Entrevista
María Company: el relevo que asegura el futuro del campo mallorquín
En Can Company la tercera generación toma el timón con una mezcla de respeto por la tradición y ambición por llevar el producto local más lejos.

María Company / Can Company
Decenas de sobrasadas, pultrús y bisbes decoran todas y cada una de las paredes del secadero donde nos recibe María. Cuelgan del techo y paredes convirtiendo esa sala en una especie de museo gastronómico con acceso para unos pocos afortunados. A pesar del frío, entre 12 y 14 grados para conseguir una calidad óptima en el secado, el olor es lo que más impresiona: huele a tap de cortí, a carne, a tradición y a raíces. Huele a Mallorca.
María Company, tercera generación al frente de la empresa que lleva su apellido y sus valores, Can Company, representa a una nueva ola de mujeres que han hecho del campo y la agricultura su profesión y su pasión.
Joven y preparada, con ganas y con una ventaja evidente: María lleva el campo dentro. Antes que ella, sus padres; antes que ellos, sus abuelos. Por eso, trabaja con la prudencia de quien sabe que hereda algo valioso y, al mismo tiempo, con la ambición de quien quiere elevar esa tradición un paso más allá.
María, que no habla sólo por ella, sino en nombre de toda una estirpe, ha hecho de la calma y la paciencia su sello. Esperó diez años para asumir, junto a su primo Pere Antoni, tareas de dirección de una empresa que ha llevado la sobrasada más allá del Mediterráneo pero, sobre todo, una marca que se ha convertido en garantía de calidad por su defensa de las razas autóctonas. En Can Company, tradición e innovación conviven sin fricciones: productos singulares y arriesgados, como extraer el ànima de sobrasada para servirla con una pipeta, pero sin perder de vista la esencia del campo, sus ritmos y su cadencia.
Y mientras conversa, ligera y cercana, María vuelve una y otra vez a sus abuelos: la prueba de que el futuro del campo está en unas manos que honran su origen.
Empecemos por tu vínculo con el campo. ¿Cuál es tu primer recuerdo relacionado con esta vida?
De muy pequeña. Tengo recuerdos de cuando tenía 3 o 4 años preparando alcaparras con mis abuelos para envinagrarlas, yendo a cosechar con mis primos, aprendiendo a conducir el tractor cuando fui un poco mayor o haciendo las matanzas cada año.
De mi abuela aprendí muchas cosas, pero una de las más importantes fue hacer una sobrasada desde cero: me enseñó a coserla, atarla y curarla
¿Cuándo te diste cuenta de que no era del todo común tener una familia agricultora?
Supongo que cuando empiezas a hacerte mayor y en el colegio oyes: “mi padre es abogado”, “el mío es constructor”… y yo decía: “pues el mío es agricultor”. Lo decía con mucha honra, pero te das cuenta de que no es lo común.
¿Crees que ha cambiado la percepción social del agricultor?
Sí, pero sigue siendo una profesión muy poco valorada. Después de la posguerra los agricultores eran esenciales para alimentar a la población, pero con el tiempo se ha perdido esa consideración. Sin agricultores no tenemos leche, queso, carne ni el campo cuidado. Hace falta poner más en valor este trabajo.
¿Qué papel tuvieron tus abuelos y tus padres en tu manera de entender el campo?
Ellos me han enseñado a cuidar el entorno, los animales y el medio ambiente. Y de mi abuela me quedo con la humildad, la paciencia, el sentido común y hacer las cosas con amor. Ella me enseñó a hacer una sobrasada desde cero: coserla, atarla, curarla… Mi abuelo, con 95 años, sigue yendo al campo y trabajando en la granja de maternidad. Ese ejemplo te marca.
¿En qué momento decides incorporarte al negocio familiar?
Hace unos 10 años. Yo estudié Marketing y Publicidad y trabajé en otras empresas. Pero cuando mi padrino me llamó para contarme que iban a trasladar la fábrica a Inca lo vi claro. Fue una decisión más de corazón que de cabeza, y no me he arrepentido ni un solo día.
¿Qué retos supuso entrar en una empresa donde conviven tradición y modernidad?
Es un equilibrio delicado. Por un lado, mantener la manera de trabajar de mis abuelos, mis padres y mis tíos; por otro, introducir innovación y nuevas líneas de negocio. Se hace despacio, respetando la tradición, pero aprovechando lo que ofrece el mundo actual.
¿Cuál ha sido el mayor reto al que te has enfrentado?
Hace año y medio propuse poner en marcha la primera food truck de Can Company y, aunque al principio costó un poco, ha sido una apuesta que ha funcionado y ahora ya tenemos dos. Queríamos acercar nuestras hamburguesas —de cerdo negro, ternera mallorquina— a conciertos, ferias o eventos. No tenemos restaurante propio, así que la food truck es una manera de acercar nuestro producto a la gente.
Estás siempre al pie del cañón en la food truck. ¿Por qué?
Porque es como mi hijo mimado. Cuando arrancas una línea de negocio nueva tienes que estar presente. No solo para aprender cómo funciona, sino para ser la referencia del equipo y saludar a quien venga. Si quieres que las cosas salgan bien, tienes que estar ahí.
Can Company ha logrado que la sobrasada mallorquina llegue a toda España. ¿Cómo lo habéis conseguido?
Ha sido un trabajo de muchos años de Javier Irazusta (gerente) y Xesc Reina (maestro charcutero). Y también gracias a las visitas a la finca: la gente ve cómo trabajamos, entiende el proceso y luego prueba el producto. Eso genera mucha confianza.
¿Cómo se valora la sobrasada fuera de Mallorca?
En muchísimas casas hay matanzas de noviembre a enero por lo que casi todo el mundo tiene acceso a una buena sobrasada casera. Igual no propia pero sí de un vecino, un tío, un amigo, pero fuera no es así, por eso la valoran más. Durante muchos años era prácticamente imposible comer una buena sobrasada fuera de las islas. Ahora, gracias a la venta online —que impulsamos durante la pandemia—, cualquiera puede pedir una sobrasada de porc negre desde Madrid, Segovia o donde sea.
Hablemos del papel de la mujer en el sector agrícola. ¿Cómo lo ves?
Hace 60 años no era habitual que una mujer fuera propietaria de una explotación. Yo siempre he visto a mi abuela detrás de mi abuelo, porque era lo normal en esa época. Hoy cada vez hay más mujeres al frente de empresas agrícolas y agroalimentarias. Aportamos un punto de vista diferente, más empatía quizá.
¿Qué falta para que haya más mujeres en el sector?
Ayudas reales para conciliar. Yo he sido madre de dos hijos y cuando están enfermos o cuando vuelves después de la maternidad todo se complica si eres autónoma. Si hubiera más apoyo social habría más mujeres en el campo.
¿Es todavía un sector mayoritariamente masculino?
Sí. Sobre todo en el trabajo directo en el campo y la ganadería. En veterinaria, por ejemplo, sí se ve más presencia femenina, pero en general sigue siendo un entorno muy masculinizado.
¿Cómo ves la situación actual del sector? ¿Qué amenazas o carencias detectas?
Como dijo un comisario europeo: “no hay ecología sin economía”. No puede haber agricultura verde con números rojos. Los agricultores asumimos riesgos constantes: sequías, inundaciones, enfermedades en el ganado… Las leyes se hacen desde los despachos, pero falta tener en cuenta la realidad del campo.
¿Crees que el sector recibe suficiente apoyo?
Las ayudas existen, pero no siempre son suficientes ni llegan cuando deben. Cuando un agricultor pide ayuda es porque ya no puede más. Y es un sector importante, que no deberíamos permitirnos ahogar.
¿Qué proyectos tienes ahora entre manos?
Estamos construyendo una fábrica nueva en Maria de la Salut y me hace muchísima ilusión. Tendremos sala de degustaciones, podremos hacer visitas, enseñar cómo trabajamos y que la gente pruebe nuestros embutidos. Es un proyecto muy especial.
Tienes dos hijos. ¿Cómo te gustaría que fuera el legado familiar?
Lo tienen muy interiorizado. Les encanta venir a la fábrica, ponerse el uniforme y participar. Me gustaría que fueran la cuarta generación, junto con los hijos de mis primos. Soy consciente de que es difícil: es un trabajo muy sacrificado, que no te hace rico, y que solo puedes hacer con pasión.
Ojalá sigan el corazón como lo hice yo, pero será una cosa que les tocará decidir a ellos en su momento.
EN CORTO
Si María sale a cenar, ¿dónde va?
Me gusta salir a cenar más que a comer, porque a mediodía casi nunca tengo tiempo. Suelo ir a sitios cercanos: Maca de Castro, Andreu Genestra, y El Bandarra, que me encanta.
¿Qué podrías comer a diario?
Pan con sobrasada… o el gunkan del Bandarra. Es espectacular: un sushi con atún marinado que hace Igor.
¿Tu desayuno perfecto?
No desayuno. Solo tomo un café con leche.
¿Mejor viaje gastronómico que has hecho?
En Menorca, en Fornells, comí un arroz de langosta increíble hace años y todavía lo recuerdo.
¿Y uno que tengas pendiente?
Un viaje por el norte de España. Lo tengo en mi lista desde hace tiempo.
¿Con quién te gustaría compartir mantel?
Con Jaume Anglada, con El Casta y con Tomeu Penya. Me reiría muchísimo.
Ingrediente más infravalorado.
El tap de cortí. Es un pimentón autóctono de Mallorca y mucha gente ni sabe que existe.
Si te invitan a una casa a cenar, ¿qué llevas?
Sobrasada, claro. Y últimamente llevo también la cerveza que hacemos nosotros: 100% mallorquina, con nuestro propio trigo.
Si no te dedicases a lo que haces, ¿a qué te dedicarías?
Estaría en un departamento de marketing o relaciones públicas de cualquier empresa.
Tu idea de la felicidad.
Familia, amigos y una puesta de sol.
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