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Diario de Mallorca

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Crisis en Ucrania

China espera de Ucrania el desgaste de Washington y mayor acercamiento de Moscú

Pekín y Moscú comparten intereses frente a Washington pero entre ellos reina la desconfianza

Vladimir Putin y Xi Jinping durante una videoconferencia.

China le inquieta que una guerra le robe los focos durante sus inminentes Juegos Olímpicos. Atiende al conflicto ucraniano, por lo demás, con la tranquilidad del que no se juega nada, sin riesgo de salpicaduras y con el desgaste estadounidense y el fortalecimiento de los lazos con Rusia como lucros.

De estallar la guerra, es improbable que coincida con el evento olímpico. Sería una descortesía de Vladimir Putin a Xi Jinping. Los favores entre amigos se sobreentienden así que sonó creíble el reciente desmentido chino a las informaciones periodísticas que aseguraban que Xi le había pedido por teléfono a Putin que retrasara la invasión de Ucrania.

De China no se espera más que contemple el conflicto desde el asiento trasero. Su diplomacia, frente a un contexto global polarizado y fragoroso, ha subrayado su principio de no injerencia en asuntos internos y recomendado el diálogo a las partes para solucionar las diferencias entre otras manidas banalidades. Sus apegos han quedado más claros en la charla que han mantenido hoy Wang Yi, ministro de Exteriores chino, y su homólogo estadounidense, Antony Blinken. Wang le ha animado a jubilar la mentalidad de la guerra fría, a tomarse en serio las reclamaciones rusas y a dejar de justificar la expansión militar en nombre de la seguridad propia.

 Actitud de espectador

“China está a la expectativa y no cambiará su actitud neutral aunque es indudable que es más comprensiva con Moscú. Esa afinidad es por ahora una frontera indefinida. Rusia mostrará su cercanía a China en los Juegos y esta podría corresponderla, quizá con declaraciones de apoyo o algún gesto político, pero está claro que en el ámbito militar no quiere saber nada”, asegura Xulio Ríos, director del Observatorio de Política China.

El incendio ucraniano ha desviado la atención estadounidense hacia Rusia y proporcionado un respiro a China cuando Biden perseveraba en la hostilidad de Trump. La pulsión belicista de Washington da treguas periódicas a Pekín, que disfrutó de una década de sosiego tras los ataques del 11-S. El exuberante auge chino es explicado por muchos analistas por aquel periodo en el que Estados Unidos se enredó en Oriente Medio y desatendió asuntos más capitales. 

Ucrania también mide el compromiso internacional de Biden tras la atropellada y caótica huida de las tropas estadounidenses de Afganistán. La amenaza a la intervención militar sobre Rusia no difiere demasiado de las que escucha Pekín en asuntos como Taiwán y el Mar del Sur de China. Consiste en que China y el resto del mundo descubran si Biden es lo que Mao llamaba un tigre de papel.

Una relación compleja

Las relaciones sinorusas nunca han sido mejores, repiten las dos partes. La delegación rusa de 500 personas a los Juegos Olímpicos de Pekín compensará los boicots de Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Australia. Es seguro que Xi y Putin enfatizarán su “vieja amistad” y prometerán fortalecer su colaboración.

Su comercio bilateral encadena récords: rozó los 150 mil millones de dólares en 2021 tras un aumento anual del 35 % y planean alcanzar los 200.'000 millones en 2024. La geopolítica ha engrasado los intercambios en general y el suministro de gas en particular. La firma del contrato se retrasó durante años de regateos hasta que China temió que Estados Unidos interrumpiera sus líneas navales y Rusia vio comprometido su negocio en Europa. Ucrania devuelve el escenario porque las “severas sanciones” que airea Occidente impulsarían sin remedio a Rusia hacia China. No es una salida idílica para Moscú, inquieta por la progresiva dependencia económica de Pekín, pero es la única.

La desconfianza ha abundado entre Moscú y Pekín en la historia moderna. Rusia se anexionó territorios chinos en 1860, ambas se enfrascaron en una intensa guerra fronteriza en 1969 y Moscú apoyó una década después a Hanoi en la guerra sinovietnamita. El subsuelo pequinés es un queso de gruyere por los túneles antinucleares que Mao ordenó construir cuando la guerra total parecía inminente. Rusia mira con aprensión ahora el aluvión migratorio chino hacia las vastas y despobladas zonas de Siberia y la creciente huella de Pekín en las repúblicas exsoviéticas del Asia Central.

“China ha demostrado en los últimos 20 años que es consciente de que el Asia Central es un área de influencia rusa y se ha movido con cautela, primando siempre las estrategias económicas. Con Rusia ha funcionado lo que con Estados Unidos ha sido imposible: dialogar y construir a pesar de los recelos históricos. China lo intentó con Washington en América Latina, aclarando que sólo buscaba el comercio, pero fue imposible”, recuerda Ríos.

La historia sienta los desencuentros y hoy persisten los intereses opuestos de dos imperios en áreas comunes o la incomodidad rusa por el rol de hermano pequeño. Mandan, sin embargo, los compartidos lamentos hacia el imperialismo estadounidense y su costumbre de amontonar misiles tras sus fronteras o liderar organizaciones de defensa para atosigarlos, ya sea la OTAN en Europa o el Aukus y el Quad en el Pacífico.

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