Uno de cada cinco estadounidenses cree que Obama es un cactus. Así resumía hace poco una revista satírica de EE UU el pulso emocional de un país que ha vivido los dos últimos años bajo el influjo de dos acontecimientos históricos: la llegada a la Casa Blanca de su primer inquilino negro –un demócrata reformista– y el estallido de la mayor crisis económica desde la Gran Depresión. Un cóctel explosivo que ha radicalizado a los republicanos, feroces enemigos del intervencionismo de Obama, y ha desencantado a muchos demócratas e independientes, insatisfechos del balance del primer bienio presidencial.

En ese caldo de cultivo, unos y otros están convocados hoy a unas elecciones legislativas en las que se renueva por completo la Cámara de Representantes, se elige a un tercio de los senadores y se disputa la gobernación de 37 estados. Son las llamadas ´elecciones de mitad de mandato´, que representan el primer examen en profundidad de la aceptación o rechazo suscitada por el presidente en ejercicio. Lo habitual es que el partido presidencial suspenda –les ocurrió a Reagan y a Clinton, que sin embargo fueron reelegidos–, y esta convocatoria no parece una excepción. Si las encuestas no fallan, los republicanos arrebatarán a los demócratas la mayoría absoluta en la Cámara y avanzarán en el Senado, que seguirá bajo control demócrata.

El nuevo panorama legislativo, aun en el caso de que la derrota demócrata fuese menor que la esperada, no puede sino complicarle la labor a Obama. El líder demócrata, cuya aprobación en un promedio de encuestas ronda el 46,5%, sólo tuvo un legislativo del todo favorable durante su primer año de mandato. Después, el paso a manos republicanas del escaño del difunto senador Ted Kennedy privó a los demócratas de la mayoría cualificada (60/100) que exige la cámara alta para sacar adelante muchas iniciativas presidenciales. Ahora, la nueva mayoría republicana que se espera en la cámara baja reforzará el marcaje de la oposición a Obama, ya que los representantes republicanos se harán con la presidencia de los comités de la Cámara y eso los facultará para pedir muchas más explicaciones al Gobierno y para abrir cuantas comisiones de investigación quieran.

No sólo eso. El giro a la derecha desatado en los republicanos, quintaesenciado en el movimiento ultra conocido como ´Tea Party´, creará en el Congreso un ambiente más hostil hacia Obama. Los hombres y mujeres del ´Tea Party´ marcan ahora mismo tendencia y hasta los republicanos más moderados sacan músculo de acero para congraciarse con su electorado. A nadie le apetece verse en la piel del saliente gobernador de Florida, Charlie Crist, un moderado que no dudó en hacerse una foto con Obama y se vio desplazado en las primarias por Marco Rubio, hijo de exiliados cubanos que con su trilogía Dios, Patria y Libertad se ganó el favor de los regeneracionistas. Ahora es Rubio quien tiene el apoyo y el dinero republicano, mientras que Crist lucha como independiente.

Por fortuna para Obama, buena parte de su programa está ya ejecutado: la reforma sanitaria, la reforma financiera o la salida oficial de Irak figuran entre las grandes estrellas de su haber junto a la estabilización de una economía que recibió de Bush al borde del colapso. De las grandes promesas, le queda pendiente el cierre de Guantánamo, que ha tropezado con resistencias del Pentágono y la inteligencia, y está encallado en un marasmo jurídico. En cuanto a las grandes reformas, le falta la migratoria, una ausencia que puede dañar hoy a los demócratas. Como telón de fondo, en fin, Afganistán sigue sangrando y el único horizonte realista es una salida escalonada.

El cambio ha sido de calado, tanto en el interior como en el exterior de EE UU, cuya imagen mundial ha mejorado respecto a Bush. Y, sin embargo, es la propia imagen de Obama la que no está funcionando ante sus conciudadanos. Por un lado, muchos de sus votantes están desencantados. Es el envés de las manías. Obama prometió cambiar el modo de hacer política, cambiar Washington, hacer que la nación percibiera de otro modo al ogro devorador de impuestos que tantos estadounidenses ven en el lejano Gobierno federal. Y suscitó una marea de entusiasmo, unos 15 millones de votos extra, que le depositó en la Casa Blanca.

Dos años después, Obama está en pleno reflujo de la marea. Los desencantados le acusan de haberse aliado con los clanes de poder de Washington, le echan en cara el dinero –aprobado por Bush– invertido en sacar a los bancos de la quiebra, le reprochan que, pese a la estabilización económica, el paro esté clavado en el 9,5% y, además, ven arrogancia en un discurso que antes les parecía de un estimulante rigor. El propio Obama reconoce que no ha podido cambiar Washington y culpa a los republicanos de las insuficiencias de su primer bienio. Un rasgo de aparente ingenuidad destinado a enardecer a sus electores. Pero los sondeos revelan que Obama ya no conecta con sus bases y auguran que en las urnas de hoy fallarán muchos votos de mujeres, jóvenes, personas de bajos ingresos e independientes que hace dos años le apoyaron. Los negros le siguen siendo fieles y los latinos, decepcionados por el retraso de la reforma migratoria y amenazados por los relámpagos racistas del ´Tea Party´, son una incógnita.

Lo peor para los demócratas es que, en política, lo que a unos les resulta insuficiente a otros se les hace insoportable. La entronización de Obama –negro, demócrata y reformista– conmocionó a la América profunda. Mientras los republicanos con cargo público quedaban sonados por la contundente victoria demócrata de 2008, millones de ciudadanos blancos comenzaron a revolverse en sus butacas. Eran angloparlantes, de edad media o avanzada, y habitaban en pueblos o pequeñas ciudades, donde llevaban una vida de clase media no siempre desahogada. Su canal de televisión, la Fox. Su presentador favorito, Glenn Beck, autor de best sellers como ´Discutiendo con idiotas´, ´La América real´ o ´América desfila hacia el socialismo´.

Para Beck, EE UU está al borde del abismo porque ha dado la espalda a sus raíces, al espíritu de los Padres Fundadores y a su Constitución. EE UU está en quiebra económica porque está en quiebra moral por culpa de sus dirigentes de Washington. EE UU no debe considerar ya que su mayor enemigo es el terrorismo, como viene haciendo desde el 11-S, sino el socialismo, representado por el intervencionismo creciente del Gobierno, los impuestos y la tolerancia ante los inmigrantes ilegales. Beck constituye una vuelta a postulados de la ´guerra fría´ y una llamada a la refundación pionera de EE UU que, con toda lógica, desemboca en un lema: "Devuélvannos nuestro país". Ese es el grito de guerra de los millones de ciudadanos agrupados en el movimiento llamado ´Tea Party´, en honor al ´Boston Tea Party´, la revuelta más conocida de las que desembocaron en la Guerra de Independencia.

Los analistas demócratas sostienen que los ´tea party´ acusan a Obama de socialista, como otros lo tachan de nazi o de musulmán, porque no pueden acusarlo de ser negro. En cualquier caso, el dinero público entregado a los bancos y a la industria del automóvil, el plan de relanzamiento de la economía y, sobre todo, la reforma sanitaria son para los regeneracionistas los signos inequívocos del socialismo de Obama.

Aunque en sus primeros compases, a principios de 2009, el ´Tea Party´, una variante ultraconservadora del libertarismo, se declaró ajeno a cualquier partido, lo cierto es que su cabeza visible fue enseguida la recién derrotada candidata republicana a la vicepresidencia, Sarah Palin. También lo es que, aunque parte de su financiación viene de pequeñas aportaciones, Karl Rove, el guru en la sombra de Bush, ha insuflado decenas de millones en sus arcas. Al igual que lo han hecho Koch Industries, el segundo mayor grupo empresarial del país, o el magnate de los medios Rupert Murdoch. En suma, el ´Tea Party´ es el estandarte de la resurrección de los neoconservadores. Actual vanguardia de los republicanos, presenta 138 candidatos y aspira a conseguir nueve senadores y 20 representantes.

En ese escenario general, la amplitud de su eventual victoria pondrá de manifiesto si la radicalización de los republicanos es un reflejo de la evolución de EE UU tras la llegada de Obama o una simple reacción partidista ante la abultada derrota de 2008. No pocos republicanos, con Rove a la cabeza, consideraron que el triunfo de numerosos candidatos del ´Tea Party´ en los procesos de primarias beneficiará a los demócratas, que tendrían menos opciones de triunfo ante republicanos más moderados. En cualquier caso, mientras los republicanos ponen en pie su estrategia legislativa para el próximo bienio, Obama, cuyo equipo de Gobierno ya ha empezado a sufrir fuertes mutaciones, iniciará la segunda mitad de su mandato. Será menos reformista. Será, también, una dura campaña por la reelección.