Austria ha dicho en voz alta lo que otros países de la Unión dicen en voz baja, que no quiere que Turquía forme parte de la Unión Europea como miembro de pleno derecho. Al Gobierno austríaco le ha correspondido hacer el papel de malo mientras en Turquía se frotan las manos quienes no quieren ver a su país formar parte de la UE.

Porque tampoco hay que engañarse, es verdad que en Europa hay muchas reticencias a la entrada de Turquía en la Unión Europea, las mismas que mantienen amplísimas capas de la sociedad turca a entrar en la UE. Las encuestas lo dicen bien a las claras, buena parte de la opinión pública europea no está por la labor. Otra cosa son los gobiernos y, sobre todo, lo que es políticamente correcto o no.

Pero más allá de lo políticamente correcto, lo cierto es que Turquía se debate en estos momentos entre lo que fue gracias a Kamal Ataturk y lo que es después de que en las últimas elecciones obtuviera el triunfo un partido islamista, por más moderado que se presente. Kamal Ataturk fue un gran reformador que apostó fuerte por europeizar a Turquía y convirtió al Estado turco en laico; tanto es así que en Turquía, salvo en los pueblos del interior, no era habitual ver mujeres con velo, ni con pañuelo, algo que ha ido cambiando en los últimos años.

Cualquiera que haya estado en Estambul hace quince años puede contar que allí las jóvenes no se diferenciaban de las jóvenes europeas en su manera de vestir. Hoy son muchas jóvenes las que van con el pañuelo. Y no hace falta irse a Estambul, sólo hay que visitar cualquier ciudad alemana donde hay importantísimas colonias turcas formadas por emigrantes, donde las jóvenes, lejos de integrarse, se resguardan en el pañuelo.

Precisamente porque Turquía puede dar un paso atrás es por lo que es importante que la UE no le dé con la puerta en las narices. Decir ´no´ a Turquía es dejarla en manos de los elementos islamistas más radicales que esperan su oportunidad de poder hacerse poco a poco con el corazón y la cabeza de la sociedad, que reaccionará con frustración al saberse rechazada.

Iniciar el camino de la negociación supondría para Turquía el tener que continuar democratizándose, apostar por la modernización, no dar pasos hacia atrás en lo que se refiere al respeto a los Derechos Humanos. Naturalmente, la incorporación de Turquía en la UE significaría un reto difícil para la propia Unión Europea porque supondría integrar a un país con una cultura distinta, con unos valores distintos.

Tanto el ´sí´ como el ´no´ tienen ventajas e inconvenientes para la Unión Europea, mientras que para Turquía el ´no´ supondría un camino de incertidumbre hacia un nacionalismo islámico. Claro que la UE nunca ha estado peor que ahora, sin liderazgo, entre otras cosas porque los actuales dirigentes políticos europeos no son precisamente ´pesos pesados´, sino más bien políticos de perfil bajo, a excepción del incombustible y pragmático Tony Blair. Lo cierto es que la decisión de la UE respecto a Turquía tendrá consecuencias transcendentes no sólo para los turcos, sino para Europa entera.