El asesinato del embajador de EE UU en Libia „durante un ataque que Washington, pese a haberse perpetrado en 11-S, se empeñó hasta el jueves en no calificar de terrorista„ refleja qué lava arroja la principal línea de fractura del planeta. La ´primavera árabe´ ha traído, además de un montón de islamistas en poltrona y de salafistas callejeros, un campo de batalla propicio al reenganche de las legiones de yihadistas que brotan en el mundo islámico desde la invasión rusa de Afganistán en 1979. En sordina estos últimos días, las protestas islámicas contra el vídeo y las caricaturas de Mahoma han dado paso a una Asamblea General de la ONU dominada por la agenda islámica. La alocución de Netanyahu para garantizarle a un Obama que no le recibe cómo la línea roja para atacar a Irán se sitúa después de las presidenciales del 6 de noviembre habrá sido, salvo sorpresa, la estrella de la reunión que se clausura mañana.

Abás pidiendo un Estado palestino observador en la ONU y Ahmadineyad acusando a EE UU y a Israel de usar un particular rasero para Irán han quedado en segundo plano. La primera línea ha sido ocupada por el problema del momento, el ataque pendiente a las instalaciones nucleares iraníes, que fue debatido por Obama y Netanyahu sin verse personalmente.

Obama explicó el martes que se hará lo que sea preciso y, según la prensa y la oposición israelí, lo que Netanyahu le respondió el jueves significa que habría que atacar después del invierno pero antes de que entre el verano. La respuesta, por cierto, cobró la forma de una curiosa bomba de tebeo, en la que el israelí pintó una línea roja suficientemente lejana para no contrariar el deseo de Obama de que el mundo parezca el ojo tranquilo de un huracán hasta el primer martes de noviembre. Obama, cada vez más sólido en las encuestas, sabe que no va a ganarse la reelección con la política exterior, pero también que un traspié más catastrófico que el reciente ataque yihadista de Bengasi puede comprometer su doctrina de contención diplomática.

Zanjado el reparto de tiempos sobre Teherán, la Asamblea General sigue teniendo que lidiar el toro sirio: treinta mil muertos en año y medio y, como a menudo ocurre en las guerras civiles, una situación empantanada. Los rebeldes „alimentados por EE UU, pero también por Francia y la UE, y en el mundo islámico por Arabia Saudí, Qatar, Turquía y yihadistas de todo pelaje a los que se suele llamar Al Qaeda„ no pueden derribar a Asad sin una intervención aérea exterior. Y Asad tiene crecientes dificultades para impedir el robustecimiento de la guerrilla pese a recibir el más cerrado apoyo de Irán, Irak, Líbano, Rusia, China, el mundo bolivariano y múltiples variedades menores de pervivencias de la ´guerra fría´.

Aunque las presiones son crecientes para una intervención internacional, los vetos ruso y chino no han perdido nada de su vigor en el Consejo de Seguridad, por lo que el bloque liderado por Francia, que alertó de la necesidad de expulsar manu militari a los yihadistas de Malí, busca una resolución de la Asamblea General que otorgue un remedo de legitimación a una acción armada. Sin embargo, aquí también, cualquier movimiento choca con la campaña de reelección de un Obama que proclama entre sus logros haber puesto fin a la pesadilla de Irak y haber fechado la salida de Afganistán. De modo que todo indica que sólo cuando los electores digan quién será el próximo presidente de EE UU y con qué Congreso gobernará se podrá calibrar la verosimilitud de una salida bélica a la crisis iraní.

Peligrosamente, las dos partes enfrentadas en Siria pueden tener interés en que se desencadene el anunciado ataque preventivo de Israel, cuyo éxito precisa el uso de armas estadounidenses. Unos y otros podrían estar viendo en el estallido del polvorín iraní la posibilidad de resolver sus posiciones por contagio. Y aunque la posibilidad es halagüeña, aloja el riesgo de que la sacudida derive en una secuencia desestabilizadora que desde Irán se proyecte por todo Oriente Medio y agite la lava que abrasa la gran línea de fractura del planeta.