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Ángel Fernández | Presidente honorífico de Fundación para la Economía Circular: «En Europa se están aprobando muchas leyes, pero lo importante es ver si se cumplen»

Nacido en Alaró en 1954 y licenciado en Ingeniería de Minas, trabajó en el sector minero en Mallorca antes de erigirse en director general de Tirme (1991-2012), a través de la cual lideró la ‘revolución’ de los residuos en la isla. Viudo y con tres hijos, le gusta la lectura y el deporte.

Ángel Fernández ha creído siempre en las bondades de la economía circular

Ángel Fernández ha creído siempre en las bondades de la economía circular / Ana Belén Muñoz Martín

TONI TRAVERIA

¿Cómo definiría con sus propias palabras la economía circular? ¿Significa volver un poco a la forma de vivir de nuestros abuelos?

Sintetizando mucho, es el máximo aprovechamiento de los recursos que nos quedan a escala mundial bajo criterios de sostenibilidad. ¿De dónde nace la economía circular? Muchas personas creen que el origen está en relación con los residuos, y no es cierto del todo. La economía circular nace fundamentalmente cuando nos damos cuenta de que los recursos de la Tierra son finitos y que estamos entrando en un riesgo enorme si seguimos con el mismo modelo lineal; lineal en el sentido de consumir y tirar. Siguiendo este modelo, está claro que es imposible que la humanidad siga creciendo en calidad de vida. ¿Si tiene que ver con la forma de aprovechar los productos de nuestros abuelos? Salvando las pertinentes distancias, podríamos decir que sí, que tiene bastante de ello respecto del aprovechamiento de los recursos.

¿Cómo y cuándo se constituye la Fundación para la Economía Circular? ¿Cuál es su razón de ser?

El camino de la Fundación empieza hace más de 30 años, en 1993. Una decena de técnicos dedicados a la gestión de residuos a escala nacional nos sentíamos huérfanos ante la falta de escucha por parte de ministerios y administraciones varias. En ese momento, yo formaba parte del Club Español de la Energía y propuse hacer algo similar con los residuos: de ahí surgió el Club Español de los Residuos. En un principio, éramos siete y ocho personas, pero eso empezó a coger cuerpo y llegamos a ser más de 800 miembros, entre personas e instituciones, incluido el Ministerio de Medio Ambiente. Llegamos a ser organizadores de una reunión de la Comisión Europea. Y, en un momento determinado, el primer acto importante, el de mayor trascendencia, fue un congreso que se organizó en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Madrid, al que acudieron expertos fundamentalmente de Europa, pero también japoneses y americanos. A partir de ahí se constituyó el Club Europeo de los Residuos, cuya sede se fijó en Madrid, y que fue avanzando. Pero llegó un punto en que nuestro abogado nos dijo que teníamos que darle club forma jurídica: se convirtió entonces en el Instituto para la Sostenibilidad de los Recursos (ISR), y -dos años antes de que la Comisión Europea aprobara la directiva de Economía Circular- fue cuando nosotros nos transformamos propiamente en la Fundación para la Economía Circular, en 2014. Es fundamentalmente de alcance nacional, pero también actúa en países de Latinoamérica, entre ellos República Dominicana, México y Venezuela. En Venezuela hemos desarrollado un proyecto que, tras los últimos acontecimientos en el país, seguramente no cobraremos.

«Si seguimos con un modelo lineal, de usar y tirar, es imposible que la humanidad crezca en calidad de vida»

Habla de actuar bajo criterios de sostenibilidad. Parece que en la actualidad todo tiene que ser sostenible…

La palabra ‘sostenibilidad’ se usa mucho y es un término ya muy manido, como pasa con ‘eco’ y ‘bio’. De hecho, yo estoy buscando otra palabra que sea sinónima de sostenibilidad. Si a uno le preguntan por la relación con la pareja y la define como ‘sostenible’ no estará hablando demasiado bien de la misma. En todo caso, la sostenibilidad tiene que apoyarse necesaria y obligatoriamente en tres patas, y todas ellas deben estar equilibradas: económica, social y ambiental. Hace tiempo que sostengo que no se puede plantear un proyecto que pretenda ser sostenible sin que las tres patas estén equilibradas. No puede ser sólo un proyecto ambiental, como piensan los ecologistas, si económica y socialmente no se sostiene. Hablaba hace un momento de ‘eco’ y ‘bio’, materias sobre las cuales Europa está intentando legislar, porque no puede ser que sean simplemente etiquetes o estrategias de marketing. Y hay que reconocer que en la actualidad hay en el mundo mucho greenwashing, como también hay mucho negacionismo de determinadas cuestiones, como el cambio climático.

¿Cómo valora la Agenda 2030?

La Agenda 2030 tiene, a mi modo de ver, un problema. Los objetivos que persigue son buenos, pero tengo mis dudas sobre su aplicación. ¿Por qué? Es sumamente difícil homogeneizar situaciones y culturas muy distintas bajo una misma normativa. Por ejemplo, es muy complicado que Grecia gestione los residuos como Dinamarca. Por otra parte, en un mundo tan globalizado como tenemos, la normativa debe ser compatible con las reglas del mercado, con las reglas de juego. Hay quien critica que se están aprobando pocas leyes en materia medioambiental, y yo sostengo lo contrario: en Europa se están aprobando muchas leyes, pero lo más importante es analizar si realmente se están cumpliendo.

«La sostenibilidad debe apoyarse en tres patas: la económica, la social y la ambiental»

¿Cuál es el principal escollo al que se enfrenta la humanidad en el presente y el futuro inmediato?

En una conferencia que pronuncié hace unos años en la Universidad Autónoma de México (UNAM), una señora (entendí que debía de ser una profesora) levantó la mano y dijo que en ‘el primer mundo’ éramos terriblemente injustos con ellos, porque, una vez nos habíamos dado cuenta del destrozo perpetrado en el planeta, instábamos a los demás países a asumir las consecuencias de esas actuaciones. Le contesté que tenía razón, pero que no quedaba otra alternativa que actuar pensando en el mañana. A la situación actual de las materias primas críticas (son unas veinte) no se ha llegado de la noche a la mañana sino como culminación de un largo proceso. Son críticas por tres razones: la primera es que son escasas; la segunda es que son imprescindibles para el desarrollo tecnológico (por ejemplo, no se puede pensar en energías renovables sin tener materias primas críticas: las placas fotovoltaicas, los circuitos electrónicos… todos usan materias primas críticas), y la tercera, porque esos recursos escasos están concentrados en pocas manos. El riesgo es que más del 70% de la reserva mundial de esas materias la tiene China, que ganaría la tercera guerra Mundial sin pegar ningún tiro. Por la misma razón Trump muestra interés por hacerse con Groenlandia o Putin con Ucrania…

¿Qué soluciones tenemos para poder seguir habitando un planeta ‘sostenible’?

Se trata de utilizar mejor lo que tenemos. En materia de sostenibilidad, se habla de aplicar varias ‘R’ (ya en mis tiempos en Tirme imperaban: reducir, recuperar, reciclar). En la actualidad, sin duda, la primera ‘R’ a aplicar sería la de repensar el modelo. Por ejemplo, si nosotros queremos que un producto dure mucho, consuma lo menos posible (y no me refiero solo a materias primas, sino también a energía, agua), sea reparable… debemos partir de la base de un buen diseño. Por tanto, una de las primeras fases en las que cabe incidir es el denominado eco-diseño. Por otra parte, se tratará también de recuperar varios componentes que hayan quedado puntualmente en desuso. De esta manera, afirmo que los vertederos se convertirán en las minas del futuro, con la ventaja añadida de que, en el mismo proceso, se rehabilitará el terreno.

Ante este panorama, ¿dónde sitúa a Mallorca?

Respecto de todas estas cuestiones de las que venimos hablando, creo que Mallorca está bien posicionada, tanto a escala nacional como también en relación con Europa. Las instalaciones que tiene la isla en la actualidad para la gestión y el tratamiento de los residuos no los tiene ningún país europeo. Por otra parte, el sector turístico también se está adaptando poco a poco a la realidad. Existe ya interés en plantear determinadas cuestiones o proyectos con criterios de sostenibilidad. Ahí está el proyecto de los Hoteles circulares. Consiste en que los hoteles hacen la recogida selectiva de la materia orgánica, la entregan a Tirme, que se encarga de la elaboración de un compost que vende a los payeses para que éstos los usen para, por poner un ejemplo, tomates. Tomates que los payeses venderán a los hoteles, para cerrar el círculo). De un modo paralelo, Tirme, la bodega Macià Batle y Arabella Hotels también vienen desarrollando el proyecto conocido como Vinos circulares.

«En los primeros años al frente de Tirme recibí amenazas de muerte»

Tras licenciarse en Oviedo como ingeniero de Minas, Ángel Fernández trabajó en el sector en la isla, de la mano de Lignitos. Una vez cerradas todas las minas en Mallorca en 1990, se incorporó a la empresa Tirme, en un contexto en el que en España se estudiaba la posibilidad de construir una serie de plantas incineradoras, entre ellas en Mallorca. «Se presentaron siete ofertas al concurso del Consell de Mallorca, una de ellas de Emaya, y a mí me correspondió dirigir la que presentó Tirme, que -finalmente, en marzo de 1992- fue la ganadora». Aunque no lo pedían las bases del concurso, Fernández incorporó una oferta complementaria, en la que se hablaba de una futura planta de compost. «Me decían que era un iluso, que nadie en Mallorca haría recogida selectiva como en Alemania, pero bien está lo que bien acaba…», señala.

Como director de la empresa concesionaria del Consell de Mallorca (presidido entonces por Joan Verger) y con una hoja de ruta definida, Fernández fue el encargado de la instalación de la planta incineradora para acabar, progresivamente, pero de un modo definitivo, con los vertederos. «Fue una etapa dura y difícil -reconoce- sobre todo en los primeros años, en los que llegué a recibir amenazas de muerte y tuve el teléfono intervenido. Durante un tiempo, además, los fines de semana estuve sin leer ni escuchar las noticias locales».

La empresa, en todo caso, fue desarrollando proyectos en función de lo que demandaba la normativa europea: en primer término, una incineradora y cinco estaciones de transferencia. Posteriormente, en el año 2000, se construyó el Parc de Tecnologies Ambientals de Mallorca, que «sigue siendo una referencia en Europa a día de hoy».

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