Caso noos

El interrogatorio que debió hacer el Rey

La Zarzuela deposita el futuro de Cristina de Borbón en manos de Castro, al negarse a aclarar el tinglado de enriquecimiento exprés

09-02-2014TuentiMeneame

MATÍAS VALLÉS El peso de todas las hormigas de la Tierra equivale a diez veces el peso de todos los seres humanos. Recuérdelo antes de despreciar ingenuamente a los insectos. Y sobre todo, recuérdelo para entender qué sucedió ayer en Mallorca, donde las hormigas pesaron por encima de los gigantes. Millones de ciudadanos han visto más veces el bucle eterno de la entrada de Cristina de Borbón en los juzgados que la caída de otras torres gemelas el 11S.

Una vez determinada la relevancia del acontecimiento, acudamos a su frecuencia. La declaración de una hija del Rey ante un juez de instrucción es tan probable como el impacto contra el planeta de un meteorito de tamaño respetable, algo que no ha ocurrido en los últimos 55 mil años. José Castro pormenorizó el interrogatorio que debió formular el propio monarca hace años, para ahorrarse el oprobio actual. La Zarzuela paga su inhibición con un impacto que sitúa a la Corona al borde de la extinción. Solo aquí se señala la Infanta, el resto del mundo apuntaba ayer a la Corona vía satélite.

Las evasivas encadenadas demuestran que los abogados han entrenado concienzudamente a Cristina de Borbón para muscular su ignorancia, curiosa contradicción. Dado que declaraba contra su voluntad y por orden de La Zarzuela, sorprende la decisión de depositar el futuro de la hija del Rey en manos del juez, al negarse a aclarar su enriquecimiento exprés ni con la célebre fórmula de Thomas Paine, "la monarquía es un mero artificio para acumular riquezas". Castro se encuentra de nuevo a solas con la verdad que nadie le ayuda a desentrañar.

La Infanta suspendió clamorosamente el examen tipo test, pues apenas respondía a cinco preguntas de cada cien. Dado que su cerebro alberga 165 mil kilómetros de cableado neuronal, se entregó a un intenso ejercicio de amnesia. Si todas las personas tan ignorantes como se proclama Cristina de Borbón son inocentes, hay que vaciar las cárceles españolas y absolver a los platós de telebasura.

La Infanta acudió a declarar contra el juez, no en su ayuda. Por tanto, y al margen de la estrategia penal, alguien debe todavía una explicación a los ciudadanos, aunque sea tan sucinta como tras la cacería de elefantes en Botsuana. En el siglo de Snowden, sorprende leer que el Jefe de Estado solo presenciaba la ceremonia judicial in effigie desde su retrato oficial. El viernes anterior, las agencias secretas se apropiaron de la sala habilitada para el interrogatorio, y los espionajes recientes descartan la existencia de reuniones no grabadas por todos los medios.

Cristina de Borbón no sabe, no contesta. Su absentismo verbal no afecta a la trascendencia del ritual. Si arrancamos una hoja insustancial de un libro de mil páginas, el lector sospechará siempre que le hemos escamoteado la sección crucial, y esa ausencia le mortificará con más fuerza que el resto del volumen. El interrogatorio de ayer se hubiera echado en falta perennemente. De paso, su materialización es un mazazo para quienes defienden que la democracia solo puede sobrevivir traicionando sus principios, siendo infiel a sí misma. Olvidan la infinita adaptabilidad de las hormigas minúsculas, se ha asistido a otra derrota del inmovilismo.

No se ha celebrado el primer interrogatorio judicial a la Infanta, sino el primer interrogatorio de cualquier tipo a un miembro de la Familia Real, si descontamos el furibundo acoso del flequillo de Jesús Hermida al Rey. Hasta el gobernante más despótico se somete esporádicamente al escrutinio. De hecho, la nula exigencia de responsabilidades derivada del pacto tácito sobre la monarquía ha facilitado la creación del turbio consorcio Borbón/Urdangarin, donde solo se dirime el grado de participación de ambos cónyuges.

El juez que no se resignó a considerar la democracia como un paliativo tanteó dialécticamente durante horas a una Infanta con vocación de comparsa. En siglos pretéritos se hubiera decapitado a quien asignara una función subsidiaria a toda una hija del Rey. Conmueve en especial el catedrático Silva, en su afán por limitar a su defendida a mero apéndice del plebeyo Urdangarin.

Silva y compañía deberían referirse a Cristina de Borbón como "castísima y devotísima esposa", rescatando el apelativo endosado por el astrónomo alemán Jerónimo Münser a la intrépida Isabel I, pese a tratarse de uno de los personajes más enérgicos de la historia de España y de RTVE. Es el mismo canal que se olvidó de recoger en directo los escasos segundos de llegada de la hija del Rey a los juzgados, pese a que en su día retransmitiera íntegramente en directo la boda del matrimonio imputado.

Cristina ama a Iñaki, pero prefiere que le levanten la imputación a ella, que aporta el linaje recaudatorio. Si está tan rendida a su marido, por qué le carga las culpas a través de una confianza de doble filo. No quiere ser condenada por desconfiada, se encomienda a Tirso de Molina, aunque los verdaderos crédulos de este sainete son los paganos de los millones de euros ingresados por la pareja, y que su mitad más solvente tampoco se comprometió ante el juez a restituir.

Aunque ayer lo parecía, la Infanta no vino al mundo ya casada con Urdangarin. En su cuidada apariencia de Blue Cristine, portaba un bolso de 400 euros, marca Coach y modelo Madison Sophia Satchel. Una apelación apenas velada a la Reina Sofía, el SOS del náufrago, un objeto no necesariamente pagado por Aizoon. Dado que la hija del Rey no sabe qué hacía Urdangarin en la sociedad y viceversa, cabe retornar a la prosaica incertidumbre sobre quién se quedaba con el dinero.

Cinco horas con Castro. En la euforia de los vestuarios postpartido, el entrenador Miquel Roca se mostró tan eufórico como si su patrocinada hubiera hablado. El embaucador padre de la Constitución estuvo a punto de pedir la independencia de Cataluña y, sobre todo, la inmediata destitución de Tata Martino. El abogado deseaba restaurar las estatuillas maltrechas por un juez que se empeñó en saber qué secretos hurtaba la escayola en las hornacinas. Los seres humanos que desean comprender han causado muchos problemas, desde Galileo.

El juez Castro y Cristina de Borbón comparten la predilección por el mejor restaurante de Palma, que no es el más caro y está situado frente a la zona de la clásica discoteca Barbarela, donde la Infanta disfrutó de centenares de noches de juerga controlada. Si se han podido reconciliar Garzón y González, tal vez el Rey deba agradecer un día en persona la labor del magistrado que le saneó las oscuras bodegas de palacio. En este diálogo imprevisible, seguro que el Jefe de Estado recordará con sorna el momento en que su hija predilecta le habló de un novio espigado bajo el taxativo lema de "más vale que te guste". Ojalá no le hubiera gustado al monarca, y hubiera reservado para Urdangarin los improperios que prodigó a Jaime de Marichalar.

Hemos presenciado un enfrentamiento sin precedentes, a falta de saber si también será irrepetible. El Homo sapiens sapiens lleva doscientos mil años en el planeta, seguramente protagonizará algún otro acontecimiento. Sin embargo, reservaremos el hueco final para la visión opuesta. Brueghel el Viejo pintó La caída de Icaro, donde el atolondrado joven tan parecido a los Borbón/Urdangarin se estrella contra el suelo, tras haber volado demasiado cerca del Sol. Sin embargo, esta catástrofe que definirá la mitología no impide que el labrador continúe trabajando sus campos en el cuadro, ni que el pastor apaciente su rebaño mientras el pescador tiende sus redes. En suma, ha declarado una Infanta, ¿y qué?