Mientras alcanzamos la tan deseada inmunidad de rebaño y con más o menos eficacia se progresa en el proceso de vacunación, desde hace unos meses va circulando una idea para reactivar la economía y en especial los viajes: el pasaporte de vacunación.

El pasaporte de vacunación consistiría en un documento en el que indicar si el ciudadano ha sido ya vacunado o no contra el COVID-19. Disponer de ese pasaporte permitiría acceder a eventos, coger aviones, realizar determinadas visitas y otras actividades ahora condicionadas por la pandemia.

La idea no es nueva, existe ya como Certificado Internacional de Vacunación o Profilaxis, también conocido como tarjeta amarilla. Fue creado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y está reconocido a nivel mundial. 

La idea sería aplicar ese mismo documento pero al COVID-19, facilitando de esta manera que se reinicie la actividad económica, en especial la vinculada al turismo, con mayor seguridad. 

Hay ya múltiples iniciativas en ese sentido: la Unión Europea en conjunto está estudiando a fondo la creación de ese pasaporte, Islandia (que no es miembro de la UE pero sí del espacio Schengen de libre circulación) va a ser uno de los primeros países que pondrá en marcha ese mecanismo, Dinamarca y Suecia tienen sus propias propuestas en camino e Israel está creando el “Pasaporte Verde” justo con esa finalidad.

Todo ello sin olvidar a las empresas, desde Ticketmaster y su certificado para organizadores de eventos que quieran exigir prueba de la inmunidad, al TravelPass de la Asociación de Transporte Aéreo Internacional (IATA) o el CommonPass del Foro Económico Mundial y la fundación Commons Project.

Incluso la OMS está trabajando en las especificaciones de un certificado de vacunación digital para su posible uso tanto a nivel nacional como internacional.

Ahora bien, ¿tendrá éxito el pasaporte de vacunación o fracasará como los certificados de inmunidad (creados en algunos países para las personas que ya habían pasado la enfermedad)?

La realidad es que el pasaporte de vacunación tiene tres grandes obstáculos:

El científico: la propia OMS ha indicado que los pasaportes de vacunas ahora mismo no son una buena idea ya que hay demasiadas incógnitas científicas, desde la eficacia de las vacunas a la hora de reducir la transmisión, a la duración de la protección o cuánto tiempo antes de viajar deben administrarse las vacunas. Por tanto, incluso su propuesta no la ve viable en el corto-medio plazo.

El ético: al existir ahora mismo muy pocas vacunas y ser su distribución muy desigual, el 75% de los 128 millones de dosis desplegadas se concentran en solo diez países, introducir algo como el pasaporte de vacunación sería tremendamente discriminatorio, limitando muchísimo la libertad de movimiento de los más de 2.500 millones de personas, más de 130 países, que ahora mismo no han administrado ni una sola dosis.

El legal: algo como el pasaporte de vacunación implicaría ceder más información personal a entidades públicas y privadas, pero no cualquier información, sino la de tipo sensible como es la relativa a la salud. Eso crearía conflictos importantes a nivel de intimidad, igualdad, no discriminación, obligatoriedad indirecta de la vacuna o libertad de movimiento y reunión, entre otros derechos fundamentales. 

Hoy por hoy la propuesta de la UE cuenta con el favor de España, pero con el rechazo casi tajante de Francia y Alemania. De ahí que la propuesta de la UE hasta ahora sea muy de mínimos y para nada en la línea de lo que desean países interesados en la reactivación del turismo.

Por tanto, no parece que el pasaporte de vacunación vaya a ser solución de nada en el corto – medio plazo. En el largo dependerá mucho de la mejora en la distribución de vacunas, que se aclaren las dudas científicas y si los estados deciden legislar para permitir ese tratamiento de datos, que con las normas actuales no sería sencillo argumentar.