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La foto contada

Mallorca celeste y blanca

Miles de argentinos en la isla acompañaron al equipo de Messi en estado de delirio hasta la final con España. Crónica sentimental en primera persona de un viaje alucinante de 39 días

LA FOTO CONTADA | Mallorca celeste y blanca

LA FOTO CONTADA | Mallorca celeste y blanca / Xisco Alario

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Palma

1-Treinta y nueve días en estado de delirio. Entro a Che Gelats, la mejor heladería de la isla. «¡Qué nervios, Juani, qué nervios!», dice Daiana Graff, la dueña, en la sucursal de Cala Major. «No puedo más», respondo, y me sirve un cono medio de superdulce de leche Scaloneta bañado en chocolate. Y, sí. A la noche siguiente, tres goles de Messi a Argelia.

2-Voy a Lunita, en Can Pastilla, con la camiseta del 10 en la espalda. Soy Messi, igual que todos. «Suerte», me desea Raúl, mi amigo y compañero de piso, un caballero de Tudela de Duero, calimocho potente y fan de Fangoria. En el camino me cruzo con argentinos que no conozco y sonreímos apretando el puño. Subo al 35. Un mar de camisetas albicelestes ocupa el bus. Cantamos agitando el brazo. Entramos a Lunita en masa. Me encuentro a Marcelo Cuenca, del programa de radio Mangapaluza, donde Facu, mi sobrino, debutó frente a un micrófono. Nos abrazamos, nos reímos. «Hagamos una foto, Marce, se la mando a Facu». «¡Qué genio Facuuu!», exclama. «Lunita es cábala, somos familia», añade. 2 a 0 a Austria. Asado, baile, más asado y baile.

3- Toca Cordero suelto el sábado. Domingo 3 de la mañana enfrentamos a Jordania. Paso un lindo rato con los amigos de Redsistencia y Costumbres Argentinas en el homenaje al Indio Solari. Varios llevamos un Messi en la espalda. ¡A brillar, mi amor! Nos damos aliento como si tuviéramos que frenar al ignoto 9 de Jordania. Esta vez voy a Sunset con Pau Ferragut, un mallorquín argentinizado. Mi amigo Sergio Brandoni, canalla como el fideo Di María, nos recibe cantando y nos regala una bandera. «Me escribe gente que está sola y les invito. Ver un Mundial es la excusa perfecta para la reunión y la amistad. La idea es que nadie se sienta solo fuera del país», resalta Sergio, mientras le entro a un choripán. Ganamos 3 a 1. Foto con Pau festejando. Se la mandamos a Manolo, a la banda de Quique Cano, a Miguel Vicens.

4-Próxima estación, Cabo Verde. Voy a Lunita. Asado, baile, asado. Hablo con Sabrina, de Felisa Amor Comestible. Una clienta le encarga una tarta para el cumpleaños sorpresa de la hija, le pide una decoración que sea especial. «Preparé una rellena de dulce de leche con una bandera argentina. La uso de cábala subiendo la foto al Instagram de Felisa cuando hay un partido. Al ver la tarta, la niña se emocionó y la madre me envió una foto de ella llorando. Fue algo muy hermoso», explica. Ganamos 3 a 2.

5-Voy al Bar Sonora, sobre General Riera, después del triunfo 3 a 2 a Egipto que vi en Diario de Mallorca en medio de un clima hostil, encabezado por Marcos Ollés y Jaume Bauzà. Pido una caña. «Es una locura lo que vivimos los argentinos en el Mundial, destaca José, el dueño. «Soy maradoniano. Cuando íbamos perdiendo me fui al altar que tenemos para nuestro dios y le di un beso con la mano al Diego. Siempre es pedirle algo más, una ayuda más».

6- Marcelo, sobre los hombros de un amigo, un familiar o desconocido, acaso qué importa porque somos argentinos, enciende una bengala que expulsa humo celeste y blanco. Da miedo, parece un niño endemoniado. La agita en el aire en la terraza de Lunita por encima de su cabeza con el brazo extendido, mientras jóvenes sin camiseta bañados en sudor, con tatuajes de Messi en el brazo y de Maradona en el pecho, enfiestan la noche calurosa con bombos y redoblantes como si no hubiera un mañana. Treinta y nueve días en estado de delirio.

Parte de la multitud, que canta y baila, mirando al cielo con las manos para arriba tras el derechazo al ángulo de Julián Álvarez a Suiza, se acerca a la barra atestada de fernet y cerveza, a la parrilla cubierta de asado y hamburguesas.

En eso, otro ataque de la Selección, de la mano de Thiago Almada, amenaza a la portería rival. El aliento esperanzador y sucesivo de varios «¡vamos, carajo!» se transforma en estallido cuando Lautaro Martínez la empuja a la red y el grito coral de gol, con la vocal extendida y deformada, atraviesa como un trueno la noche en Can Pastilla con puños en alto y saltos, abrazos entre amigos y desconocidos, lágrimas y besos de parejas, de amores de hace media hora.

Entonces vuelan vasos y piedras de hielo para todos lados. El estado de delirio desborda en la piscina. Marce comienza a desplegar por encima de todos una bandera argentina, enorme y rectangular, que nos cubre de felicidad. 3 a 1. ¡El que no salta es un inglés!

7- Días después llego a Diario de Mallorca con la camiseta argentina. Una patota de periodistas mallorquines, cachorros y mayorcitos, agita el fantasma del complot a favor de la Scaloneta. Evito las provocaciones. Sobre el final le ganamos a Inglaterra. Amanda Rotger y Pau Ferragut me hacen fotos festejando. Le hago una videollamada a Facu, que está saltando en Buenos Aires porque no es inglés. «¡No puedo más, Juani, no puedo más, boludo, qué sufrimiento!», grita. «¡Qué majo!», celebra Amanda, mientras Xisco Alario hace un fotón hermoso en Blanquerna con muchos Messi en la espalda que deliran con el 2 a 1.

8. ¡Qué nervios! Asado en Secar de la Real con amigos y Pau Ferragut, el mallorquín argentinizado. Termina el partido. España campeona. Enhorabuena. Scaloneta, héroes igual. Treinta y nueve días en estado de delirio. No me arrepiento de este amor.

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