El primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, trata de convencer al comisario europeo Mario Monti para que acepte la cartera de Economía, vacante tras la dimisión de Giulio Tremonti, y cerrar así la crisis abierta en su Gobierno.

Sólo con la llegada al Ejecutivo de un personaje de peso, con una gran reputación tanto dentro como fuera de Italia, como es el caso de Monti, está convencido Berlusconi que puede conjurar, al menos de momento, las luchas intestinas desatadas en su coalición.

La cabeza de Tremonti, conocido por sus poderes como el superministro, la pidió y la obtuvo la derechista Alianza Nacional, del viceprimer ministro Gianfranco Fini, tras varias jornadas de ultimátum y amenazas de elecciones anticipadas. La dimensión de este cese parece haber aconsejado a Berlusconi la necesidad de cubrir rápidamente el hueco, sin abrir formalmente una crisis, que según la praxis política italiana conlleva la dimisión de todo el Gobierno para poder formar luego uno nuevo.

El nombre de Mario Monti, que ya rehusó en enero de 2002 entrar en el Gabinete para sustituir a Renato Ruggiero al frente de Exteriores, cuenta con muchos beneplácitos, incluido el del presidente de la República, Carlo Azeglio Ciampi.

Su notoriedad es bien conocida y está contrastada ya desde sus tiempos de rector de la universidad Bocconi de Milán, que precedieron a su nombramiento como comisario europeo en 1994. "Supermario", como se le conoce en Italia, cumple un lustro de permanencia en Bruselas, donde se ha ganado una gran reputación, afianzada desde 1999 como comisario de la Competencia.