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Diario de Mallorca

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Guerra en Ucrania

Las bombas de Putin unen las dos almas de Ucrania

El Ejercito ruso castiga sin clemencia las regiones donde más afinidad hacia Moscú existía y borra la fractura este-oeste que ha marcado la vida política ucraniana

Bombardeo este sábado sobre la ciudad de Leópolis. Reuters

Las bulliciosas calles de Leópolis, la más monumental de las ciudades ucranianas, se vaciaron el sábado por la tarde. Un ataque con misiles golpeó los barrios periféricos de la ciudad levantando una nube negra sobre el horizonte. “Quédense en los refugios. No anden por la calle. No tomen fotos de nada. No lean información de canales anónimos de Telegram y no la difundan desde allí”, pidió alarmado el gobernador de la ciudad. Las primeras informaciones apuntaban a que la salva se dirigió contra una zona industrial donde se almacena combustible. Las alarmas antiaéreas, ignoradas mayoritariamente hasta entonces en Leópiolis, cobraron una nueva dimensión. Fue el primer ataque contra este diamante arquitectónico del occidente del país, una de las cunas del nacionalismo ucraniano, situada a tan solo 90 kilómetros de la frontera polaca.

Puede que el ataque –que dejó al menos cinco heridos-- fuera solo un mensaje envenenado de bienvenida al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, que a esas mismas horas visitaba a refugiados ucranianos en Varsovia. O puede que fuera un giro en la estrategia de Vladimir Putin, que está viendo como su brutal ofensiva se atasca para dejar paso a una guerra de desgaste. Porque hasta ahora, con contadas excepciones, todos los esfuerzos de sus militares se han centrado en las regiones del este, el sur y el norte del país. Las más cercanas a sus fronteras, pero también las más rusófilas del país. Es una de las paradojas de esta contienda. Putin está arrasando las ciudades donde más ruso se habla y más estrechos son los vínculos culturales con la patria de Tolstoi y Dostoyevski.

La identidad ucraniana fue hasta hace poco un proyecto en construcción. No porque no existiera, sino porque esta vieja nación absorbida a retazos por numerosos imperios y nunca independiente hasta 1991 ha vivido siempre a caballo de dos mundos, el occidente europeo y el oriente ruso. Dos almas muy visibles hasta hace poco en sus mapas electorales. El este y el sur del país votaban mayoritariamente por los candidatos prorusos; el oeste y el norte, por sus pares prooccidentales. “Hasta las elecciones del 2014 el país estuvo casi exactamente dividido a la altura del río Dniéper. Pero todo empezó a cambiar aquel mismo año con la anexión rusa de Crimea y la guerra del Donbás, que ayudaron a forjar una identidad nacional ucraniana”, asegura la investigadora del Real Instituto Elcano, Mira Milosevich-Juaristi.

A dentelladas

La historia ayuda a explicar esas dos sensibilidades que pugnaron políticamente por el control del país hasta que Putin empezara a comérselo a dentelladas en 2014. “La parte occidental, desde el río Dniéper hasta Polonia, perteneció al imperio astro-húngaro. Y, más tarde, la región de Leópolis fue polaca hasta que Stalin se la anexionó durante la Segunda Guerra Mundial”, afirma la especialista en el mundo postsoviético. “El este, en cambio, una parte perteneció al imperio zarista y otra fue adjudicada a Ucrania por los bolcheviques”.

Hoy Ucrania es una ensalada étnica, donde los ucranianos representan cerca del 70% de la población. Los rusos son la principal minoría, cerca del 17% de sus habitantes, pero hay otras como los polacos, bielorrusos, tártaros, rumanos, gitanos o húngaros. Y aunque Putin lanzara esta guerra con el pretexto declarado de proteger a la población rusa y rusoparlante del Donbás, ni la lengua ni el origen étnico han sido una gran preocupación para los ucranianos desde la independencia.

La socióloga Alona Liasheva es una de los millones de ucranianos bilingües. “Fui a un colegio ruso y luego a un colegio ucraniano. Parte de mi familia habla una lengua y otra parte la otra”, dice en una cafetería de Leópolis. “Es cierto que las diferencias lingüísticas y culturales han sido a veces instrumentalizadas por algunos políticos para ganar votos, pero durante mucho tiempo no le ha importado a nadie la lengua que hablaras”. Liasheva explica que el predicamento en el este y el sur de los candidatos prorrusos no solo se sustentó sobre afinidades culturales, sino también por un discurso que incidía en inquietudes propias de la región. “Hablaban de pensiones o derechos laborales, cuestiones importantes en esas regiones tan industriales”.

Redes de camuflaje

El director de la Biblioteca Nacional de Leópolis, Vasyl Kmet, cree que la inclinación prorrusa en el este del país no residía tanto en las simpatías que Rusia generaba, sino en la nostalgia por la Unión Soviética. “Mucha gente allí no recuerda el terror y la crueldad de aquellos años y ha acabado idealizando la época soviética”, asegura desde su despacho. En el sótano del hall se tejen redes de camuflaje para la resistencia ucraniana en esta guerra. “A eso hay que añadir que, a partir de los años cuarenta del siglo pasado, después de la hambruna de Stalin, se transfirió a mucha población rusa a las zonas industriales del oriente del país”.  

Pero la línea invisible entre las dos Ucranias ha ido borrándose a marchas forzadas desde 2014 con los grandes acontecimientos que han sacudido al país. Empezando por la revolución del Maidan y siguiendo con la anexión rusa de Crimea y el levantamiento separatista en el Donbás, respaldado desde Moscú. En las primeras elecciones celebradas desde entonces, Volodímir Zelinski ganó en 2019 con más del 70% de los votos, un apoyo que no había obtenido ninguno de sus predecesores, que ganaron por mayorías estrechas y casi siempre marcadas por la fractura este-oeste, Rusia-Occidente.

Ahora esta guerra ha acabado de destruir las sensibilidades prorrusas de parte de la población ucraniana. Y es que Putin está martirizando sus grandes bastiones. Desde Mariúpol a Jersón, desde Járkov a Melitópol. “Putin capturó Crimea sin ninguna resistencia. Desde entonces le han hecho creer que podría tomar el este con semejante facilidad. Pensaba que la gente le recibiría con los brazos abiertos”, dice Kmet, el director de la Biblioteca Nacional.

Cuesta entender aun así porque está tratando con tanta crueldad a las regiones más afín a la cultura rusa. “Cuando vio la feroz resistencia de los ucranianos del este, pasó a comportarse con la rabia de un animal herido”, opina Kmet. “Todo esto ha servido para destruir definitivamente el mito ruso, pero se está haciendo a costa de ríos de sangre ucraniana”.

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