Es célebre la comparación entre el político y el científico, a la que Max Weber dedicó unas conferencias cuya versión española (Alianza Editorial) incluye una sustanciosa introducción escrita por otro gran sociólogo de la Historia, Raymond Aron. También resulta asunto enjundioso la comparación entre el político y el intelectual. Cualquier biografía de Manuel Azaña, por ejemplo, debe plantearse la problemática convivencia de esa doble condición en una misma persona. ¿Se puede ser actor y al tiempo espectador lúcido de la representación con el distanciamiento que ello supone? Probablemente no: un papel excluye al otro, como sucedió con la generación de políticos-intelectuales que llevó a cabo la revolución soviética de 1917. A su vez, el Azaña de La velada en Benicarló ya no es un político, sino un intelectual destrozado por la tragedia de la contienda bélica entre los españoles. Por otra parte, el intelectual que se pone al servicio de una ideología totalitaria traiciona la independencia consustancial a su oficio y deviene teólogo de una religión civil, convirtiéndose, pues, en un "clérigo", según la conocida obra de Julien Benda (La trahison des clercs [1927], París, Grasset, 2003), que juega con la polisemia del vocablo en lengua francesa. Grados menores de clerecía se dan en todos aquellos casos en que los intelectuales orbitan alrededor de los partidos en nuestras sociedades democráticas. Contrariamente a esto, la dualidad diferenciadora entre el político y el estadista se esgrime con frecuencia para descalificar a aquél como un simple profesional del poder, sin altura de miras ni otro horizonte que la pura supervivencia en el cargo. Recurriendo a símiles ornitológicos, el político vulgar sería únicamente un ave de corral y el estadista, en cambio, un águila majestuosa surcando los cielos de la república mediante el señorío de las grandes corrientes eólico-históricas. Otras veces se ve en el político común a un pájaro charlatán, de cháchara insustancial, repleta de tópicos, vituperios del adversario y sonidos varios propios de un lenguaje insuficientemente articulado. El estadista, por contra, suele mostrársenos como dueño de un discurso imponente que contiene las bases de un proyecto de resistencia o de transformación coherente y ambicioso, siempre difícil y sacrificado, cuando no heroico. Porque el estadista acostumbra a proponer un camino arduo y apela a la voluntad más férrea para alcanzar un objetivo irrenunciable. Uno de los ejemplos más excelsos de esta apelación se contiene en el famoso discurso de Winston Churchill a la Cámara de los Comunes el 13 de mayo de 1940: "No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor… Pero yo asumo mi tarea con ánimo y esperanza". ¿Hay gente así entre los políticos democráticos del presente?

Antes, sin embargo, de responder creo que debe matizarse el carácter tajante de la distinción entre políticos y estadistas. Estos son, desde luego, políticos poco usuales, pero políticos al fin y al cabo, en el sentido de que han de poseer las virtudes de paciencia, resistencia, ductilidad y habilidad que inexcusablemente deben adornar a todo profesional de la cosa pública. Los reyes filósofos únicamente existen en el pensamiento de Platón. Incluso un político tan poco convencional como el general Charles De Gaulle –sin ningún género de dudas un gran estadista y además, como Churchill, un gran escritor-– hubo de recurrir, aunque desdeñosamente, a las prosaicas armas de la pequeña política, primero durante su insufrible y a menudo ninguneada estancia en el Londres de la Segunda Guerra Mundial y más tarde como fundador de la V República, valiente descolonizador y garante de la paz civil. Su actual sucesor, Nicolás Sarkozy, es un político populista (en lo que no se aparta de la estela gaullista), pero de un materialismo atroz, que ama el dinero y el lujo todavía más que a un poder con el que su hiperactiva naturaleza no sabe muy bien qué hacer, excepto gozar de su mera posesión. Por supuesto, carece completamente de escrúpulos y hace degenerar al populismo en demagogia si se trata de pescar votos tanto en los caladeros de Le Pen como entre la clientela proletaria del viejo PCF. De ahí la deportación masiva de gitanos búlgaros y rumanos, cuya numerosa presencia y nula integración en suelo francés saca de quicio a quienes están más próximos a ellos, o sea, no a los ricos amigos de Sarkozy, que viven en mansiones-fortaleza, sino a las clases populares. Tomemos nota todos los europeos de la mezcla explosiva entre el populismo-chovinismo y la inmigración incontrolada e inasimilable. Alemania también muestra signos de inquietud al respecto.

Tony Blair pudo ser un estadista por talento y por impulso reformista. Pero le sobró el culto a la relación privilegiada con los norteamericanos (ciertamente inherente a la política exterior británica desde 1945) y le faltó suficiente sintonía con el proyecto europeo. Habida cuenta de su tamaño y potencial, sin embargo, el Reino Unido únicamente es capaz de alumbrar estadistas en el mundo de hoy en relación con ese proyecto. Si no le interesa, bien podría ingresar en los Estados Unidos de América como un Estado más de la Unión.

Angela Merkel nos ha defraudado. Una discípula de Helmut Kohl debiera haber imitado el estilo de su maestro de pensar a lo grande, corriendo, naturalmente, los correspondientes riesgos. En lugar de eso, va camino de ser una Thatcher bis, gruñona, avarienta, mezquina, con la limitada visión de Europa propia de quien lleva en los genes históricos un sacrosanto horror por la inflación y el despilfarro. Procedente de la austera Alemania Oriental, sólo tiene respeto por el euro en la medida en que se parezca al marco y únicamente contempla una Europa económica, no política, bajo hegemonía alemana.

Barack Obama es, indiscutiblemente, un estadista y no un trapacero político de Chicago llegado de carambola a la Casa Blanca. Y ello no sólo, claro está, por la profundidad, coherencia y belleza de sus discursos (el de su toma de posesión fue sublime), ni por la amplitud de su programa, ni por el coraje y determinación de llevarlo a cabo en medio de un panorama económico desolador y con el país combatiendo en dos guerras. Un hombre de Estado debe ser, ante todo, una persona de principios. Obama los tiene: atreverse a apoyar, en nombre de la libertad religiosa, la construcción de una mezquita a tres manzanas de la neoyorkina zona cero me pareció un gesto admirable. Fue, desde luego, muy criticado por la cada vez más feroz derecha americana, a quien sin duda le escandaliza que el Presidente invoque la Constitución. El estadista ha de ser también, no obstante, un ejemplo para sus conciudadanos. Liderar significa asimismo educar. Por eso Clinton no resultó, pese a sus méritos, más estadista que político. Su comportamiento perjuro y mentiroso tras desvelarse el pintoresco asunto Lewinsky evidenció que carecía de grandeza moral. Hace pocos días el electorado norteamericano propinó un severo correctivo electoral a los demócratas, que perdieron el control de la Cámara de Representantes, si bien conservan el del Senado. ¿Se acabó el estadista Obama, el "orador en jefe", como le llaman burlonamente los partidarios de Bush? No lo creo, pero el estadista debe saber jugar bien al póker. Con la vista puesta en las presidenciales de 2012, el juego del ´gobierno dividido´, típicamente americano, entre Obama y las dos Cámaras del Congreso ha comenzado.

(*) Es Catedrático de Derecho Constitucional.