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Diario de Mallorca

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El error de la gran coalición

El error de la gran coalición

Los datos están claros: las elecciones legislativas alemanas después de que Merkel gobernase una legislatura al frente de una "gran coalición" entre la gran formación conservadora CDU/CSU y el partido socialdemócrata SPD, ambas fuerzas han perdido apoyo: del 67,2% que obtuvieron conjuntamente en 2013, la suma de las dos formaciones ha pasado al 53,5% el 24 de septiembre. Entre los dos, han perdido 105 escaños en una cámara de 709 representantes. El SPD ha conseguido su peor resultado desde 1949 y los conservadores el segundo peor resultado. Y en cambio, ha irrumpido con fuerza en el Bundestag la formación Alternativa para Alemania, AfD, de extrema derecha y veleidades directamente totalitarias, con el 12,6% de los votos y 96 escaños.

En definitiva, este descenso de los partidos tradicionales ha coincidido -y alguna relación ha de haber entre ambas realidades- con el éxito de un partido detestable de extrema derecha, vinculado al pasado nazi de Alemania. Los extremistas hitlerianos, revisionistas con respecto al Holocausto y al papel del Ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial, pretenden una Alemania recluida en sí misma y fuera de la Unión Europea, cerrada a la inmigración (y abolido el derecho de asilo, así como el derecho a la nacionalidad de los hijos de inmigrantes ya nacidos en Alemania), con prohibición del islam y sin derecho al aborto.

No es difícil relacionar teóricamente la desaparición del binomio derecha-izquierda con el surgimiento exitoso de extremismos, sobre todo en tiempos de crisis. Si a la ciudadanía descontenta con la acción gubernamental, sea del signo que sea, se le impide apostar por una fuerza de oposición igualmente potente, crítica con el ocasional Ejecutivo y portadora de propuestas democráticas distintas que permitan alentar una cierta esperanza en la posibilidad de que lo que va mal pueda enderezarse, parece lógico pensar que, o se refugiará en el absentismo, o se lanzará en brazos de las opciones periféricas que le ofrezcan soluciones radicales. En definitiva, quien está postrado y no tiene nada que perder porque ninguna oferta política solvente asume sus demandas y entiende sus problemas, será presa fácil del populismo.

Guardando las distancias, también en España hemos padecido un proceso parecido: la claudicación del PSOE ante las presiones europeas externas que le instaban a practicar políticas de severa austeridad y a humillarse cambiando la Constitución para privilegiar el servicio de la deuda frente a cualquier otra preocupación social, que dio paso a un partido conservador atento a las magnitudes macroeconómicas y desatento a los dramas microeconómicos de millones de ciudadanos arrojados a la desocupación y la pobreza, ofreció una gran oportunidad al populismo, que desacreditó con éxito el régimen político incapaz que tan mal respondía a las necesidades del país y consiguió un botín político que hoy es fuente de inestabilidad pero también acicate para las fuerzas tradicionales, que intentan recuperarse, unas con mejor suerte que otras.

En Alemania, en concreto, la anulación de la izquierda moderada por su connivencia estrecha con el centro-derecha ha sido una invitación a los ciudadanos a decantarse hacia las formulaciones periféricas, incluida esta vez la extrema derecha, que en el caso alemán tiene resonancias aterradoras.

El SPD, ahora dirigido por Schultz, quien no participó directamente en la alianza con la derecha porque estaba en las instituciones europeas, no ha podido impedir la debacle, pero ha entendido a la perfección el mensaje de los ciudadanos: la gran coalición ha muerto. Ahora bien: su negativa deja a la CDU/CSU en brazos de un liberalismo euroescéptico que dificultará grandemente el avance de la integración europea. El proyecto que Macron ha lanzado y que debería cabalgar sobre el eje franco alemán no podrá probablemente ponerse en pie. Pero a lo mejor había que haberlo pensado antes: Europa no puede funcionar cabalmente si no se mantiene el debate permanente entre un centro-derecha y un centro-izquierda capaces de estimularse y controlarse recíprocamente en su eficaz alternancia al frente del Estado.

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