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Crisis del coronavirus

La variante delta desbarata la 'tolerancia cero' de China

La nueva variante plantea el debate de si el gigante asiático debe mantenerse fiel a la fórmula o resignarse a una convivencia razonable con el virus

Personal sanitario realiza una prueba de coronavirus a un niño en la ciudad china de Yangzhou.

No le duraban los rebrotes a China más de una semana y el presente suma ya tres, se ha extendido por más de la mitad de sus provincias y no hay signos de que amaine. Son 700 casos, una nadería en términos globales, pero inaceptables para el país que ha sublimado la “tolerancia cero” desde que una extraña neumonía fuera detectada en Wuhan. La nueva variante delta plantea el debate de si China debe mantenerse fiel a la fórmula o resignarse a una convivencia razonable con el virus.

Las investigaciones culpan de la crisis al operario del aeropuerto internacional de Nanjing que desinfectó un avión llegado de Rusia y se juntó después con sus colegas en la terminal doméstica. Diez días después, cuando nueve de ellos dieron positivo en un test rutinario, ya era tarde. Algunos de los pasajeros habían acudido a un espectáculo masivo en las oníricas cordilleras de Zhangjiejie, el escenario de la película 'Avatar', y se desperdigaron por el país. China tiró de libreto. Despidió a docenas de funcionarios, ordenó tests 'urbi et orbe' con un puñado de casos y dictó cuarentenas en las zonas más afectadas. Nanjing ha cancelado sus vuelos durante dos semanas y sometido a cinco rondas de tests a sus 10 millones de habitantes, los 12 millones de Wuhan también han sido sometidos a la prueba del ácido nucleico y Pekín ha cerrado las rutas de larga distancia. Pero el rebrote se le atragantado a China, con 216 zonas en medio o alto riesgo. La vieja normalidad

La receta de pecar por exceso había subyugado al coronavirus mientras el mundo se desangraba. China ha disfrutado de la vieja normalidad durante más de un año y su economía fue la única de las grandes que creció en 2020. El presidente Xi Jinping negó meses atrás cualquier resquicio para el debate: “Juzgando cómo los diferentes gobiernos y sistemas políticos han gestionado la pandemia, podemos ver con claridad quién lo ha hecho mejor”.  

Pero con el último rebrote asoma otro decorado. Ni siquiera el arsenal chino ha podido embridar a la nueva variante. Su carga vírica en las fosas nasales multiplica por mil a las anteriores, es tan contagiosa como la varicela y más que el resfriado y la gripe, según el Centro de Prevención y Control de Enfermedades de Estados Unidos. Ya Australia, también apegada a la eliminación incondicional del virus, se había planteado semanas atrás si merecía la pena mantener confinada a la mitad de su población. Singapur, glosada por su rotundidad, asumía en junio como endémico el coronavirus y jubilaba su política de “cero casos”.  

Aquel 'laissez faire' de contagiémonos todos y que mueran los más débiles que defendieron al inicio de la pandemia gobiernos como el británico se demostró tan amoral como calamitoso. Pero ahora, con vacunaciones masivas, los riesgos de soportar cierto número de casos son más asumibles y aguantan la comparación con las disrupciones sociales de los confinamientos elefantiásicos y el cierre de fronteras. China ha suministrado ya 1,77 mil millones de dosis e inmunizado a más del 60 % de su población. Ciudades como Pekín, superado el 80 %, ya ha alcanzado la inmunidad de rebaño. Habrá contagios pero con síntomas leves y sin hospitales desbordados. 

 

 En esos cálculos está China. Wang Liming, profesor de la Universidad de Zhejiang, ya sugirió meses atrás que la erradicación absoluta era quimérica y urgía mentalizarse para la coexistencia. También recomendó más realismo Zeng Guang, jefe epidemiólogo del Centro de Prevención y Control de Enfermedades, tras aclarar que contener la variante delta es diez veces más difícil. Y para Zhang Wenhong, jefe de enfermedades contagiosas del Hospital Huashan (Shanghái), el reto actual consiste “en demostrar la sabiduría de convivir con el virus a largo plazo”.

Atentos a la economía

Tampoco son desdeñables los efectos de la economía. La china inició el año con un tremendo rebote del 18,3 % en el primer trimestre que se atenuó al 7,9 % en el segundo y las ventas al por menor sugieren más dificultades de las previstas. “En la mejor de las hipótesis, si este rebrote es controlado este mes, creemos que la economía crecerá al 7,8 % este año. De lo contrario, será más bajo. Y un crecimiento del 7 % para China, teniendo en cuenta el efecto base del pasado año, es muy poco”, señala Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia Pacífico de Natixis. China sigue amurallada contra al mundo, con visados a cuentagotas y tres disuasorias semanas de cuarentena, y la factura se antoja inasumible a medio plazo.

En seis meses, además, inaugurará los Juegos Olímpicos de invierno de Pekín, en los que proyecta una gran cita internacional. Quizá relaje China sus métodos en las vísperas de la cita olímpica y ya con la inmunidad de rebaño alcanzada pero por ahora sigue llamando a la guerra a su población tras cualquier rebrote y sin concederle clemencia al virus.  

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