Cuando hablamos del Estado de bienestar es posible que muchos de ustedes crean que tratamos sobre una cuestión contemporánea, pero se trata de un concepto ya antiguo. Curiosamente la figura del bienestar ciudadano no fue creado por un estado rico preocupado por distribuir su erario de forma equitativa entre sus ciudadanos, sino por una población pauperizada por la gran crisis de 1929 y el período de entreguerras que exigió a las instituciones autorregularse y conformar un modelo de economía libre pero justo y tutelar con sus ciudadanos. Así pues, no fue la riqueza sino la pobreza lo que creó los cimientos de un modelo de dignidad tutelada que hoy los modernos estados están amenazando con desmantelar, fruto de su nefasta gestión. Esta extraña doble combinación entre pobreza y bienestar y entre riqueza y malestar es lo que hoy debido a la COVID, entre otras razones, comenzamos a vislumbrar. Así pues, tras décadas de un virtual y continuado crecimiento económico, resulta que el incremento acumulado de nuestro PIB nacional presenta como saldo final un estado desestructurado incapaz de proyectar al ciudadano una visión simple y certera sobre cómo será su futuro, ni tan siquiera el más inmediato. Nada nos hace más vulnerables que la incertidumbre. 

Marta de la Fuente define la incertidumbre o “ansiedad anticipatoria” como las emociones que acompañan el estado de inseguridad por lo venidero: la ansiedad, la irritabilidad, la tristeza o el miedo. La citada psicóloga se refiere a nuestros miedos particulares y a sus potenciales soluciones individuales y en este sentido, nos propone considerar para nuestra toma de decisiones las palabras de Horacio: “la adversidad tiene el don de despertar talentos que en la prosperidad hubiesen permanecido durmiendo”. Junto a esta invitación de positivismo conductual nos encontramos con la cuestión del entorno y la célebre frase “Yo soy yo y mi circunstancia y si no le salvo a ella no me salvo yo” que ha derivado en ríos de tinta sobre su significado, y es que según los expertos en la obra de Ortega y Gasset: “es evidente que en la vida humana no puede excluirse ninguno de estos dos términos, pero es deseable que en ese dilema prevalezca el dominio y la superioridad del hombre sobre lo que le rodea, dado que la relación entre el yo y su circunstancia es inversamente proporcional y por ello el predominio de uno solo se logra a costa y en perjuicio del otro. Es decir, si nos dejamos arrastrar por la circunstancia quedaremos indefectiblemente sometidos a su merced y dominio”. 

Resulta evidente que vivimos tiempos de “circunstancias impuestas por Decreto” y con prohibición expresa de adoptar o asumir nuestras propias decisiones. Es notorio que hoy no disponemos de libertad. Lo que ya no es tan evidente es si somos cautivos de la COVID o de las decisiones institucionales y en cualquiera de ambos casos de si seremos socialmente capaces o no de restaurar nuestro espacio de libertad y bienestar ahora perdido. 

En mi opinión, existe un interés desmesurado de los poderes fácticos por transformar los distintos Estados con mayor o menor grado de bienestar social en un único Estado Global de Beneficencia cuyos pilares ya se han establecido bajo una marca común denominada “Homogeneización” que se nos presenta como la gran solución – tanto para la derecha como para la izquierda, si bien cada uno a su manera - cuando en realidad es, a todas luces, el origen político de la problemática social conjuntamente con el desapego y la inacción de los gobiernos en la defensa de su soberanía e intereses legítimos. En este sentido, el catedrático Antonio de Lara reivindica la figura de Platón por su enconado enfrentamiento contra los políticos retóricos helénicos por su uso malintencionado de la dualidad “apariencia-realidad” en su egoísta esfuerzo por alcanzar a toda costa sus propios beneficios aún en detrimento de la colectividad y, con carácter actual, nos advierte que: “vivimos en un mundo plagado de falsas imágenes que por su repetición artificiosa en los medios audiovisuales se convierten rápidamente en mantras con el fin de ocultar la realidad” y recalca que “la unión de imagen y retórica tiene consecuencias nefastas en dos campos determinados: la publicidad y la propaganda política que nos venden como maravilloso lo que en realidad no vale nada”. 

Considero que debemos reconstruir nuestro propio estado o espacio de bienestar sobre las firmes bases y certezas que nos ofrece lo cercano, lo tradicional y lo cotidiano. España es un país repleto de grandes recursos y mejores ciudadanos. Creo que dilapidar nuestra historia y tradición en la comodidad de confiar únicamente en soluciones exógenas tendentes a la beneficencia global, es traicionarnos a nosotros mismos y sobre todo a los que están por llegar. No hace mucho tiempo ciudadanos españoles como nosotros sufrieron circunstancias de miedo e incertidumbre, pero lejos de mostrarse vulnerables mantuvieron el coraje para construir una sociedad moderna que garantizase niveles loables de bienestar del que nuestra generación ha podido disfrutar hasta el día de hoy. 

Lo que vaya a ocurrir mañana depende de nosotros y de nuestras decisiones. Podemos mantener el silencio como prueba de nuestra vulnerabilidad o podemos exigir respuestas y responsabilidades por la deriva negativa de nuestras circunstancias que, progresiva e inexorablemente, van fagocitando a cada uno de nuestros YO particulares, bajo el yugo de vernos forzados a soportar de día en día más cargas y obligaciones y por otro lado, a gozar cada vez de menos derechos, garantías y auxilios sociales reales. 

Personalmente os propongo un SOS colectivo al YO como como camino seguro hacia la recuperación de nuestro íntimo estado de bienestar real.