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Crónica desde París

El cementerio de los nobles guillotinados

En el desconcido Picpus yacen los cuerpos de más de 1.300 personas ejecutadas en el verano de 1794

Cementerio Picpus. Enric Bonet

Con el avance del otoño y la llegada de Todos los Santos, una visita ineludible en París es la de sus cementerios. La capital francesa supura historia por todos lados y aún más sus lugares fúnebres. Resultan más que conocidos el monumental de Père Lachaise —con las tumbas de Molière, Balzac, Proust, Jim Morrison...— o el de Montparnasse, donde yacen Baudelaire, Cortázar o Simone de Beauvoir, entre otros personajes célebres. Pero también hay otros, incluso desconocidos por la mayoría de los franceses, que reflejan momentos históricos clave. 

Es el caso de Picpus, el único cementerio de los guillotinados durante la Revolución Francesa (1789-1794) que se puede visitar en la capital. Situado en el número 35 de la calle Picpus, cerca de la Plaza de la Nación (este de París), este escondido lugar alberga los cuerpos de más de 1.300 personas ejecutadas —197 mujeres— entre el 14 de junio y el 27 de julio de 1794, uno de los periodos en que la guillotina funcionó a todo trapo durante la convulsa Revolución. 

¿De quién es la tumba más famosa? Del marqués de Lafayette, general destacado durante la Revolución Americana y miembro de la facción de los girondinos (republicanos moderados). Curiosamente, Lafayette sobrevivió al periodo revolucionario y su cadáver reposa allí al formar parte de la familia de una de las guillotinadas. 

Más de 2.490 guillotinados en París

Para visitar Picpus, uno se adentra por una puerta de madera de un austero edificio situado en medio de vetustos bloques de oficinas. Primero, ve una pequeña iglesia de estilo clásico. Era el convento de las monjas canónigas de San Agustín, expulsadas de ese lugar en 1792 y detrás del cual se excavaron dos de las fosas de los ejecutados durante la Revolución. 

Entrada al cementerio Picpus. Enric Bonet

Un total de 2.498 personas fueron guillotinadas en París durante la Revolución. La guillotina, que 'humanizó' la pena de muerte reduciéndola a un solo tajo rápido, se encontraba en siete lugares en la capital. Pero los más importantes eran tres: la plaza de la Revolución, rebautizada Concordia décadas más tarde tras siete cambios de nombre, la plaza de la Bastilla y la plaza del Trono Derrocado, actualmente una pequeña plaza al lado de Nación. Cada uno de ellos contó con sus respectivas fosas comunes.

A los guillotinados en la plaza del Trono Derrocado los enterraron en Picpus. Para llegar a sus fosas comunes, uno se pasea por un camino de tierra y hojas caídas. Antes de llegar a la entrada del cementerio, le dan bienvenida al visitante un grupo de gallinas, reflejo de la moda actual por los huertos urbanos. Cuatro hileras y menos de un centenar de tumbas componen la parte convencional del cementerio. En el fondo, una puerta con reja azul separa al visitante del lugar que justifica el pago de los módicos dos euros de la entrada. Allí, delante de dos lápidas de piedras coronadas por una cruz, hay dos placas en que se indica la existencia de la fosa número 1 y la fosa número 2.

Cementerio de la nobleza

Allí enterraron a los 1.306 guillotinados en la plaza del Trono Derrocado. Entre ellos se encuentran miembros de la alta aristocracia de la época, como de la familia Rochefoucuald, Montalembert, Montmorency, Noailles o Grimaldi. Pero también hay personalidades sin títulos nobiliarios, como André Chénier —el poeta inmortalizado en la ópera de Giordano—, el primer marido de Josefina (luego esposa de Napoleón) o Leonard, el peluquero de María Antonieta. Testimonios de la época explican que los enterraban desnudos, boca abajo y en grupos de 10 o 12. Por este motivo, no los sacaron de la fosa.

La princesa sajona Amélie de Hohenzollern-Sigmaringen, cuyo hermano había sido enterrado allí, adquirió esos terrenos en 1797. Desde entonces, se convirtió en un peculiar cementerio —uno de los pocos de París de carácter privado— destinado básicamente a los familiares de los nobles guillotinados. En la parte convencional, se suceden pequeños mausoleos, desgastadísimas tumbas de principios del siglo XIX y otras con material brillante del siglo XXI. Apellidos compuestos aparecen inscritos en la mayoría de ellas.

Es un lugar desconocido para muchos parisinos. Hasta el punto que este periodista solo coincidió con tres visitantes durante la visita de más de dos horas que hizo una tarde de octubre. Además de las fosas, la otra atracción es la tumba de La Fayette, bajo una bandera estadounidense que ondea sobre ella y que jamás fue arreada, ni siquiera durante el periodo de la ocupación nazi. Las monedas de un dólar y las numerosas insignias metálicas encima de esta sepultura dan a este lugar un aire parecido al de los numerosos cementerios de la costa este de Estados Unidos, donde se venera a los héroes de la Revolución Americana.

Tumba de Lafayette en el cementerio Picpus. Enric Bonet

Resulta significativo constatar cómo, mientras que los restos de Lafayette se conservan con todos los honores, los de otras figuras más radicales de la Revolución, como los de los jacobinos (o montagnardsRobespierre, Saint-Just o Danton, se encuentran en paradero desconocido. Todos ellos también fueron guillotinados y los enterraron en la fosa común más importante del París revolucionario, la de los Errancis. El único rastro que queda de ella es una placa, situada al lado de una panadería, en uno de los barrios más elegantes de la capital. Todo un reflejo de la difícil digestión por parte del relato oficial francés de su legado revolucionario.

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