Hay quien considera que la Economía se fundamenta en el principio de la atracción. Lo que es innegable es que cualquier oferente de bienes o servicios trata de presentar su producto con una buena imagen reputacional junto con una marca y un diseño que lo hagan atractivo para potenciales consumidores. Resultar sugerente es esencial para captar el interés de la masa crítica en un entorno de libre competencia y máxima competitividad empresarial.

Si bien la seducción es necesaria en todos los ámbitos, es en el Turismo donde el reclamo se convierte en auténtico paradigma; de manera que cualquier transacción de un producto final turístico implica no sólo la calidad de este si no también y quizá incluso con mayor importancia y trascendencia el de todo el entorno que lo envuelve. El clima, la seguridad, la confianza, la calidad ambiental, la cultura local y otros elementos de carácter público y universal son, en esencia, las palancas tractoras de todo el proceso de oferta y selección cuando se trata de decidir dónde queremos pasar unas merecidas vacaciones. 

Probablemente sea esta relación simbiótica entre producto y entorno lo que convierte al Turismo en el mayor exponente de lo que denominamos “colaboración público-privada”, en especial en todo lo referente las acciones de promoción turística. 

Esta intensa necesidad por atraer a los visitantes nos impulsa a ofrecer todo nuestro patrimonio colectivo a cuantos más potenciales futuros clientes mejor. Evidentemente la segmentación y la discriminación no son posibles y el carácter global e inclusivo de la publicidad turística conlleva un riesgo evidente como es acoger a personas y/o colectivos que van más allá de nuestros deseos e intereses. 

El ecosistema turístico balear es palmariamente poliédrico y en el se integran toda suerte de posibilidades desde la náutica, la gastronomía, el enoturismo, turismo deportivo, paisajismo y relajación y otras muchas más como el conocido turismo de borrachera. Así pues, resulta evidente que cuanto mayor es nuestro poder de seducción mayor es también el riesgo amenazante de atraer a aquellos que no solamente nos resultan ingratos si no que ponen en entredicho todos nuestros esfuerzos promocionales.

En estos días estamos asistiendo a un auténtico carrusel de situaciones impropias e improcedentes. Conciertos, fiestas locales extraoficiales, macro botellones y por último la retención de jóvenes estudiantes felizmente resuelta por la rápida intervención de los Tribunales y el Ministerio Fiscal.

Como ya he señalado el entorno, la seguridad y la confianza son esenciales para el turismo. Es posible que los ciudadanos debamos asumir – aunque desolados - incumplimientos fragrantes de la Ley, pero lo que no podemos ni debemos aceptar es que nuestra pacífica convivencia se vea amenazada por situaciones y precedentes extraordinarios, algo que hoy ha quedado patente no va a suceder gracias - entre a otras razones - a la rápida intervención de la justicia.

Como ciudadano brindo todo mi apoyo a la autoridad y cuerpos de seguridad por sus ímprobos esfuerzos por paliar y erradicar todas las conductas incívicas e ilegales que, tras la pandemia, se están manifestando con toda su crudeza. Eso sí siempre dentro los términos de la legalidad establecida.

Como sociedad turística debemos empeñarnos en mostrar todas nuestras habilidades seductoras, pero también debemos recordar que hay amores que matan y que a veces sucede – como en la famosa película – que podamos sufrir de atracción fatal.