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El escándalo Petraeus copa las portadas de la prensa y los informativos de radio y TV en Estados Unidos desde el viernes siguiente a la reelección del presidente Barack Obama, sin que esté claro si se trata de un simple lío de faldas o tiene implicaciones políticas y de seguridad aún insospechadas.

La realidad ha superado a la ficción y la historia que comenzó a conocerse el viernes, 9 de noviembre, a raíz de la dimisión del director de la CIA, David Petraeus, se ha ido llenando de personajes y adquiriendo tintes de culebrón con el paso de los días.

En primer plano están los dos generales más renombrados de EE UU en la actualidad: Petraeus y John Allen, comandante en jefe de las tropas de la OTAN en Afganistán; dos mujeres bellas con ansias de prosperar: Paula Broadwell y Jill Kelley, veinte años más jóvenes que ellos y casadas ambas con médicos, y un agente del FBI muy obcecado, y al que sus compañeros equiparan con un ´bulldog´.

La parte más morbosa de la historia es de sobra conocida. El general de cuatro estrellas Petraeus, de 60 años, casado con Holly Knowlton, desde hace casi cuatro décadas, y Paula Broadwell, su biógrafa, tuvieron un romance reconocido por ambos, mientras Allen y Kelley intercambiaban unos 30.000 correos electrónicos, muchos de ellos calificados por los investigadores del Pentágono como "propios de un teléfono erótico", por su alto contenido sexual. Del hilo empezó a tirar en mayo pasado el agente del FBI, Frederick Humphries, amigo de Kelley a quien ella contó que estaba recibiendo correos amenazantes anónimos y que fue relevado del caso por sus superiores.

Detrás de esos correos estaba Broadwell, muy celosa del comportamiento "demasiado amable" hacia Petraeus por parte de Kelley, amiga del general y de su familia. ´Aléjate de mi hombre´, decía uno de los mensajes.

El FBI empezó a investigar el ciberacoso a Kelley y llegó hasta una cuenta de gmail que Broadwell usaba para comunicarse en secreto con ´su general´.

Cuando el círculo parecía cerrado entró en escena Allen, quien curiosamente sustituyó a Petraeus al frente de las tropas de la OTAN en Afganistán y a quien el Pentágono ha abierto una investigación para conocer la naturaleza de su relación con Kelley.

Esta bella mujer, de 37 años, hija de refugiados libaneses, y su hermana gemela, Natalie Khawam, se convirtieron en los últimos cuatro años en el centro de la vida social de Tampa (Florida). Sus lujosas fiestas, en las que conocieron a los Petraeus y a los Allen, son célebres en la base aérea de McDill, y a través de ellas se han codeado con importantes políticos, como el excandidato demócrata John Kerry y miembros de la Administración de Washington. El diario Politico informaba el viernes de que ambas hermanas asistieron a comidas ´de cortesía´ con un miembro del personal de la Casa Blanca no identificado en dos ocasiones. El 28 de septiembre las Kelley estuvieron desayunando en el comedor del personal de la Casa Blanca y el 24 de octubre también.

Con todo, a medida que el escándalo crece Obama queda en una situación cada vez más incómoda. El pasado miércoles, en su primera rueda de mera mera rueda de prensa tras la reelección, aludió al asunto diciendo que "la seguridad nacional no se ha visto amenazada en ningún momento".

Según la versión de la Casa Blanca, el presidente recibió la primera información sobre el caso Petraeus al día siguiente de las elecciones, pese a que altos cargos de Justicia conocían el asunto desde hace tiempo, al igual que algunos congresistas republicanos.

Los congresistas Eric Cantor y David Reichert conocieron el affaire por fuentes del FBI y ninguno se decidió a darlo a conocer antes de las elecciones.

Petraeus habló por primera vez sobre el escándalo la pasada semana, para señalar que no compartió "ningún documento clasificado" con su amante. El general también quiso aclarar a la red de televisión HLN que fue su affaire extramatrimonial y no su papel durante los ataques del 11 de septiembre al consulado de EE UU en Bengasi (Libia), en los que murieron el embajador, Chris Stevens, y otros tres estadounidenses, lo que ha motivado su dimisión.

Sin embargo, siguen siendo un misterio, por más que se han tratado de esconder, los comentarios que hizo Broadwell en octubre pasado en un discurso grabado en vídeo en el que afirmó que fue un grupo de libios el que atacó el consulado estadounidense en la segunda ciudad libia para rescatar a prisioneros de guerra custodiados en un edificio anexo de la CIA. ¿Cómo podía saber la mujer unos detalles de los que nunca se informó?

Los servicios secretos estadounidenses han negado en todo momento la existencia de cárceles clandestinas en Bengasi "antes, durante o después" de ese asalto al consulado. Además, el FBI se incautó de documentos militares de ´alto secreto´ durante el registro de la vivienda de Broadwell en Charlotte (Carolina del Norte). Tanto Petraeus como su amante aseguraron, de forma inquietante, que el general no era la fuente de esos papeles. Las aseveraciones de Broadwell arrojan más sombras que certezas sobre un asunto del que el gobierno de Obama ha dado versiones contradictorias.

Máxime cuando Petraeus afirmó el viernes, ante los comités de Inteligencia del Congreso de EE UU, que la CIA conocía "desde el principio" que el ataque a la legación diplomática fue una acción terrorista organizada de miembros de Al Qaeda. No obstante, el general indicó que las referencias al ataque se eliminaron de las pautas de comunicación que la CIA entregó a la Administración Obama, que en un principio atribuyó el ataque a la violencia espontánea tras un video que ridiculizaba al Islam.