Gerhard Schröder, uno de los dos polos del eje franco-alemán, el hombre que en 1998 desbancó al invencible Helmut Kohl, la sonrisa más electoral de Europa, se despide de la política. Asegura que se va para siempre, con tanta convicción que ha empeñado en ello incluso el nombre de su hija, pero habrá que ver si este hombre adicto al vértigo de la lucha por la supervivencia puede sobrellevar la previsibilidad del sofá de cada día: "Sieg (victoria, en alemán) o Viktoria (el nombre de su pequeña de cuatro años)", proclamaba poco antes de las elecciones. Y salió Viktoria, ya se verá si para siempre.

Desde que empezaran a orquestar su funeral la pasada primavera, cuando el SPD perdió el "feudo rojo" de Renania del Norte-Westfalia, hasta pactar el Gobierno de gran coalición liderado por Angela Merkel, el viejo zorro de Mossenberg ha vendido muy cara su piel y ha dejado por el camino más de una hemorragia, ya se verá si suturable o mortal. Y es que no hay funeral que valga cuando la locomotora electoral de Schröder viene de frente.

Ayudante de ferretería

Gerhard Schröder constituye uno de esos milagros biográficos que, de no ser por las antipatías cosechadas en EE.UU. durante el mandato Bush, podría hacer las delicias de cualquier guionista épico de Hollywood. Nació en 1944 en Mossenberg, un pueblo de la combativa región de Westfalia, el alma de la socialdemocracia alemana y auténtico hervidero político durante la segunda mitad del siglo XX. Su padre, un vendedor ambulante, murió en Rumanía durante la guerra sin conocer a su hijo y dejando a su mujer, Erika, con dos niños que alimentar en un país vencido y destruido. Erika se casó pocos años después con su segundo marido, un obrero enfermo de tuberculosis y desvalido, con quien tuvo otros tres hijos y de quien no mucho tiempo después enviudó, esta vez con cinco vástagos a su cargo por quienes tuvo que desvivirse para sacar adelante.

La postguerra y su complicada situación familiar dejaron en la memoria de Gerhard Schröder una infancia para olvidar, pero también un carácter de luchador entregado y pragmático que le acompañará por el resto de sus días. El camino desde el puesto de aprendiz en una ferretería hasta la Cancillería no es transitable para cualquiera, y quien logra recorrerlo juega con apabullante ventaja cuando en un plató de televisión aparece, del otro extremo, un genuino "primero de su promoción", con máster en Oxford y asesorado por una corte de expertos en marketing electoral. En ese momento, a Schröder se le hacía la boca agua.

Con su afilado instinto de supervivencia como bandera, Schröder pertenece a lo que nuestros tiempos han denominado "self made man", un hombre hecho a sí mismo, siempre conocedor de sus puntos fuertes y hábil detector de las debilidades de sus adversarios. Sus dotes de encantador de multitudes, su capacidad de seducción, su carisma y su portentoso gancho mediático, han provocado auténticos temblores de piernas a sus adversarios, y muchas noches de insomnio a los directores de campaña de la CDU, para quienes un cara a cara con Schröder significó siempre salir mal parado.

Enemigo de dogmáticos y visionarios empeñados en aleccionar al mundo, el hoy canciller en funciones ha preferido dotarse de una ágil cintura mejor preparada para esquivar puñetazos ideológicos que para proferirlos, y dejar que el desgaste del rival y la implacable ley de la realidad hicieran el resto. No es novedad que en la izquierda europea se escenifiquen enfrentamientos fraticidas, y en los últimos años en Alemania les ha tocado a Schröder y su irreconciliable enemigo Oskar Lafontaine destriparse en público ante el regocijo de la derecha.

Para Schröder, una legislatura es esencialmente el periodo que separa dos campañas electorales, la verdadera especialidad de un hombre que afirmó con sincera convicción que para gobernar "sólo necesita el Bild, el BamS y la caja tonta". Al venerado Winston Churcill no le bastó con ganar la Segunda Guerra Mundial para revalidar su mandato en Gran Bretaña, mientras que en 2002 al prestidigitador de Mossenberg le fue suficiente con calzarse las botas pneumáticas antes que su rival Stoiber tras las inundaciones del Este. La lluvia, y la oposición a los planes belicistas de Bush para Irak, le bastaron al canciller para revalidar un cargo que parecía tener perdido.

Aunque en esta ocasión el desafío rozaba lo imposible. Schröder afrontaba el veredicto de los alemanes con más de veinte puntos de desventaja a escasos meses de las elecciones, la peor crisis económica en décadas, cinco millones de parados, el "feudo rojo" en manos democristianas, un eje franco-alemán en decadencia, y la sensación generalizada de que la coalición rojiverde había fracasado.

La última batalla

Pero una vez más, Schröder supo sacar petróleo de lo que parecía un pedregal, y fijó su punto de mira en Paul Kirchoff, un catedrático liberal a quien postuló Merkel contra viento y marea para el ministerio de Economía, y cuya "tarifa plana fiscal" fue presentada por el canciller como el principio del fin de la armonía social en Alemania. Bomberos, enfermeras, policías y parados (muchos de los cuales no lo eran en la era Kohl) fueron elevados a la categoría de símbolo de resistencia de un Estado del Bienestar que, aun decrépito y endeudado (cada niño alemán nace con una deuda de 18.000 euros, según el liberal Guido Westerwelle), se resistía a convertirse en conejillo de indias de un brillante catedrático de Heidelberg.

Schröder perdió la cancillería, pero la jugada no le salió del todo mal: de la derrota aplastante que todos esperaban logró alcanzar un meritorio empate, dejó a "Oskar el Rojo" aislado y pescando votos en la extrema derecha, mandó a Kirchoff y sus experimentos fiscales de vuelta al laboratorio de Heilderberg y metió ocho ministros del SPD en el Gobierno de de Angela Merkel.

Con una cancillera cuestionada antes de asumir el cargo y una correlación de fuerzas tan equilibrada en el Bundestag (Cámara Baja) la legislatura se prevé breve, lo suficiente como para que la sombra de Schröder siga siendo alargada e inquietante cuando se convoque de nuevo a los alemanes a las urnas y millones de indecisos busquen una sonrisa convincente. Ya se verá qué ocurre entonces, por ahora le queda la satisfacción saborear su dulce derrota junto a la dulce Viktoria.