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Economía y transformación digital

Empleo 'gig': ¿precariedad o futuro laboral?

La 'ley rider' empieza a a perfilar el trabajo ligado a la gig economy o economía de las pequeñas tareas, que va mucho más allá de Glovo

En marzo, el mercado laboral recibía la respuesta oficial al debate sobre el trabajo de los repartidores de comida a domicilio con la ‘ley rider’. Y aunque aún debe ser publicada en el BOE para entrar en vigor, cristaliza cuestiones importantes. Para empezar, aborda la problemática, ampliamente discutida a nivel global, que conlleva el empleo a través de plataformas digitales. También recoge el guante del Tribunal Supremo, que en su sentencia de septiembre de 2020 considera trabajadores por cuenta ajena, y no autónomos, a los repartidores de Glovo. Por último, se trata de un acuerdo nacido del diálogo social, con la implicación de sindicatos, patronal y Gobierno. 

Esta -futura- normativa es, pues, un avance con el que empezar a perfilar la realidad laboral ligada a la gig economy o economía de las pequeñas tareas, que va mucho más allá de Glovo y los riders. “En esta negociación lo que pretendíamos era intentar ordenar y regular el conjunto de trabajos que se dan a través de las plataformas digitales, aunque no fue posible”, manifiesta Carlos Gutiérrez, secretario de Juventud y Nuevas realidades del trabajo de CCOO. No obstante, recuerda, esta regulación llegará “más pronto que tarde”, ya que la Comisión Europea tiene el compromiso de pronunciarse sobre esta cuestión, previsiblemente durante este año. La principal tensión tiene que ver con la relación entre trabajadores y plataformas y la solución pasa, en palabras de Gutiérrez, por “definir y esclarecer” cuándo puede ir por la vía de autónomos y cuándo debe cumplir con el marco laboral y de protección social “asociado al estatus de laboralidad de los trabajadores”. 

La sentencia del Supremo y la ‘ley rider’ se limitan a una de las múltiples facetas de este modelo de negocio que, aunque puede parecer reciente, lleva años entre nosotros. “Surge a principios de los 2000, pero se consolidó aún más en la economía global tras la recesión de 2008”, explica Carina Lopes, directora del Think Tank de Digital Future Society. 

Muchos sectores

 Vinculado a trabajos puntuales, que se desarrollan en periodos temporales concretos y siempre bajo demanda del cliente, el empleo gig precisa de las plataformas online, que ejercen de intermediarios entre el proveedor de servicios con el consumidor. Estas han proliferado en número y escalado en complejidad favorecidas por el auge Internet, la Inteligencia Artificial y la economía de los datos y en la larga lista de empresas figuran Glovo o Deliveroo, pero también Uber, Cabify, AirBnB, Malt, Nannify o Multihelpers.

“La gig economy está creciendo en otros sectores y segmentos de la economía que no están recibiendo tanta atención mediática”, apunta Lopes. Y enumera: profesores, enfermeras, administrativos, programadores, traductores... “En el ámbito de los servicios domésticos, por ejemplo, el cuidado de ancianos y niños, la limpieza, las clases particulares, las reparaciones domésticas, los trabajos manuales y hasta el cuidado de mascotas”, señala Lopes. 

En estos ámbitos, el de los cuidados y las mascotas, se emplea desde hace unos pocos años Ainhoa Azcona, actriz y educadora canina. Y la española Gudog, la plataforma que escogió para ampliar su red de clientes, que hasta entonces se nutría del boca-oreja. El aluvión de solicitudes como paseadora y cuidadora, junto con una época de bonanza en la interpretación, la llevó a dejar un puesto como asalariada y hacerse autónoma. “En el año anterior a la pandemia tuve mucho trabajo y muy bien remunerado: el mes que más gané, con perros y como actriz, cobré más de 2.000 euros”, relata.

Gudog le ayudaba a captar y comunicarse con sus clientes, a los que les cobraba una comisión. Los buenos resultados tuvieron una contrapartida: con la agenda repleta tenía que rechazar algunos trabajos, algo que la plataforma penalizaba, por lo que acabó dejando de usarla. 

Ventajas e inconvenientes

 El caso de Ainhoa Azcona ejemplifica una de las principales diferencias metodológicas entre un trabajo de la gig economy y un autónomo español de toda la vida: la forma de promocionar sus servicios, que se realiza a través de webs y apps.

“Imaginemos a un abogado especialista que deja el bufete en el que trabajaba. Ahora cada día consulta los marketplaces de casos jurídicos y selecciona en los que quiere trabajar. Cuando se le acaban, coge más. Ya no sale a la calle a buscar clientes o a mandar su CV, solo tiene que cuidar su perfil y conseguir buenas valoraciones”, plantea Jorge Fields, socio de Cupido Capital.

Flexibilidad, conciliación, y control sobre tareas e ingresos son los principales motivos que llevan a millenials y generación Z a decantarse voluntariamente por la gig economy, según el ‘Global Millennial Survey 2019’ de Deloitte. Hay que enfatizar el “voluntariamente” porque, según otra encuesta más reciente -’WorkForceView 2020’, de APD-, el 85% de los españoles todavía prefiere tener un trabajo fijo que ser su propio jefe, autónomo o trabajar por proyectos. ¿Las razones? Horarios estables, cobrar a tiempo o mayor capacidad para obtener créditos. Y esta es la otra cara, que suele ocupar los titulares: la que tiene que ver con el incremento del empleo temporal, la subcontratación y la precariedad. 

“No tener un trabajo estable se asocia a precariedad. Pero claro, esto pasará siendo un empleado temporal en una ETT, encadenando trabajos por obra y servicio, o usando una plataforma digital”, afirma Albert Cañigueral, cofundador de la red de consultores OuiShare y autor del libro ‘El trabajo ya no es lo que era’. Para este experto se trata de un matiz esencial a la hora de plantear los cambios necesarios que permitirán hablar de la gig economy como un empleo del futuro, digno y sostenible, ya que la disrupción en el paradigma laboral va encaminada hacia una mayor fragmentación.

“No hay datos de cuántas personas trabajan en plataformas digitales, pero sabemos que solo el 40% de los trabajadores son indefinidos”, comenta. “Pasamos a unas relaciones laborales de menor duración y mayor frecuencia de cambio”, señala Cañigueral, que critica la división tradicional entre autónomo y asalariado del sistema español, que debería complementarse admitiendo las distintas naturalezas del trabajo y con “políticas de protección social que reconozcan que más gente va a tener una fluctuación de ingresos importantes”.

La directora del Think Tank de Digital Future Society también considera que las plataformas digitales “marcarán el futuro del trabajo”. Y también incide en que el punto de partida es la formulación de políticas “adecuadas y proporcionales” a la realidad existente, que ofrezcan seguridad jurídica a todos los agentes involucrados, es decir, plataformas, trabajadores, sindicatos y administraciones públicas.

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