El mausoleo atacado ayer en la ciudad de Samarra es uno de los centros espirituales del chiísmo no solo iraquí sino mundial, y el ataque, segundo en menos de año y medio, puede agravar la ya elevada tensión existente entre chiítas y sunitas. En este mausoleo de Samarra están enterrados dos de los doce imames -todos de la línea familiar del profeta Mahoma- más venerados por los chiítas, Ali al Hadi y su hijo Hasan al Askari, que vivieron en el siglo IX.

Samarra es uno de los cuatro centros espirituales del chiísmo, junto a Nayaf, Kerbala y el barrio de Kadimiya, en Bagdad, pero tiene la particularidad de estar situado en medio de una zona de población casi exclusivamente sunita. De hecho, Samarra es la capital de la provincia de Salehedín, donde se encuentra también Tikrit, ciudad natal de Sadam y donde la insurgencia sunita es poderosa.

El anterior ataque contra el mismo mausoleo desembocó en una oleada de violencia confesional -sunitas contra chiítas y viceversa- que se manifestó en tiroteos a mezquitas, secuestros y asesinatos a sangre fría de hombres jóvenes solo por su confesión y escenas de auténtica limpieza étnica en ciudades como Bagdad y Baquba.

Y es que los mausoleos de los imames son algo más que templos chiítas, son también centros de peregrinación para los chiítas de todo el mundo, un grupo que constituye aproximadamente el diez por ciento de la población del Islam mundial. Es frecuente ver a chiítas de Irán, del Golfo Pérsico, de Afganistán, de Pakistán y hasta de la India que viajan a Irak en esta especie de "turismo religioso" para postrarse ante las tumbas de sus venerados imames.