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EI

El secuestro como arma de destrucción íntima y masiva

La toma de periodistas como rehenes ha sido un arma propagandística del Estado Islámico y organizaciones afines, con efectos semejantes a una bomba de racimo: inocular el miedo entre los reporteros y las empresas periodísticas

 “Aquel que conoció el suplicio de verse asaltado por las Furias en cualquier lugar puede dar las gracias sólo por vivir”. Rafael Cadenas, 'Obra entera'

 Fueron dos tríos sucesivos, aunque el primero se formó en la propia prisión del Estado Islámico. A comienzos de septiembre de 2013 fue secuestrado en Siria Marc Marginedas, enviado especial de El Periódico de Catalunya, del grupo Prensa Ibérica. Doce días después, el fotógrafo freelance Ricardo García Vilanova, y Javier Espinosa, reportero del diario El Mundo, que viajaban juntos. Los tres muy experimentados en conflictos, y muy cautelosos a la hora de tomar decisiones arriesgadas. Fueron liberados al cabo de seis meses atroces. Dos años después, también en Siria, en las cercanías de Alepo, fueron secuestrados por Al Qaeda tres periodistas freelance, que trabajaban para distintos medios y viajaban juntos: Antonio Pampliega, Ángel Sastre y José Manuel López. Pasaron un año en penoso cautiverio.

 Del mismo modo que en las facultades de periodismo no se enseña el coste de asomarse al espanto y al dolor de los demás (y que perder la capacidad de compadecerte del dolor ajeno te incapacita para informar decentemente), una asignatura que no se imparte a quienes sueñan convertirse en reporteros de guerra es cómo sobrevivir física y psíquicamente a un secuestro. Los seis periodistas fueron liberados después de laboriosas negociaciones que el Gobierno español, con extrema discreción, estableció con intermediarios hasta persuadir, financieramente, a los secuestradores de que los pusieran en libertad.

'Negociar con el diablo'

Es muy recomendable el libro que Javier Espinosa escribió con su compañera Mónica García Prieto 'Siria, el país de las almas rotas' y sobre todo lo que en el último capítulo (Negociar con el diablo) ella cuenta para que se conociera el secuestro y los captores se avinieran a negociar: “Desde el mismo día de la desaparición, mi vida quedó engullida por miedos e incertidumbres”, y añade: “En pro de mi salud mental, me negaba a ser víctima y a comportarme como tal: haberlo hecho nos habría debilitado a mí y a mis propios hijos, que necesitaban un ejemplo de normalidad para evitar quedar marcados para siempre por el secuestro de su padre. Y si algo tenía era herramientas para abordar algo así. Opté por convertir la situación en mi mejor investigación periodística, la mejor cobertura imaginable, una excusa para entrevistar a cualquiera que pudiese tener contacto, mínimo o máximo, con el movimiento más opaco del mundo y con su secreto mejor guardado, el universo de los secuestrados”.

Frente a países como Estados Unidos y Reino Unido, que se niegan a negociar con terroristas (salvo que haya razones de Estado, en cuyo caso nada trascenderá), países como España estiman que entre la vida de seis compatriotas (que han corrido además el riesgo de asomarse al horror para contarlo) y fondos que pueden acabar alimentando la maquinaria de un engendro como el Estado Islámico el dilema político y moral es asumir la decisión menos mala, y salve a seres concretos. Poner cara, biografía, es la mejor manera de ayudar al ciudadano a ponerse en el lugar del otro. Algo que no siempre hacemos bien los periodistas.

 El secuestro ha sido un arma propagandística del Estado Islámico y organizaciones afines, con efectos semejantes a una bomba de racimo: no solo difunde el miedo entre los periodistas (y entre las empresas, que prefieren no correr riesgos y optan a menudo por servirse, con menos gasto y ningún compromiso en caso de accidente, muerte o secuestro, de 'freelances'), con lo que quedan en sombra sus fechorías y los desastres de la guerra, sino que además obtienen pingües beneficios económicos. Por no hablar de la capacidad reclutadora de la crueldad entre descerebrados y cautivos del mundo mesiánico y maniqueo, por eso se han servido de rehenes anglosajones para someterlos a juicios farsa, y ejecutado ante las cámaras para regocijo de sus más cerriles partidarios, con puestas en escena impecables desde el punto de vista técnico e inmorales desde el punto de vista del contenido.

Fuera del mapa informativo

La consecuencia de esta estrategia del terror es que hace mucho tiempo que Siria ha desaparecido del mapa informativo, es tan solo un rumor de fondo, del que en raras ocasiones llegan episodios inconexos. La dinámica que suele adoptar la cobertura de la actualidad (ahora enfocada en Ucrania, aunque empieza a languidecer) parece alimentada por la estética de la sociedad del espectáculo, de un consumo de eventos sin lógica ni explicación, que convierte al ciudadano en espectador inerme de hechos inexplicables que no atizan la conciencia, sino que la anestesian. Acaban inoculando dos virus conexos: todo va a peor, es incomprensible, y no hay nada que yo pueda hacer. Informarse cuesta, como decía Ignacio Ramonet, implica querer saber en qué mundo estamos y cuáles son las consecuencias de nuestros actos, de nuestras políticas y de nuestras omisiones.

 Ningún ser humano es una isla. Pero tenemos miedo. Sin los periódicos, sin la buena prensa, sin reporteros que se la jueguen por nosotros, que nos ayuden a ponernos en el lugar del otro, estamos perdidos. Nuestra vida será menos valiosa, menos digna de ser vivida.

“El gran olvido se afianza. Tu voz se pierde, pues quienes van a ti llevan las manos llenas. ¿Qué buscan ellos entre estas letras? Festejan tus versos cuando tú sólo querías ser oído como un viviente, como alguien que ha vuelto a casa, como quien puede reconducir a otro comienzo”. Rafael Cadenas ,'Obra entera'.

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