­Ayer, sábado anterior al primer martes de noviembre, el demócrata Barack Obama tan sólo le sacaba una décima en el promedio de encuestas más consultado a Mitt Romney, el aspirante republicano a desalojarlo de la Casa Blanca. Cuatro años atrás, la misma ponderación de sondeos arrojaba, también en el sábado previo a las elecciones presidenciales de EE UU, una ventaja de 6,8 puntos del aspirante demócrata Obama sobre John McCain, el aspirante republicano designado para restaurar la montaña de platos rotos que habían dejado los ocho años de presidencia de George Bush.

Una crisis económica lejos de estar resuelta y una oleada de reformas cuyo vértice es la polémica universalización de la asistencia sanitaria son dos de las cuatro patas en las que se apoya la pérdida de gas de Obama. La tercera es la radicalización del electorado republicano iniciada el mismo día de la derrota electoral de 2008. Respecto a la cuarta, parece vinculada a la frustración de las desproporcionadas expectativas generadas en una parte del electorado demócrata e independiente por el hombre que pasará a la Historia como el primer presidente negro de los EE UU.

Decepción y rechazo se combinan, pues, para explicar las estrecheces en las que se mueve Obama. De hecho, si se miran de cerca los 6,7 puntos que ha caído su ventaja entre 2008 y 2012, se puede ver que tres de ellos responden a su pérdida de respaldo, mientras que los otros 3,7 cifran la diferencia entre el actual apoyo a Romney y el que tenía McCain.

La decepción frente a Obama empezó a gestarse antes incluso de su toma de posesión, cuando aún estaba dando forma a su Ejecutivo. Obama había prometido una batería de reformas cuya clave era "cambiar Washington", dejar de hacer las viejas políticas de siempre con los viejos actores de siempre. Sin embargo, el equipo económico al que encargó estabilizar la crisis financiera y relanzar la economía estaba lleno de pesos pesados de la era Clinton y de habituales de Wall Street. Era lo razonable, aunque al ala izquierda de su electorado vio ahí una señal funesta. Como funesto encontró que a Hillary Clinton -la correosa rival de Obama en las primarias- se le encargase la gestión de la política exterior o que el equipo de Defensa, responsable de la conducción de dos guerras, apenas sufriera cambios.

Sin embargo, el equipo económico estabilizó la devastadora crisis financiera y conjuró con rapidez la recesión. A finales de 2009, menos de un año después de la investidura, la economía crecía por encima del 3%, aunque mantenía los lunares del paro (10%) y el déficit público, aún presentes en 2012. Las guerras de Bush habían liquidado el superávit de Clinton y habían disparado un déficit que aún se doblaría con el rescate de los bancos, con el de la industria automovilística y con el magno plan de relanzamiento económico diseñado en 2009.

En cuanto al paro, se resiente de la mala salud de la economía mundial vinculada a la tormenta que envuelve las finanzas públicas y las economías europeas. Con un crecimiento del PIB del 2% en el tercer trimestre de 2012, EE UU cerró octubre con un desempleo del 7,9% tras dos años de continua, pero insuficiente, creación de puestos de trabajo. Resultado lo bastante malo para permitir a Romney basar parte de su campaña en su críptico "yo sé como crear 12 millones de empleos". También es lo bastante malo para obligar a Obama a centrar su programa en un despegue económico que confía en recuperar el consumo a través del fortalecimiento de la clase media.

Regalos envenenado de Bush

Dicho esto, conviene recordar que la crisis financiera y su cortejo de recesión fueron los regalos envenenados con los que Bush enriqueció en el último momento un programa de cambios que en grandes líneas Obama ha cumplido. Por sólo citar las estrellas de una labor legislativa muy intensa, el demócrata ha regulado Wall Street -demasiado para los republicanos, casi nada para sus bases radicales-; ha hecho una reforma sanitaria que desde 2014 debería llevar la cobertura a 32 millones de nuevos beneficiarios; ha liquidado la guerra de Irak y puesto en 2014 la fecha de salida de Afganistán; ha vengado el 11-S con la muerte de Bin Laden; ha disipado la profundísima animadversión hacia su país generada en la era Bush y ha privilegiado la diplomacia y las sanciones como modo de abordar los conflictos. Además de lidiar con relativo éxito con la ´primavera árabe´, una conmoción geopolítica de consecuencias todavía imprevisibles.

También hay, claro, incumplimientos y sombras. El más destacado es la ausencia de la prometida reforma migratoria para sacar de la oscuridad a 12 millones de inmigrantes ilegales. El campo de internamiento de Guantánamo continúa abierto. La salida de Irak ha dejado al país en manos de Irán, cuyo plan nuclear es la gran bestia negra de Washington. Las relaciones con un Israel muy escorado a la derecha se han deteriorado. La salida de Afganistán no es más que el reconocimiento de una derrota. La muerte de Bin Laden parece un episodio oscuro sobre cuyos pormenores se mintió y que ha deteriorado aún más la relación con Pakistán. La liquidación de otros caudillos yihadistas se ha hecho con aviones no tripulados que han masacrado a cientos de civiles. La intervención en Libia, coronada con el linchamiento del viejo enemigo Gadafi, ha dejado un semillero de yihadistas y el asesinato del embajador estadounidense como conmemoración autóctona del 11-S. La masacre de sirios dura ya más de un año sin que Washington sepa muy bien qué hacer.

Pero, por encima de estas sombras, la causa principal de sus apuros en las encuestas está en la inteligencia política de los rivales republicanos a los que derrotó en 2008.

Meses antes de perder unas elecciones que no podían ganar, los neocon empezaron a idear cómo minar a Obama durante el cuatrienio, como mínimo, en el que deberían purgar los excesos de Bush. Por supuesto que, contra su voluntad de reformas, han esgrimido el fantasma del comunismo. Pero la jugada maestra ha sido canalizar los instintos de esa América profunda que odia tanto a los negros como pagar impuestos, no poder ir armada hasta los dientes o tener que sacarse un seguro médico porque lo diga un ´intervencionista´ desde Washington.

Karl Rove, el doctor Frankenstein de Bush, fue uno de los magos de esa canalización al garantizar a los descontentos riadas de dinero y una impecable red de organización de eventos bautizada como Tea Party y reflejada en un lema: "Devolvednos nuestro país". Por esa vía, se suministró a los ´insurrectos´ argumentos políticos que propiciaron el caldo de cultivo para mantener con vida el universo neocon pese a la desorientación en la que quedaron muchos republicanos en 2008 ante el rodillo de un presidente y un Congreso demócratas.

Obispo mormón

Dos años después, en 2010, esos argumentos valdrían al partido del elefante una victoria en la Cámara de Representantes que ha permitido a los republicanos paralizar gran parte de las iniciativas presidenciales y difuminar la imagen de Obama. Ahora, otros dos años después, los neocon se han puesto, porque no les ha quedado más remedio, bajo la advocación de un obispo mormón multimillonario, Mitt Romney, ex gobernador de la hiperprogresista Massachusets, que tras gastarse una parte de su fortuna en ganar las primarias y tras ejecutar una vertiginosa serie de zigzagueos entre el centro, la extrema derecha y el centro, le disputa sin complejos la presidencia a Obama. A un Obama que, aunque ganase -y hay signos de que tiene largas posibilidades, como la aprobación a su trabajo (49,9%) o su ventaja en 9 de los 12 estados clave-, seguiría enfrentado a un Congreso dispuesto a atarlo de pies y manos. Al menos hasta las elecciones de medio mandato de 2014.