Mijaíl Jodorkovski era, hace poco más de un lustro, el hombre más rico de Rusia. Hoy habita una celda de Siberia, cerca de Mongolia, a seis mil kilómetros de Moscú. El ex magnate, de 47 años, simboliza las lúgubres sombras del nuevo capitalismo ruso y el deficiente y trágico tránsito desde el crepúsculo de la antigua URSS tras setenta años de dictatura y planificación estatal. Esa vía hacia el capitalismo se derrumbó en un caos institucional, una corrupción generalizada y un desorden público fantasmal donde la jauría de los negocios corría en paralelo al surgimiento de poderosas mafias orilladas por la obligada tutela del Estado. Imposible levantar una industria, o mover un rublo, sin la "custodia" del aparato político. Jodorkovski, como tantos otros oligarcas del tiempo naciente, ilustra, con letras de neón, el frontispicio de una transición dramática aún no resuelta.

El maleficio de Rusia posee su génesis en la palabra "zar". Desde Pedro I, la cadena de ucases ha sido diabólica, incluyendo el utópico letargo de los príncipes comunistas. El nuevo zar se llama Putin, y su arbitrariedad rememora viejas herencias. Al igual que Jodorkovski, emerge de los cimientos enfangados de iniquidad de la antigua URSS –de la misma KGB, para más señas– y su biografía relata las perversidades autocráticas de una memoria contemporánea gloriosamente esparcida bajo el cielo actual.

La disputa entre ambos personajes –más bien su lucha a muerte– encarna la tensión por la prevalencia de un mundo –el capitalismo dócil bajo el control de Putin, donde sólo existe mercado si lo acompaña el privilegio– y un incipiente esplendor regeneracionista basado en las reglas del juego occidental, alejado de la corrupción institucionalizada y ungido por el mercado de la mano invisible y de la retórica de la transparencia. Jodorkovski lleva camino de consagrarse como un mártir de esta iglesia, cuyo credo ha elegido como principio o como tapadera. Antes, sin embargo, habrá de sobrevivir a los 40 grados bajo cero de la prisión de Siberia, donde el ´nuevo zar´ lo tiene confinado desde 2005. Si el ex magnate languideciera en la apartada isla de Sajalín en vez de en la remota Chita, nadie objetaría que esta historia, en pleno siglo XXI, la debería haber escrito Chéjov en 1890 y en tonos de duelo.

Lo de menos, para Jodorkovski, es de qué se le acusa. Los atropellos judiciales a que ha sido sometido el antiguo patrón de la petrolera Yukos apenas se vinculan con su actividad empresarial. Son, por el contrario, un vestigio –quizás imaginario, pero verosímil– de sus deseos de restaurar Rusia, intervenir en política, apoyar a partidos y colectivos, respaldar instituciones democráticas e impulsar organizaciones defensoras de los derechos humanos.

La "culpa" de Jodorkovski no proviene del fraude o el desfalco. Consiste en haber gravitado por la superficie del sistema, cuando el sistema en Rusia transita por las cloacas. Ambicionaba poder político –amagó con presentarse a las elecciones de 2004– y se posó sobre un volcán: se negó a compartir su fortuna con el Kremlin y tampoco quiso respaldar al líder supremo. Ese pulso a Putin fue definitivo. En 2003, en una reunión con los principales empresarios rusos, Jodorkovski opinó ante el ´zar´ que había llegado el momento de acabar con la corrupción y manifestó que esta lacra consumía hasta el 12% del PIB de Rusia. Esperaba que Putin se aliara con él denunciando la oscura compraventa de una petrolera en la que había participado el Estado. Putin respondió atacando. Denunció al propio magnate mientras cuestionaba los orígenes poco claros de Yukos, de la que Jodorkovski era presidente. Fue el inicio del fin del industrial. Su imperio se desintegró. Putin lo repartió entre sus empresarios afines y entre sus políticos próximos –el vicejefe del Gobierno responsable de la energía se quedó con la empresa más rentable del grupo Yukos–, que en el caso de Rusia viene siendo lo mismo. El amigo de Abramóvich o Friedman –dos de los potentados cuyas vidas ilustran la misma página de Rusia que la de Jodorkovski– se había deslizado por un territorio prohibido. Meses después fue arrestado. Se le acusó de evadir capital: mil millones de dólares en impuestos. Desde entonces, su calvario judicial ha sido una bufonada en la que se han conculcado los más elementales derechos civiles y penales. Fue condenado en mayo de 2005 a ocho años de cárcel. Más tarde le fue denegada la libertad condicional –ya había cumplido la mitad de la pena– y el fiscal le volvió a acusar de malversación y lavado de dinero. Estos delitos llevan aparejados 22 años de cárcel.

Putin le quiere entre rejas porque es consciente de que el ex magnate supone su mayor desafío. Y Jodorkovski continúa impasible, pese a las humillaciones y la dureza extrema carcelaria, porque sabe que su figura se eleva hacia el aura del mártir o del héroe. Nunca hay que despreciar esas insignias. Son la génesis de los mitos. Y Putin ha sido vencido por el error. Le ha concedido a su enemigo identidad moral y autoridad internacional. "No soy un idealista, pero tengo ideales. Como cualquier otra persona, no quiero vivir ni morir en la cárcel, pero si es necesario, estoy dispuesto. Merece la pena morir por lo que creo". Jodorkovski representa a la perfección el papel de Mesías, porque ha comprendido la fuerza deslumbrante de su poder. Por eso, el licenciado en Químicas y en Económicas se revuelve, como un personaje de Dostoievski, sobre la fatalidad. Y escribe sobre temas económicos, políticos o morales: de la pervivencia de la psicología feudal que domina la sociedad rusa, de la incapacidad para fomentar la sociedad civil, de la anestesia democrática. Y habla como si se hallara al borde de una epifanía. "Nos ha convertido, a nosotros, gente corriente, en símbolos de la lucha contra la ilegalidad". Y diagnostica el presente de Rusia. "Un país enfermo, cuyo Estado destruye sus mejores compañías y que sólo se confía a la burocracia y a los servicios secretos". Y mantiene que el proceso judicial contra él y su socio Débedev está motivado por su decisión de financiar a principios de los noventa la oposición del Kremlin, tanto a los liberales como a los comunistas.

En cualquier caso, aquel joven comunista de ascendencía judía que tras el hundimiento de la URSS acumuló capital al amparo de las empresas públicas y que se avanzó a otros oligarcas en las subastas de la privatización del Estado –así conquistó la petrolera Yukos–; aquel niño que se crió en una familia de ingenieros y que sostuvo económicamente a Boris Yeltsin hasta llevarlo de nuevo a la presidencia en 1996; aquel magnate sin escrúpulos cuyos métodos cimentados en el agiotaje y homologables a los de sus otros compañeros de aventura harían temblar a los tiburones de Wall Street; aquel, en fin, hijo de la perestroika es hoy el apóstol de la ´nueva Rusia´. La mayor oposición al Kremlin sobrevive, de nuevo, en una prisión de Siberia. Desde la crueldad de esas estepas han regresado, una y otra vez, los protagonistas de la historia para hacerse cargo de las riendas rusas. Putin parece ignorar que nunca una causa –y la de Jodorkovski pasa por serlo– se ha pudrido en la cárcel. Al contrario: se ha reforzado entre barrotes y agonías.

Ambos personajes –Putin y el ex magnate– diseccionan lo que ha significado la era postsoviética en el actual teatro ruso. Uno de ellos ha de prefigurar el futuro, sin embargo. Ganará Putin porque Rusia no despierta de la pesadilla feudal, autoritaria y sátrapa, ni del capitalismo arbitrario y dirigido por el Estado.