La polémica está servida. Ya no solo por el qué –el uso del condón "en algunos casos"– sino también por el quién, pues al parecer el Papa no puso como ejemplo que justificaría el recurso al profiláctico el de una prostituta, sino el de un prostituto, en masculino.

Así constaría en la versión original alemana del libro-entrevista, que mañana llegará a las librerías, y en las traducciones al inglés y al francés, según la Cadena Ser, que esperaba que un comunicado del Vaticano despejara la incógnita.

Entretanto, algunas asociaciones de prostitución pusieron ya el grito en el cielo y reprocharon al Pontífice que antepusiera la defensa de su uso entre los varones, que en el ejercicio de la prostitución son minoría, en vez de entre las mujeres.

Sea como fuere, lo cierto es que la última iniciativa del Papa ha sorprendido a todos. Pese a su imagen de religioso ultraconservador, el pontífice podría haber abierto la puerta del siglo XXI a la Iglesia Católica.

La medida era esperada desde hace mucho tiempo en todo el mundo, un paso visto como necesario sobre todo en el marco de la lucha contra el sida y otras enfermedades sexuales. Pero también se partía de que era un cambio de posición clave para superar el creciente abismo entre la percepción de la Iglesia y la realidad. Ratzinger dio inicio a ese cambio de posición con palabras que sugerían el final definitivo de los tiempos del "no" rotundo a los preservativos.

"Podría haber casos puntuales justificados, por ejemplo si un prostituto usa un condón, en el que eso puede ser un primer paso hacia la moralización, una primera dosis de responsabilidad", dijo el Papa al periodista alemán Peter Seewald.