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La liga del Mallorca se compone de veinte equipos, ni uno menos

La convocatoria más mediocre de las últimas décadas deja el club sin excusas, ninguna derrota está justificada y ninguna victoria está descartada de antemano

El Mallorca ficha exótico, en Asia y USA

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El Real Mallorca se encuentra en el mejor momento no solo de la temporada, sino también de su historia. Esta conclusión viene avalada por los resultados, que los numerólogos consideran inapelables. Sin más que mantener su apacible tónica actual, va camino de los 89 puntos al final de la Liga. Comparte el liderato con Madrid, Barça y Atlético, una condición elitista más significativa que marchar en cabeza en solitario.

Ya adivinarán que la primera conclusión apunta a la eliminación del latiguillo «la Liga del Mallorca». Es el último insulto de los tecnócratas, una insidiosa expresión clasista que elimina el ascensor social y condena a los pobres a perseverar eternamente en su condición. Decretar la falsedad de este concepto denigratorio no conlleva una exaltación del mallorquinismo, sino una valoración ajustada del depauperado panorama circundante.

Ante el miserabilismo rampante del Barça de Umtiti y del Madrid con sobrepeso de Hazard que ha conseguido vulgarizar a Marco Asensio, ante la cobardía de un Atlético que tiembla solo de recordar que tiene que ganar la Liga y ante la mediocridad del resto de concursantes, la Liga del Mallorca se compone de veinte equipos. Ni uno menos. Lo raro no es que el Bernabéu se quedara sin Mbappé, sino que haya un jugador que todavía confunda al club blanco con una meta deseable.

Gracias a la diáspora de estrellas nacionales y foráneas, LaLiga ha iniciado su convocatoria más mediocre de las últimas décadas. Esta devaluación colectiva no solo facilita la salvación del Mallorca, sobre todo le deja sin excusas en los 35 partidos que faltan. El club no tiene justificada ninguna derrota, ni puede descartar por inalcanzable ninguna victoria. Aparte de que ahora dispone de un entrenador que conoce el valor del triunfo, a diferencia de un Molango que creía en el poder de los empates, o del ridículo de Vicente Moreno en Primera.

Se acabó la oligarquía, y a sus restos de camisetas desflecadas que nadie compra -¿alguien para Bale? - no hay que tratarlos con la deferencia debida a una raza superior, sino con guillotina. Con el Mallorca ganando hasta la fecha dos de cada tres partidos y empatando el tercero, el por fin noqueado Florentino tendrá que llamar a Son Moix si pretende desenterrar la Superliga. Y el que lo niegue, que muestre sus números.

Bajo el destierro vejatorio a una «Liga del Mallorca» subyace una filosofía perniciosa y digna de entrenadores de Segunda, como el citado Moreno. Su pánico escénico ya condujo al equipo bermellón al descenso más humillante de la historia, mientras el técnico negociaba su contrato por un rival directo. De ahí que el preparador que no acabará la temporada en el Espanyol se proclamara cotécnico mallorquinista, como si la isla fuera Andorra con dos copríncipes. Sabe que su antigua escuadra juega mejor sin sus corsés asfixiantes, y no lo puede soportar.

Una competición sin rivales de calado conlleva una responsabilidad añadida, no puedes echarle las culpas a nadie. Por fortuna, el Mallorca de Luis García, por citar a su fichaje clave, muestra un conocimiento minucioso y fecundo de los activos y sobre todo de las flaquezas de su plantilla. Y a nadie puede extrañar que un club europeo, con propietarios de un país donde el fútbol no interesa a nadie, también fiche exótico. Nada de Europa o Sudamérica, si puedes comer japonés, coreano o hamburguesa yanqui.

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