El Tourmalet
Cuando Vingegaard se cuela en tu habitación y se ducha en ella
Como los ciclistas tenían el autobús estropeado no se les ocurrió otra cosa que buscar un hotel cercano, ir directamente a unas habitaciones desocupadas y refrescarse

Tourmalet por Sergi López Egea / REDACCIÓN

Siempre me gusta repetir aquello de que el Tour es como una caja de bombones en la que nunca sabes lo que te puedes encontrar, en alusión a la famosa película ‘Forrest Gump’. Un día te puedes acostar frente a tu eventual vivienda de una noche en un pueblo pirenaico y amanecer como si estuvieras en un campo de concentración; donde, en vez de estar rodeado de alambradas, apareces en el interior de una jaula de vallas; todo cerrado, sin escapatoria, a no ser una pequeña puerta que te conduce hacia la libertad y si quieres lejos del Tour. No es bueno dormir a 400 metros de la meta en una pequeña localidad donde la Grande Boucle es imposible que pase desapercibida. Han colgado el letrero de todo cerrado por la carrera.
O peor aún, que Jonas Vingegaard y los compañeros del Visma se cuelan en tu habitación al acabar la etapa, la ocupen literalmente, se duchen en ella y te dejen como recuerdo barritas, geles y las tiritas usadas que se ponen en la nariz. Es lo que le sucedió el martes a los enviados especiales de TVE. Como los ciclistas tenían el autobús estropeado no se les ocurrió otra cosa que buscar un hotel cercano, ir directamente a unas habitaciones desocupadas y refrescarse. Cuentan que antes de abandonar el establecimiento pagaron la correspondiente tasa turística.
El castillo de Foix, la noche anterior, iluminaba de amarillo la villa antigua donde, muy cerca, un monumento se erige en memoria de los guerrilleros españoles, exiliados republicanos, que ayudaron a la resistencia local a expulsar a los nazis de los Pirineos. Muchos murieron en el intento porque las fronteras, a un lado u otro de la cordillera, no siempre son justas con los que tienen mejores pensamientos.
Un puerto por el camino
El Tour se mete en esa caja de bombones donde no siempre todo lo que desenvuelves es lo que te gustaría encontrar; de Les Angles, final de la tercera etapa, a Foix, llegada de la cuarta, en línea recta parece que estén una al lado de la otra, pero si tienes que ir en coche no te queda otro remedio que escalar Pailhères, puerto que identifican como de categoría especial cuando tienen a bien colocarlo en el guion del Tour. Hay vacas, ovejas y algún cicloturista que sube como si fuera Tadej Pogacar, de rápido que va, aunque con truco, porque la electricidad de su bicicleta lo ayuda en el pedaleo.
A las 10 de la noche, cuando Foix se refugia en su casa para ver el fútbol, puede ocurrir que la puerta de tu vivienda asignada, que debería abrirse con un código que compruebas hasta cinco veces que es el acertado, se queda encallada, ni puñetero caso, como si se hubiese declarado en huelga, para mayor desespero. No hay nadie y la solución tampoco es dormir en el Skoda por muy cómodo que sea.
Suerte que baja una vecina, una especie de ángel salvador, que se dirige al reciclaje, que sonríe, o eso parece, porque, aunque no alegre la cara al verte, te abre la puerta, como si tuviera la llave al paraíso, a ducharte, a dormir y a dejar para la mañana siguiente la pelea para saber si podrás salir de donde has entrado.
A buscarte la vida
En el Tour siempre te tienes que buscar la vida, esa dichosa caja de bombones con sorpresas que normalmente suelen ser desagradables. Hace ya unos cuantos años, cada día te arriesgabas a irte a la cama con el estómago vacío, pero ya hace tiempo que, o bien los franceses han civilizado los horarios de comida, o los han embrutecido siguiendo el ejemplo mucho más informal que se aplica al sur de su país.
Pero siempre aparece esa persona casi divina, sea una vecina o alguien que por azar se ha cruzado en tu camino. Recuerdo una vez, volviendo de Sestrières, con Induráin salvado tras una exhibición de aúpa de Chiappucci, que el hotel reservado en Italia estaba cerrado hasta que nevase. La solución fue cogerse el coche y empezar a hacer carretera y manta cuando booking todavía no operaba, lo de internet sonaba a chino, y no quedaba otra que confiar en que alguien se hubiese olvidado de ir a dormir en el lugar que tenía reservado. Después de un centenar de kilómetros, ya a las puertas de la madrugada, apareció un hotel en el que todos estaban de boda, música en directo, copas en la mano, todos cantando como si no hubiera un mañana. Celebraban una boda y quedaba una habitación vacía, seguramente libre por alguien que había decidido irse a dormir en mejor compañía al final del banquete. ¡Vivan los novios!
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Fuente: El Periódico