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El mejor partido es el que todavía no se ha jugado

(COMBO) This combination of file photos created on July 16, 2026, shows Argentina's forward #10 Lionel Messi in Atlanta on July 15, 2026 (L); and Spain's forward #19 Lamine Yamal in Atlanta on June 21, 2026. Spain and Argentina will meet in the 2026 World Cup football tournament final match at the New York/New Jersey Stadium in East Rutherford on July 19, 2026. (Photo by Odd ANDERSEN and Roberto SCHMIDT / AFP)

(COMBO) This combination of file photos created on July 16, 2026, shows Argentina's forward #10 Lionel Messi in Atlanta on July 15, 2026 (L); and Spain's forward #19 Lamine Yamal in Atlanta on June 21, 2026. Spain and Argentina will meet in the 2026 World Cup football tournament final match at the New York/New Jersey Stadium in East Rutherford on July 19, 2026. (Photo by Odd ANDERSEN and Roberto SCHMIDT / AFP)

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Jordi Cubain Arenas

Jordi Cubain Arenas

Hay un viejo truco que funciona sorprendentemente bien. Ves una verja, una cadena enorme colgando de ella y un cartel que dice “Cuidado con el perro”. El perro no está. No lo ves. Y precisamente por eso tu cabeza hace el resto. En pocos segundos has imaginado el cruce imposible entre un león, un lobo y un dinosaurio capaz de arrancarte un brazo de un mordisco.

La realidad casi nunca está a la altura de nuestra imaginación. Quizá por eso sospecho que el mejor partido del Mundial es el que todavía no se ha jugado.

Ahora mismo la final entre España y Argentina es perfecta. No tiene errores arbitrales, ni ocasiones falladas, ni tiempos muertos. En nuestra cabeza es capaz de ser simultáneamente el mejor partido de la década, una remontada histórica, una tanda de penaltis inolvidable o un gol en el minuto 93. Es todas las finales posibles al mismo tiempo. Mañana solo será una.

El marketing lleva décadas estudiando este fenómeno y tiene nombre: hype. No consiste únicamente en crear expectación. Consiste en construir emocionalmente algo antes incluso de que exista. Apple no vende teléfonos, vende meses de rumores. Hollywood no vende películas, vende tráilers. Y el fútbol no vende noventa minutos de partido. Vende semanas de ilusión.

La final comenzó hace días. Quizá hace semanas.Empezó con las semifinales y continuó con las porras de la oficina, las discusiones sobre quién merece ganar, los grupos de WhatsApp y las estadísticas imposibles que nos convierten a todos en seleccionadores nacionales durante unos días. El producto todavía no ha llegado y, sin embargo, llevamos consumiéndolo mucho tiempo.

La psicología tiene una explicación fascinante para ello. Daniel Gilbert, profesor de Harvard, sostiene que somos extraordinariamente felices anticipando acontecimientos futuros. Una parte importante del placer de las vacaciones se produce antes incluso de hacer la maleta. Disfrutamos reservando el restaurante, planeando el viaje o imaginando el concierto mucho antes de sentarnos en nuestra butaca.

El ser humano es una máquina extraordinaria de fabricar felicidad futura. Por eso el Mundial es mucho más que fútbol. Es una de las pocas experiencias capaces de sincronizar las emociones de millones de personas al mismo tiempo. Durante unos días hablamos de lo mismo, hacemos las mismas bromas y compartimos exactamente la misma incertidumbre.

Y quizá ahí resida su verdadera magia.

Nos han hecho creer que mañana es lo importante. Que el destino es la final. Pero sospecho que llevamos días disfrutando de algo mucho más interesante: la posibilidad de que cualquier cosa pueda suceder.

Porque la imaginación juega mejor que la realidad.

Puede que mañana asistamos al mejor partido de nuestras vidas. O puede que sea un aburridísimo 0-0 decidido en los penaltis. Eso es precisamente lo maravilloso del fútbol.Pero mañana perderemos algo irrecuperable. Todas las finales posibles desaparecerán para dejar únicamente una.

Como el perro que nunca llegamos a ver, el partido que todavía no se ha jugado siempre tiene algo de extraordinario. Al final, quizá el mejor partido del Mundial no sea el que veremos mañana. Quizá haya sido el que llevamos una semana imaginando.

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