí.

Octavio Caballero en la Bodega Morey / Ana Martínez
Las ciudades, al igual que las palabras, también evolucionan. Y, donde antes había colmados y botiguetes, restaurantes y bodegas, panaderías, mercerías y pequeño comercio capaz de hablar de la identidad local y de las entrañas de un pueblo, ahora se imponen marcas y franquicias que uniforman los centros urbanos y les arrebatan su esencia.
Palma no escapa a esa tendencia y la urbanalización —término acuñado por el geógrafo Francesc Muñoz para describir la homogeneización de los centros urbanos europeos— parece ya completada.
Sin embargo, aún existen pequeños bastiones que resisten a las grandes corporaciones. Bodegas casi centenarias que hacen de nuestra ciudad, Palma, un sitio aún reconocible, más amable y nuestro. Bodegas regentadas por personas con nombre y apellido, Octavio, Miguel, Patricia o Jaime, que han percibido el cambio en la ciudad que habitan, pero que resisten la embestida.
Bodega Can Morey, el espacio de interior con vistas al mar
A sólo unos segundos de una de las plazas más carismáticas y bonitas de Palma, Santa Eulàlia, está la bodega que regenta Octavio Caballero desde 2020, aunque esas cuatro paredes desconchadas y vividas sean habitantes de la ciudad desde 1955.
La Bodega Morey ha resistido a todas y cada una de las crisis que ha presenciado, que no han sido pocas. Ha visto cómo hace años, no tantos, pero sí muchísimos, cada barrio tenía dos, tres y hasta cuatro bodegas en sus calles. Ahora es una superviviente, una rara avis que hace del centro histórico un sitio con vistas al mar, aunque no se vea desde ninguna ventana.
Dice Octavio, su propietario, que lo que más le llamó la atención al entrar por primera vez fue el respeto por los espacios que habían tenido sus anteriores propietarios. Las paredes, deterioradas, marcadas, llenas de pequeñas cicatrices, cuentan décadas de vida. Nada es un decorado para la foto; todo respira verdad. Y esa verdad se sirve en platos sencillos —albóndigas, ensaladilla, boquerones, sardinas ahumadas, esqueixada, embutidos— que recuerdan que la simplicidad puede ser exquisita.
Todo en la Bodega Morey exuda mar o eso pensó Octavio nada más ver el local: “Todo en la bodega me hizo viajar al puerto”.
En ese espacio tan pequeño como inabarcable conviven en armonía la clientela local, los de siempre —entre ellos un Golden que cada día entra disciplinado a por su galleta—, y esos extranjeros con sensibilidad, que no entran por casualidad, sino porque buscan lo auténtico.
Le preguntamos a Octavio, auténtico patrón de este buque, qué pediría en su propia bodega si sólo pudiera elegir un plato y una bebida. No lo duda ni un segundo, bueno, quizás un segundo sí: dice un vermut y se corrige para decantarse por un vino blanco de Can Vidalet; para la comida, ni pestañea: unas albóndigas. Las probamos y entendemos la contundencia, desde luego.
Entrar en la Bodega Morey es sentir que la ciudad, por un momento, vuelve a ser real y no un decorado.

Octavio Caballero en la Bodega Morey / Ana Martínez
Bodega Can Rigo, historia de la calle Sant Feliu
En una calle cada vez más tomada por galerías de arte y negocios de nombre extranjero, Bodega Can Rigo resiste como uno de los últimos testimonios vivos de la Palma de siempre. Fundada en 1949 por Joan Rigo, hoy es el nieto, Jaime Rigo, quien continúa al frente del negocio familiar. Nos recibe su mujer, Patricia Levy, que habla del local con la familiaridad de quien forma parte de su historia desde dentro.
Cuando abrió, Jaime III aún no era la calle principal y buena parte del movimiento de la ciudad pasaba por Sant Feliu, entonces una vía clave del centro. En ese contexto nació Can Rigo: una bodega de vino a granel que servía tapas caseras —pica pica, calamares, albóndigas— y que pronto se convirtió en un lugar de encuentro cotidiano para vecinos, comerciantes y trabajadores de la zona.
Hoy, el local ha evolucionado sin perder su esencia. Sirven desayunos y bocadillos por las mañanas, manteniendo esa tradición de ser un punto de parada habitual en la rutina del barrio. Y al mediodía recuperan su alma de taberna con una carta de tapas clásicas: albóndigas, pulpo a la gallega, ensaladilla rusa, tortillas de patatas y unas tablas de embutidos que se han convertido en un imprescindible. Además, es un lugar perfecto para tomar un buen vino y sentirse a gusto, ya sea solo, en pareja o con amigos.
Su clientela es tan diversa como fiel: vecinos, clientes recurrentes y también turistas, algunos recomendados, otros atraídos simplemente por el encanto del local. Patricia nos cuenta que a veces se acercan clientes diciendo: “Yo venía aquí de pequeño con mis abuelos”. Para ella, esos momentos son especialmente emotivos: “Es muy bonito”, confiesa, porque recuerdan que Can Rigo forma parte de la memoria sentimental de muchas familias.
La estructura del local conserva las imperfecciones encantadoras de otra época, una decisión consciente para mantener intacta su autenticidad. “Queremos ser un bar amable, un lugar donde sentirse en casa”, explica Patricia. Y lo logran.
En pleno corazón de la ciudad, Bodega Can Rigo permanece como otro reducto de lo auténtico, un espacio donde la tradición y la cercanía siguen siendo la mejor manera de resistir al paso del tiempo.

Interior Bodega Can Rigo / Ana Martínez
Bodega La Rambla, tres generaciones con un mismo espíritu
A Miguel García Pérez le tocó jugar el partido más difícil antes de tiempo: suplir el hueco que dejaba su madre, Jero Pérez, al frente de la Bodega La Rambla, su carisma, su calidez, sus estándares de calidad y su relación estrecha, íntima y de ida y vuelta con los clientes.
Miguel, que hace cuatro años que luce los galones de ser la tercera generación Pérez al frente de uno de los lugares más emblemáticos de Palma, no defraudó. Entrar en la Bodega La Rambla de Miguel es entrar en la de Jero, su madre, y en la de Roberto, su abuelo, que hizo de las tapas y el variado un arte. Llevan en la sangre la vocación, el trabajo y la amabilidad. Tres generaciones y una misma preocupación: hacer de la calidez y el buen servicio su bandera. Y lo consiguieron, vaya si lo consiguieron.
Nos han visto nacer, crecer, morir y volver a empezar con las nuevas generaciones. Han visto a la ciudad cambiar, mutar, perderse y encontrarse. Y, durante 46 años, vieron la vida desde el número 15 de La Rambla; ahora, desde hace 10, lo hacen desde el número 6 de Via Roma.
«Aquel cambio nos perjudicó. La bodega llevaba 75 años en la misma ubicación. Nos sentimos totalmente desprotegidos. No quisieron renovarnos el contrato y, de repente, la bodega ya no estaba donde siempre».
Jero, que sabía dónde se escondía el alma, el corazón y las entrañas de su negocio, replicó la esencia en un local más amplio, pero igual de auténtico: los trastos colgando del techo, como nos dijo Miguel, la iluminación, la privacidad y los buenos alimentos siguen presentes en una bodega que, aunque octogenaria, se mueve con los tiempos modernos.
Le preguntamos a Miguel qué no puede perderse alguien que entra en sus dominios. No duda ni un segundo: un variado pequeño de la casa. Es casi una declaración de intenciones, porque en esa barra cabe todo lo que han sido siempre: sabor, oficio y cariño.
Hace 30 años, cuando Jero sintió que le llegaba el momento de sustituir a su padre, dijo: «regentar la bodega tras mi padre me asustó, porque él era su alma y yo una sombra».
Hoy sabemos que Jero tuvo mucho más de luz que de sombra. Y a día de hoy, Miguel, ya hace méritos para seguir la estela que le marcaron los suyos y hacer así más fuerte la leyenda.

Exterior Bodega La Rambla / Ana Martínez
Otras bodegas que no te puedes perder:
Bodega Bellver (Palma, fundada en 1920)
Un siglo de llonguets, vinos y autenticidad. Nacida como licorería y tienda de vinos a granel, Bodega Bellver vivió el boom turístico de los 60 y se convirtió, en los 70, en un lugar emblemático donde tomar llonguets. Desde 2014, Cliff Amengual y Pep Rotger mantienen viva su esencia: han renovado lo justo, ampliado la oferta y preservado ese ambiente que “hace bodega”. Con fotos históricas, sifones mallorquines y una cuidada selección de vinos —especialmente locales—, Bellver sigue siendo un viaje en el tiempo en pleno corazón de Palma.
Bodega San Antonio (Palma, fundada en los años 40)
Un rincón histórico de la Plaza Sant Antoni donde la tradición sigue viva. Mariana y Jose mantienen intacta su esencia: un espacio familiar, luminoso y acogedor, famoso por un pulpo a feira y unos torreznos que han conquistado a locales y visitantes. Con una carta breve pero cuidada, ingredientes frescos y un servicio cercano, la bodega conserva ese aire de casa de barrio que la hace especial.
Su terraza, su ambiente clásico y una valoración sobresaliente la consolidan como un pequeño viaje gastronómico a la Palma de siempre.
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